Tú me necesitas, Señor

24. noviembre 2014 | Por | Categoria: Oración

Cada vez que entonamos en la iglesia esa bendita canción, Tú has venido a la orilla, que tan fuerte ha pegado en nuestras asambleas cristianas, nos podemos quedar asombrados de lo que decimos al Señor con una de sus estrofas:
– Tú necesitas mis manos; mi trabajo, que a otros descanse; amor que quiera seguir amando…
¿No estaremos diciendo una herejía? ¿Podemos pronunciar un disparate mayor? ¿Es que Jesucristo no tiene fuerzas, o qué? ¿Es que Jesucristo no sabe hacer las cosas, o qué? ¿Es que Jesucristo no ama bastante, o qué?… Y, sin embargo, es una verdad bien cierta que Dios pide nuestra colaboración voluntaria. El Dios que creó el Universo con sólo decir: ¡Hágase!…, el Jesús que calmó el viento y las olas con gritarles: ¡Quietos!…, ese Dios, ese Jesús, nos está necesitando ahora para realizar su obra de salvación.

Es muy conocida aquella anécdota de después de la Guerra Mundial. La iglesia había quedado destrozada. Sobre todo, una imagen de Cristo Crucificado se hallaba mutilada completamente. Y reconstruido el templo y restauradas las imágenes, el párroco dejó aquel Cristo venerado tal como estaba. ¡Le faltaban nada menos que los brazos! Los feligreses se lo reclaman.
– ¿Y los brazos del Cristo? ¿Así nos va a dejar esa imagen?…
– Sí; va a quedar así. Los brazos de Cristo van a ser todos ustedes.

No pudo explicar mejor aquel buen cura la sentencia grave del apóstol San Pablo:
– Suplo en mí lo que falta a la pasión de Cristo (Colosenses 1,24)
Porque Jesucristo, acabada la obra de la Redención, se subió al Cielo, y aquí dejaba su obra, su Iglesia, nada más que comenzada. Se la encomendaba al Espíritu Santo, el cual se iba a servir de los Apóstoles, y después de todos nosotros, para llevar adelante el Reinado de Dios en el mundo, hasta que Él vuelva.

Hoy los laicos desarrollamos en la Iglesia una gran cantidad de actividades, de apostolados, de ministerios. Estamos convencidos de que realizamos la obra de Jesús. De que es Él quien realiza las cosas por medio nuestro. Pero Cristo requiere nuestra colaboración. Si somos generosos, la obra del Reino tira para adelante. Si nos negamos, si calculamos, si no amamos lo suficiente, entonces es Jesucristo quien pierde la partida.

Nuestras manos no quieren cansarse de hacer el bien. Trabajamos con ellas sin cesar para ganarnos nuestra propia vida. Pero deben trabajar también incesantemente para ayudar a los demás, material y espiritualmente. Mientras haya un necesitado al lado nuestro, nuestras manos no pueden mantenerse ociosas. Quien no trabaja por el Reino, por la Iglesia, por los hermanos, no es digno del Obrero de Nazaret, del Predicador de Galilea, del Crucificado de Jerusalén…
– ¡Es que me canso!…, podrá decir alguien.
¡Vamos!, si oyéramos esta excusa, no daríamos nuestro perdón. Porque de eso se trata. De cansarse, para que otros descansen. Hay muchos, muchos que llevan una vida bien dura, mientras que nosotros a lo mejor estamos en un paraíso.
Todo esto se reduce a una sola palabra: generosidad. Nosotros queremos ser amor que quiera seguir amando. Quien ama no cuenta ni el trabajo, ni el cansancio, ni el sacrificio… Cuanto más ama, más quiere dar, más quiere darse.
En la vida de Teresa del Niño Jesús vemos cómo la pobre muchacha, al no poder más con su enfermedad, ha de tomarse cada día en el jardín un paseo que le fatiga mucho. Le preguntan entonces:
– ¿No se cansa mucho al caminar, hermana?
Y Teresita, sonriendo como siempre, y con toda naturalidad, contesta sin dar importancia alguna a su dolor:
– ¡Oh, sí que me canso! Pero pienso en algún misionero que allá, en tierras lejanas, por salvar un alma está a lo mejor mucho más cansado que yo a través de la selva. Y le ayudo ofreciendo por él a Dios este mi cansancio que tanto me molesta.

¿Es cierto lo que decimos y nos enseña la querida Santa?
No se trata de ayudarle a Cristo, pregonando que queremos trabajar por Él. Hay una fórmula mucho más sencilla, y que dice lo mismo, pero con mucha más precisión. Le decimos a Jesucristo que le prestamos:
nuestra lengua, para que sea Él quien hable;
nuestros ojos, para que Él mire a las almas;
nuestra cara, para que Él sonría;
nuestros pies, para que Él se mueva;
nuestras manos, para que Él las emplee en lo que quiera;
nuestro corazón, para que Él ame por nosotros…
Nosotros entonces sentiremos de verdad que es Cristo quien vive en nosotros, y que es Él quien actúa en nosotros.
Notaremos entonces, con gozo indecible, que Cristo ha sustituido nuestra pobre personalidad por la personalidad suya tan enorme…

¡Qué bueno que eres, Señor Jesús, que necesitas de mí! Siendo tan poquita cosa yo, y Tú tan inmenso, me dices: ¿Quieres ayudarme?…

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