Iglesia para todos los pobres

10. diciembre 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Uno de los signos más significativos de la Iglesia en nuestros días es que la Iglesia, como tal, ha optado por los pobres, de manera que el buscar, ayudar y darse a los pobres se nos ha convertido en un santo y seña de nuestra renovación cristiana.
Pero, empezamos por preguntarnos: ¿Qué significa esto de La Iglesia de los pobres? ¿Qué expresa eso de opción preferencial por los pobres? ¿Quiénes son los pobres que busca la Iglesia? ¿Cuál es y cuál debe ser nuestra actitud ante los pobres?…

Pobres, en el sentido del Evangelio, son todos los que sufren, todos los necesitados, todos los marginados de la sociedad, todos los que no tienen ningún apoyo humano.
– Es pobre, ante todo, el que no posee dinero ni tiene las cosas necesarias para la vida, lo mismo en comida, que en vestido, que en vivienda. Y por esto, sufre.
– Es pobre el enfermo, que necesita siempre ayuda de otros y se encuentra solo, aunque sea un millonario y esté en la mejor clínica. Y por esto, sufre.
– Es pobre el anciano, relegado a una soledad injusta después que en vida dio tanto amor, aunque viva acogido en la residencia más acomodada. Y por esto, sufre.
– Es pobre el preso, encerrado en un penal —aunque no le llegase a faltar nada—, porque está privado de la libertad, el mayor de los bienes. Y por eso sufre.
– Es pobre el que padece la soledad del corazón, por la causa que sea; se ve falto de amor, de comprensión, de compañía. Y por eso, sufre.
– Es pobre el pecador —y más pobre que todos los demás pobres juntos—, porque se ve privado de la gracia de Dios, de la paz de la conciencia, de la tranquilidad del corazón. Y por esto, sufre.

Jesucristo vino —como lo dijo en el pasaje de Lucas (4,18), hoy predicado a todas horas— a evangelizar a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos, a dar la vista a ciegos, a dejar libres a los que tienen destrozado el corazón..
El Magisterio de la Iglesia, reunida en Concilio, recordó esta misión de Jesús y se la apropió a sí misma, de modo que nos dice: Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres; de manera semejante, la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana.

“A todos los afligidos”. Aquí está la fuerza del pasaje. Reducir la misión de Jesús y de la Iglesia únicamente a los faltos de dinero, es estrechar demasiado el horizonte del amor. Mientras que contemplar la multitud de todos los que sufren por una causa u otra, es ensanchar el corazón a límites insospechados.
La Madre Teresa, la mujer apóstol de los más pobres entre los pobres, abrió una casa en Nueva York para los enfermos del Sida y mandó a sus Misioneras atender a personas que se encontraban muy solas y sin consuelo humano, aunque fueran ricas. Porque esos enfermos y esas personas abandonadas en su soledad eran los seres más pobres entre los pobres.

Es cierto, sin embargo, que hoy, en los días de la revolución social, los pobres faltos de dinero y víctimas de la injusticia son los primeros en llevarse la atención de la Iglesia. Jesucristo optó por ser pobre, nació en pobreza suma y murió en pobreza total.
Trabajó como un obrero pobre, vivió modestamente, se acompañó del pueblo pobre, y, aunque acogió a los ricos y no rechazó a nadie, los pobres se llevaron sus predilecciones. Esto salta a la vista en todas las páginas del Evangelio.

La Iglesia, mirándose en Jesucristo, hace lo mismo. Lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo igual. Los faltos de recursos en la vida, los enfermos, los pecadores, todos los que sufren, vienen a ser la pupila de los ojos de la Iglesia.
Ya en tiempo de los Apóstoles, se echa el hambre sobre la Judea, y Pablo organiza una colecta en la que se lució la generosidad de las Iglesias de Macedonia.

Cuando las persecuciones del Imperio, el Prefecto de Roma quiere hacerse con los tesoros de la Iglesia y emplaza al administrador, el diácono Lorenzo. El glorioso mártir, antes de ser asado vivo en las parrillas a fuego lento, convoca a su vez al Prefecto y lo lleva a la amplia sala donde le muestra los hambrientos de aquel día, los impedidos y todos los rechazados por la sociedad civil Romana: -Mira, estos son mis tesoros. -¿Estos son?  -Sí; yo y la Iglesia no tenemos más tesoros que éstos.
Y sabemos por el testimonio del Obispo y mártir Cornelio que la Comunidad de Roma atendía diariamente a mil quinientas personas matriculadas debidamente, entre viudas, enfermos y pobres.

El Papa Pío XII, en un mensaje que llamó mucho la atención, hacía suya para la Iglesia de hoy la consigna de una antigua Orden de las Cruzadas: Prometemos ser esclavos de los pobres y de los enfermos. Al mismo tiempo, recordaba la anécdota del gran orador de Francia, que ante todos los poderosos de la Corte del Rey Luis XIV, ensalzó, con frase famosa, la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia (Pío XII, 30 Marzo 1941)

¡La Iglesia está para los pobres!
Estamos todos de acuerdo. Y pobres son todos los que sufren de una manera u otra. Pero, ¿quién es la Iglesia?…
Iglesia somos nosotros, unidos todos a nuestros Pastores, y a nosotros nos toca ser socorro del pobre, ayuda del enfermo y valedor del preso.
Llevamos compañía al solitario y orientamos al que se ha desviado del camino del bien. Todo el que sufre tiene cabida en nuestro corazón.
Y a todo y cada uno que sufre, le podemos decir y le decimos: Ven a mí, que en mí vas a encontrar el mismo Corazón de Cristo…

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