¿Qué es la Liturgia?

23. diciembre 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Muchas veces pronunciamos en la Iglesia la palabra Liturgia. ¿Sabemos exactamente lo que significa? Liturgia era para los romanos cualquier servicio público —ordinariamente de las autoridades— y destinado al pueblo. La Iglesia adoptó la misma palabra para significar el servicio de la Iglesia a los fieles. Hoy, ya no se usa la palabra Liturgia sino en su sentido religioso, y así decimos que Liturgia es el culto público de la Iglesia.

Cada cristiano puede y debe orar y rezar y cantar por su cuenta en lo más íntimo del corazón, con las plegarias que se le ocurran y le inspire el mismo Espíritu Santo. Ese elevarse personal e individualmente a Dios es un culto bellísimo. Ese orar en todo lugar y tiempo no es otra cosa que ejercer cada uno su sacerdocio real, del que está investido sólo por ser un bautizado.

Pero este culto no es aquel a que nos referimos cuando hablamos de la Liturgia, sino el culto público, del cual nos da el Catecismo de la Iglesia Católica una explicación bellísima (1066-1074)
Cuando nos reunimos los cristianos en el templo, ¿para qué nos congregamos? ¿qué es lo que hacemos?… Nos reunimos para cosas muy grandes, como son:
celebrar con el culto el misterio de Jesucristo;
– orar todos juntos elevando a Dios nuestras plegarias y nuestros cantos;
– poner en acto nuestro amor a los hermanos;
– anunciar el Evangelio y vivir la Palabra;
– avanzar la vida del Cielo, pues lo que hacemos en la tierra no es más que un eco de lo que hacen los Angeles y los Santos ante el trono del Cordero inmolado y glorificado, y lo que haremos todos juntos por siglos sin fin.

Al frente de nuestro culto está Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y todos actuamos unidos a Él y en comunión con toda la Iglesia. El espectáculo que ofrece el culto —nuestra Liturgia— es lo más grandioso que podemos concebir.
Nunca como en la celebración de la Liturgia o del culto se cumple la palabra del Señor: Donde dos o más de vosotros se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mateo 18,20). Jesucristo ora con nosotros, canta con nosotros, se ofrece al Padre con nosotros, y eleva nuestras plegarias hasta darles un valor infinito, porque las hace suyas.
Y es así. Cuando decimos en la Eucaristía: ¡Todo honor y toda gloria!, no exageramos nada. Le glorificamos a Dios plenamente, porque nuestra glorificación la hacemos por Cristo, con Él y en Él…

Este culto es de toda la Iglesia y en nombre de toda la Iglesia: de la asamblea que se reúne, de los hermanos ausentes que se nos unen en espíritu, de los Angeles y Santos del Cielo a cuyas voces unimos las nuestras, de los difuntos por quienes ofrecemos el sacrificio y la oración de modo especial… En una palabra, la Liturgia o el culto público es una acción de toda la Iglesia a la vez.

A poca fe que tengamos y a poco que avivemos esta nuestra fe, hay para entusiasmarse de verdad.
Sobre todo, hay para aferrarse a la santa costumbre de la Misa dominical.
Y colaboramos todos a la una a fin de que el culto —en medio de su sencillez evangélica— resulte todo lo esplendoroso posible: el Sacerdote ministro que preside en nombre de Jesucristo, los lectores de la Palabra, los que recogen la generosidad de los fieles para la caridad y el mismo culto, el coro que dirige el canto y los que han adornado el templo…, cada uno tenemos nuestro puesto especial. Lo tenemos todos, al menos con nuestra presencia activa, ya que no estamos allí de cuerpo presente como ensayándonos para nuestro propio funeral…

El pueblo cristiano quiere un culto digno de Dios, y los pobres suelen ser los que más contribuyen al decoro de la casa del Señor. A los que dicen muy desaprensivos que las iglesias con muchos adornos y riqueza ofenden a los pobres, les responde un famoso Cardenal alemán: No nos desprenderemos de los ornamentos sagrados y fundiremos los cálices y las custodias, que son debidos a la fe y al sacrificio del pueblo. ¿Quieren ustedes que dejemos sin adorno la casa de Dios como un pobre pajar?… (Faulhaber)

La Liturgia se convierte —cuando es así, de todos— en la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza, como nos ha dicho el Concilio.
El culto, por otra parte, es especialista en lograr conversiones.

Un famoso monasterio benedictino celebraba la Liturgia con todo el esplendor, con todo cuidado, aunque aquel día de riguroso invierno, con toda comarca cubierta de nieve, la iglesia estaba desierta del todo.
Pero aquel día precisamente subió a la montaña un señor protestante inglés. Asiste a toda la celebración, y, acabada ésta, le atienden con afecto fraternal los monjes, mientras él se manifiesta callado, meditabundo, preocupado… No dice nada, pero consigna después por escrito sus excusas:
– Perdonen mi aparente frialdad. No podía contener mi emoción. Con el templo vacío, ustedes me dieron un gran ejemplo de fe. Sin nadie que les mirase, ¿cómo ustedes celebraron aquella esplendidez de culto, igual que si tuvieran delante una multitud? No tenían más testigos que los Angeles y solamente rezaban y cantaban para Dios. Ustedes con ese culto me acercaron mucho a Dios.

Así nos acerca siempre a nosotros la celebración del Misterio de Cristo. El culto, centrado en la Eucaristía, nos hace pregustar la vida celestial. El Jesús del Cielo está en medio de nosotros, invisible pero realmente, dirigiendo toda nuestra acción. No nos falta más que una cosa: verlo cara a cara…

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