El gran deseo de Dios

9. diciembre 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Desde que las sectas se han echado sobre nuestras tierras, se ha metido la moda de hablar mucho sobre el problema de la salvación. Porque hay sectas —sobre todo algunas muy determinadas— que nos lo presentan de manera que hemos de espabilarnos si queremos tener asegurado un rinconcito en el Cielo, porque los puestos son fijos y están ya muy contados por Dios. Otras sectas, por el contrario, de tal modo dan por segura la salvación —sobre todo cuando se ha optado por Cristo, como suelen decir ellos― que no hay que inquietarse por nada, pues Cristo ya pagó y todo está completo y hecho delante de Dios.

Ante esta confusión y ante tantos errores, la Iglesia Católica, depositaria de la Revelación, tiene también una palabra que decir. Es un hecho —nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica— que el hombre necesita la salvación de Dios.

Miradas las dos anteriores actitudes de las sectas —malas las dos, una por más y otra por menos— la Iglesia Católica nos viene a decir en definitiva: por parte de Dios, todos estamos salvados; pero, por parte nuestra, todos hemos de colaborar con Dios. Y esto, con palabras de la misma Biblia, que nos dice por San Pablo: Dios quiere la salvación de todos (1Timoteo 2,4). Aunque antes había escrito el Apóstol: Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar (Filipenses 2,12)

Si analizamos estos dos textos, estrechamente unidos, vemos cómo actúa Dios y cómo debemos actuar nosotros.
Dios nos quiere salvados a todos. Y Dios no lo quiere en broma o a medias. Porque nos quiere salvar, ha tomado Él mismo sobre Sí el actuar en nosotros para que consigamos la salvación:
– ha aceptado el sacrificio de Cristo, que pagó de una vez por todos (Hebreos 10,14)
– por la ley que nos da, nos indica su voluntad y el camino por el cual llegamos a Él: Si quieres alcanzar la vida eterna, guarda los mandamientos;
– por la Gracia, que es la Ley del Espíritu, nos sostiene en el camino y en la lucha: te basta mi gracia (2Corintios 12,8). De modo que cada uno puede decir: no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Teniendo presentes estos principios, vemos claro cómo son falsas esas dos posturas de las sectas:
– es ridículo señalar el número de los que se van a salvar: Dios quiere que se salven todos, todos sin excepción;
– y es temerario presumir de la seguridad de la salvación, pues aunque Dios nos quiere salvar y hace todo lo suyo para salvarnos, nosotros le podemos fallar al Dios que nos deja libres, porque respeta sumamente nuestra libertad. De ahí el temor y el temblor que nos pide San Pablo y con el que miramos la salvación: no nos da miedo Dios, que trabaja continuamente nuestra salvación, sino que nos tenemos miedo a nosotros mismos, porque le podemos fallar a Dios.

La salvación —ponemos una comparación muy repetida— es como la bicicleta. Tiene dos ruedas, tan importante la una como la otra. Si falla la rueda de delante —Dios—, la rueda de atrás no puede hacer nada; si falla la rueda de atrás —nosotros—, la rueda de delante no se puede mover. Con las dos ruedas a la vez —Dios y nosotros—, la bicicleta corre que da gusto. Nos metemos en el Cielo mejor que el campeón del Tour de Francia en los Campos Elíseos de París…

Bueno, la charla de hoy se ha convertido en una clase o poco menos, y en nuestro Programa no entran ni clases ni sermones. Los sermones los dejamos para nuestros curas en la Iglesia, y las clases para los teólogos en las escuelas… Nuestro plan es más modesto. Es hablar con cordialidad sobre esos problemas de la vida diaria en que nos vemos metidos. Aunque este problema que nos traen esos hermanos de las sectas merece también nuestra atención. Por eso lo hemos tomado como materia de nuestra charla.

Y ateniéndonos a la doctrina de nuestra Iglesia Católica, ¿cómo miramos nosotros ese problema inquietante? Lo tomamos muy en serio, pues es el único problema verdaderamente grave que nos debe preocupar. Lo demás, tiene poca importancia. La sabiduría popular y cristiana de nuestras gentes lo comentaba antes con aquella letrilla famosa: Es la ciencia consumada ― el que el hombre en gracia acabe, ― pues al fin de la jornada ― aquel que se salva, sabe ― y el que no, no sabe nada.

Una cosa sabemos y decimos nosotros con toda certeza: que Dios, rico en bondad, inmensamente rico, quiere la salvación de todos. Y entonces nosotros recorremos el camino de la vida con optimismo e ilusión. Con prudencia también, es cierto. Por eso tomamos en serio la vida. Y conjugando ilusión y prudencia, somos los cristianos una gente sensata de verdad.

Nuestro optimismo se funda en la bondad de Dios. Llevamos dentro la marca del amor salvador de Dios, y con él no nos podemos perder, a poca buena voluntad que pongamos nosotros también para responder al amor de Dios. Una noble familia italiana lució por varios siglos el apellido Bentivoglio. ¿De dónde surgió este apellido? Se cuenta que un rey antiguo le dijo a uno de sus cortesanos: Te quiero bien, pues esto es lo que significa bentivoglio. El agraciado y sus descendientes tomaron aquel piropo como un favor singular y como signo de la protección de su rey. Tanto se enorgullecieron de esta palabra, que quedó como apellido de la familia…

Así nos dice Dios a cada uno de nosotros: ¡Te quiero bien! Y si Dios nos quiere bien, muy poca cabida debe tener el miedo a la salvación en aquellos a quienes Dios ama…

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