Creados por Dios y para Dios

4. noviembre 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

¿Nos hemos puesto a pensar alguna vez en lo que es un invento? Invento es lo mismo que hallazgo. Es sacar a la luz algo que estaba escondido. Ponemos unos ejemplos muy claros.
La electricidad estaba en la naturaleza, pero el hombre no la conocía, no sabía lo que era. Llega un momento en que la conoce, la descubre, la aplica a unos filamentos, y construye una bombilla o lámpara que va a echar por tierra todos los candiles de aceite porque nos va a alumbrar mucho mejor que todos ellos…
La penicilina estaba en la naturaleza y nadie la conocía. La descubre otro sabio, la aplica a la medicina, y hoy los antibióticos han salvado millones de vidas…

¿Qué han hecho esos sabios? Trabajando con elementos que ya existían, han buscado cosas nuevas, han dado con ellas, las han aplicado a la vida, y hoy disfrutamos todos de unos hallazgos que nos han llenado de beneficios. Esto son los inventos: hallazgos de lo que estaba escondido.

Pero viene ahora la pregunta más interesante: ¿es lo mismo inventar que crear? ¿significan lo mismo invento y creación? Aquí, sí que las cosas cambian. Inventar es propio de los hombres, porque no saben dónde están muchas cosas y las buscan, hasta que las hallan. Crear es propio de Dios, que no inventa nada, porque nada hay escondido de modo que sus ojos tengan que buscar.

El hombre no crea nada, porque a eso no llega su poder. El hombre puede trabajar con materia que ya tiene entre sus manos, cambiarla y darle nuevas formas para aprovecharla en mil sentidos. El hombre puede hacer una bombilla con filamentos y cristal, aplicarle la corriente eléctrica y hacer que nos alumbre.

Pero el hombre no puede hacer como Dios, que dice: ¡Hágase la luz! Y la luz que fue hecha, cuando no había nada sino tiniebla total. Dios no tenía nada de donde sacar la luz. La sacó de la nada, y esto no lo hará jamás el hombre.

El Catecismo de la Iglesia Católica (298), al recordarnos esto, no lo hace para que pensemos precisamente en el poder de Dios, sino en su bondad inmensa, y para arrastrarnos así más fácilmente al amor de Dios, que nos saca de la nada a fin de hacernos participantes de su misma felicidad. Y así, nos recuerda las grandes creaciones de Dios.

La primera creación de todas, ya se ve, es la de darnos el ser. Confesamos como verdad primera ésta tan sencilla y tan grandiosa: Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Así comienza el Credo, así hemos dicho siempre y así seguiremos confesando nuestra fe en el poder inmenso de Dios.

La segunda es no menos portentosa, aunque llena de misterio: el que por su Palabra pudo hacer resplandecer la luz en las tinieblas, pudo encender la luz de la fe en nuestras mentes para que lo conozcamos, el amor en nuestros corazones para que lo amemos, y comunicarnos su vida para que seamos en todo semejantes a Él. Dios crea en nosotros la vida divina.
La tercera, tanto o más prodigiosa, hace que el pecador vuelva a la vida divina creando en él por el Espíritu Santo un corazón puro. De un pecador, Dios crea un inocente.

La cuarta, finalmente, es llamar a los muertos para que vuelvan a la vida. Cuanto más se llenen los sepulcros, tanto más grandioso aparecerá al final de los tiempos el poder de Dios, que dirá: ¡Levantaos, muertos! Y nadie resistirá su voz. De los muertos, Dios habrá creado la vida.

Todo esto —que parece inimaginable— nos lo dice el gran Catecismo con estas palabras:
Puesto que Dios puede crear de la nada, puede por el Espíritu Santo dar la vida del alma a los pecadores creando en ellos un corazón puro, y la vida del cuerpo a los difuntos mediante la Resurrección. Él da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean. Y puesto que, por su Palabra, pudo hacer resplandecer la luz en las tinieblas, puede dar también la luz de la fe a los que lo ignoran.

Santa Clara de Asís, la gran discípula de San Francisco, murió con estas palabras en sus labios: -¡Dios mío, te doy gracias porque me has creado!

Los que no creen, los supersticiosos, los que le tienen miedo a Dios y se quieren cerrar voluntariamente los ojos, dicen que todo es casualidad, que todo viene del azar, que nada se sabe del principio y nada se sabe del fin. De ellos asegura la Palabra de Dios en la Biblia: Dice el necio, el impío, en su corazón: ¡Dios no existe! (Salmo 13,1). El susto será para impío cuando se encuentre con Dios que le pedirá cuentas…  
Nosotros, creyentes, somos más felices al profesar nuestra fe en el Dios Creador.
Somos más felices al confesarle nuestra debilidad y nuestras culpas, sabiendo que el Dios que nos creó por amor nos redimió por Jesucristo con más amor.
Somos más felices al saber que nos sacará del sepulcro, para no morir ya jamás y hacer que la creación salida de sus manos dure en nosotros eternamente.

Que venimos de Dios y que vamos a Dios nos lo dice, aparte de nuestra fe, nuestro propio sentimiento. ¿Por qué no estamos nunca satisfechos? ¿Por qué buscamos siempre más? ¿Por qué queremos que se acabe el dolor? ¿Por qué soñamos en que dure siempre la dicha que disfrutamos, sin que se escape nunca de nuestras manos? Muy sencillo: porque Dios ha dejado un vacío inmenso en nuestro corazón a fin de ser Él mismo, y no otro, quien lo pueda llenar. ¡Ya llegará el día, ya llegará el día!…

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