De nuevo, ¡Somos de Dios!…

3. noviembre 2014 | Por | Categoria: Dios

Con ese canto tan bello y tan sentido, inspirado en Pablo, confesamos en nuestras celebraciones: “En la vida y en la muerte, somos de Dios”… Parece una respuesta del hombre al Dios que le dice: -Escucha, que voy a hablarte: Yo soy Dios, tu Dios (Romanos 14,8; Salmo 49,7).
Palabras que comenta con mucho acierto un conocido escritor: -Somos de Dios toditos enteros, y no en parte solamente (Sardá y Salvany)

Somos de Dios, afortunadamente; y no puede ser de otra manera, porque Dios es el Creador, que nos hizo para Sí, y ni nos suelta Él de su mano ni nosotros nos podemos escapar de ella. Nos pasa como a la Luna: quiera que no quiera, no se puede escapar de la atracción del Sol; y la Luna, tan bella en el firmamento azul de la noche, le debe todo su encanto al Sol que le regala su hechizadora claridad.

Así estamos los creyentes ante el Dios del Cielo, muy felices en depender del todo de Dios y necesitar de Dios para todo. Lo que no entiende el mundo que se aleja de Dios, lo siente cada vez con más fuerza el mundo que va en busca de ese Dios que muchos olvidan y dejan de lado. Uno y otro mundo, el creyente y el incrédulo, se han delante de Dios como el librepensador y la viejecita devota.

El filósofo, orgulloso, se toma su vacación en el campo, se encuentra allí con una buena mujer del pueblo que no hace más que desgranar las cuentas del rosario, y le dice despectivo: -Señora, bien puede usted dejar de rezar a Dios, pues Dios no la necesita para nada a usted.
Y la ancianita, más sabia de lo que el filósofo se pensaba, le contesta hasta dejar a su interlocutor sin palabra: -Señor, ya lo sé; Dios no me necesita a mí, pero yo necesito a Dios.

Cuando se piensa en nuestra dependencia de Dios, viene espontáneamente a la memoria aquella palabra de Ignacio de Loyola en la primera línea de sus Ejercicios Espirituales: -El hombre ha sido credo para alabar y servir a Dios, y mediante esto salvar su alma. Y todas las otras cosas son creadas para el hombre para que le ayuden a conseguir su fin.
Todas las cosas son para el hombre,paraque el hombre sea todo para Dios.

Este pensamiento tan grandioso, capaz de cambiar radicalmente toda la vida de cualquier hombre y de cualquier mujer si se toma en serio, lo había expresado San Pablo hacía ya muchos siglos: -Todo es vuestro: el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1Corintios 3,21-22)

El arte se ha encargado también de recordar este principio de manera llamativa. Por ejemplo, en una iglesia alemana muy conocida. Un turista americano que no sabía latín, se llega a la puerta de aquel templo solemne, y pregunta al primer sacerdote que ve salir: -¿Me puede explicar qué significa esta inscripción tallada en la piedra?
El sacerdote se la traduce al inglés: -Es sencilla de entender. Habla del Dios creador del hombre, y dice: “De Dios, por Dios, para Dios”. Amplíe usted un poco su sentido, y le dicen claramente: Vengo de Dios, y por Dios voy a Dios.
El turista entra en el templo. Da una mirada rápida al arte que encontraba por doquier, pero no puede con el pensamiento que se le ha metido en la cabeza.
Cae de rodillas en el reclinatorio de una banca, y no sale de su asombro, absorto durante tres horas en profunda reflexión:
– Vengo de Dios… Y por Jesucristo, Dios que se ha hecho camino mío, voy a Dios… ¡Soy todo de Dios! (Iglesia de Santiago en Aquisgrán)

Si ésta es la situación del hombre ante Dios, ¿qué le toca al hombre, al cristiano muy en especial, cuando se pone en la presencia de Dios? Piensa en Dios. Suspira por Dios. Sueña en ser de Dios. Y le señala a su propia vida objetivos muy altos, altísimos, compendiados todos en las palabras de la gran Teresa de Jesús: -Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué queréis, Señor, de mí?…

Sabiendo que ese Dios al que ahora conoce por la fe y ama sólo en las sombras de la fe, le tiene señalada una ciudad futura de belleza sin par, donde Dios se le manifestará cara a cara, no suspira sino por aquella morada sin igual, aunque le haya de costar una lucha grande su conquista.
Le ocurre como en la antigüedad griega al rey macedonio, que oye al embajador de Persia ponderar la belleza de su ciudad. Le pide le trace el plano de esa ciudad soñada, y exclama entusiasmado y enérgico: -Esta ciudad he de conquistarla, me cueste lo que me cueste (Filipo con Danaides)

Es cierto que el mundo moderno se aleja cada vez más de Dios. Pero no todos olvidan al Creador ni dejan de suspirar por Él. Los creyentes verdaderos —y son muchos, gracias a Dios— saben de dónde vienen  y a dónde van.
San Agustín empieza un día a hablar con su auditorio, en un plan de alegría y buen humor: -Ya ven que siempre hemos hablado de Dios. Díganme, ¿qué piensan? ¿Quieren dejar a Dios?… Los fieles se alborotan, y dan a gritos una respuesta entusiasta a su insigne pastor: -¡No! Que se pierda todo, pero a Dios no lo abandonamos. Aquellas dos palabras latinas —“Pereant omnia”, que se pierda todo—, se han hecho célebres y pueden ser un santo y seña para el mundo de hoy que todavía cree: dinero, bienestar, placer, política, poder…, que se pierda todo con tal que no se pierda Dios en nuestras vidas.
 Lo entendía aquel célebre astrónomo, muy creyente (Leverrier), al que le dicen como el mayor elogio:
– Su nombre irá hasta los astros. Pero él contesta: -Espero algo mejor. Irá hasta el Cielo. Ese Cielo que no ve mi telescopio, pero que adivina mi fe…  

Dios nos ha creado para Sí, y la dicha verdadera —lo mismo ahora en el mundo, como después en el más allá— no se halla fuera de Dios. Por eso el cristiano, consecuente con su fe, no suelta de sus labios la gran palabra que le dicta el amor: ¡Dios, Dios, Dios.., sólo y siempre Dios!…

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