El Altar

11. noviembre 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

El sacerdote que dirigía nuestro grupo juvenil nos contaba un recuerdo suyo de cuando era seminarista. Prefiero dejarle la palabra a él mismo.

Aquel nuestro profesor de Sagrada Escritura era un hombre muy singular. Conocedor de las lenguas orientales antiguas, la Biblia no guardaba secretos para él. Hombre de ciencia y de virtud extraordinarias, un día fuimos cinco o seis compañeros a la iglesia de su convento, y en ella encontramos a nuestro profesor —que se creía estaba solo en el templo— en una actitud sorprendente. Estaba besando el Altar efusivamente, con una devoción extraordinaria y ensimismado en la oración. Le seguimos a la sacristía, y le preguntamos con franqueza:
– Padre, ¿qué estaba haciendo?
El se mostró comprensivo, y, sin pretenderlo, nos impartió una lección inolvidable de Biblia:

Estaba besando el Altar. ¿Ustedes, no lo besan nunca? Miren lo primero que hace el sacerdote cuando sale a celebrar la Santa Misa. Representante de la Iglesia, besa el Altar. Es el beso de la Esposa al Esposo. Porque el Altar es Jesucristo, que fue Sacerdote, Víctima y Altar en la Cruz. Altar que se ha multiplicado y seguirá multiplicándose en miles y miles de altares en toda la tierra y a lo largo de todos los siglos, porque de él había dicho muchos años antes el profeta Malaquías: Desde el oriente hasta el occidente, mi nombre es grande en todas las naciones, y en todo lugar se me ofrecerá una hostia pura.  Toda la Sagrada Escritura desemboca en el Altar, y del Altar arranca toda la gracia de la salvación. El Altar es Jesucristo, que ahora en el Cielo, como nos dice el Apocalipsis, es el Altar que recoge el incienso de las oraciones de los fieles para ofrecerlo a Dios, pues por Cristo, con Cristo y en Cristo damos a Dios todo honor y toda gloria. ¡Oh, besen el Altar! Son besos que recoge Jesucristo en persona.

El Padre Profesor que nos lo contaba, tan frío en las clases, ahora no podía con el amor tan ardiente a Jesucristo que le salía por los labios. Y aquel día, con lección tan improvisada, aprendimos a amar la Biblia mucho más, y, sobre todo, a descubrir al Dios de nuestros altares.

El templo cristiano se centra en el Altar. Templo sin Altar, es un edificio frío, en el que falta lo primero de todo. Se puede rezar y cantar y aplaudir dentro de sus paredes, pero no se le ofrece a Dios en él esa Hostia pura proclamada por el Profeta y pedida por el mismo Jesús: Haced esto como memorial mío. Sólo en el Altar, por el Santísimo Sacramento, se hace presente Jesucristo verdadera y sustancialmente en toda la realidad de su Persona. ¡Aquí está el Señor!…

A lo largo de los siglos, en el Altar se ha centrado la más honda piedad cristiana. Santa Francisca de Chantal, aquella viuda noble y tan distinguida, aceptaba las flores que le ofrecían los domingos y días de fiesta. Ella se apresuraba a llevarlas al templo y colocarlas sobre el Altar. Cuando ya empezaban a marchitarse, las recogía, las llevaba a su cuarto y las ponía ante el Crucifijo. Hasta que le preguntaron: -¿Por qué hace esto?
Y ella respondió con su elegancia tan natural:
– La vida de estas flores es dar fragancia y ofrecer color. Yo las pongo en el Altar para que allí se marchiten y mueran despacio. Porque así quiero que sea mi vida: quiero que se marchite y se consuma ante Dios en el misterio del Santísimo Sacramento.

Siempre ha sido muy grande la devoción de los fieles al Altar. Y esto, ya en el pueblo de Israel, que no tenía más que un altar en el del lugar del Arca y después en el templo de Jerusalén. Los israelitas piadosos suspiraban por acercarse y ver el altar de Dios, como lo canta de manera inigualable el salmo enternecedor: Hasta el pajarito ha encontrado para sí una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos. ¡Mi nido es tu altar, oh Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío! (Salmo 83,2-4)

Después que Jesucristo se ha ofrecido a Sí mismo como Víctima en el Altar de la Cruz, y que en el altar de Cielo está como Hostia nuestra intercediendo siempre por nosotros, el Altar de nuestras Iglesias nos representa a Jesucristo en persona. Al principio, era una simple mesita de madera que llevaban los creyentes para la Fracción del Pan, como lo llama San Pablo escribiendo a los de Corinto: la mesa del Señor. Hoy el Altar, de piedra o de madera noble, es el punto más sagrado del templo cristiano y católico.

Por la Biblia sabemos lo que hizo el héroe Matatías, al ver profanado el altar del Señor por judíos apóstatas. Lleno de furia mató sobre el ara al judío emisario del rey y destruyó el altar envilecido.

Ya en la Iglesia, hemos tenido muchos héroes del Altar. En nuestros días, Monseñor Romero, que muere mientras ofrecía la Santa Misa. Antes, en Inglaterra, Santo Tomás Becket, que muere también ante el Altar. En la Revolución Francesa, aquella valiente mujer se enfrenta a la soldadesca que iba a profanar la iglesia.
– ¡Ciudadanos! Si sois soldados, respetad a una mujer. Si sois cobardes, antes de llegar vosotros ante el Sagrario, cortadme el cuello.
Dicho esto, abre el Sagrario, toma el Copón, y se sube al Altar, donde se queda en oración, esperando el golpe para morir hecha una sola hostia con Jesucristo. Pero los soldados se cuadran, y gritan rendidos:    
– ¡Viva la ciudadana de Dios!…(Catalina Jordan, en Six Fours)

Ese es el Altar al que los católicos vamos el Domingo, el Día del Señor, y todos los días si queremos. Un Altar que nosotros sabemos besar con devoción suma, porque en él besamos a Jesucristo…

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