Un Pueblo de santos

22. octubre 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Dos historiadores de la antigüedad nos cuentan el caso de una ciudad en el Asia Menor, convertida completamente al cristianismo, y que tuvo un final por demás glorioso: todos sus habitantes murieron por la fe cristiana y llegaron a hacer una realidad en bloque eso de Pueblo de reyes, Asamblea santa, Pueblo sacerdotal. ¿Qué había ocurrido?…
El ejército imperial había sitiado la ciudad, y prometió a los habitantes respetar la vida de los que se rindiesen y abandonaran su recinto. Todos los sitiados eran cristianos, y consideraron una deslealtad con los hermanos el dejar abandonados a su suerte a los que no pudieran salir. Se negaron, y abrieron las puertas a los soldados. Entra con ellos el gobernador, y les intima a los ciudadanos:
– Ahora, todos a ofrecer sacrificios a los dioses del Imperio.
Vino la negativa más rotunda:
– Nosotros no adoramos más que al Dios verdadero, por medio de Jesucristo, al que nosotros ofrecemos como sacrificio en nuestro altar.
Y como perseveraron en la fe cristiana, todos ellos fueron encerrados en el templo, con el procurador y los magistrados, y, dentro todos, los soldados prendieron el fuego y no se salvó nadie, ni grande ni pequeño. Todos murieron como pueblo santo y sacerdotal, en una sola oblación con Jesucristo (Lo cuentan Eusebio y Lactancio, sobre una población de la Frigia).

Un hecho como éste nos dice lo que es la Iglesia. Es santa, como lo confesamos en el Credo: Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica. Sin la santidad de Jesucristo que la invade por completo, serían un imposible casos semejantes. Cristo seguía en la Iglesia, y con la Iglesia y por la Iglesia continuaba ofreciendo el mismo sacrificio de la Cruz.

¿Es santa la Iglesia? Esta cuestión está fuera de duda desde el momento que Jesucristo es el Cabeza de la Iglesia y que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.
¿Cómo no va a ser santa la Iglesia, si Jesucristo hace descender a todos los miembros la santidad de que Él está lleno?
¿Cómo no va a ser santa la Iglesia, si todos nosotros participamos de la vida de Jesucristo, la vida de Dios que Él nos comunica, igual que el tronco del árbol pasa la savia a cada una de las ramas?
Desde el momento del Bautismo, cada cristiano es parte de Cristo, y, por lo tanto, es santo con la santidad misma de Jesucristo el Señor.

Hacer santa a la Iglesia fue el sueño de Jesucristo. Escogía a la Iglesia como Esposa, y la quería resplandeciente de hermosura, una hermosura que no podía ser otra que la misma hermosura de Dios.
Para ello, este amante perdido por su Esposa, como es Jesucristo, no dudó en entregarse a la muerte por ella, lavándola con su Sangre, detergente divino que borraba toda mancha de culpa.
Esa Sangre la sigue aplicando Jesucristo a cada uno de los hijos de la Iglesia con los Sacramentos, que elevan continuamente la vida del cristiano a las alturas de Dios.
Con un Sacramento especial reconcilia con Dios a los pecadores, haciéndoles recobrar la inocencia del Bautismo.
Con otro Sacramento, consagra sacerdotes ministros para que ellos santifiquen a sus hermanos con esos medios que el mismo Jesucristo les confía.
Con el matrimonio bendito santifica el amor y las fuentes de la vida.
Y con la Eucaristía comunica a torrentes y sin medida la Gracia de Dios, inundando de santidad a toda la Iglesia reunida ante el Altar.

El Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones, nos convierte en surtidores que saltan hasta la vida eterna. Es decir, hace que todas nuestras obras, nuestra oración y nuestro trabajo, sean santos, dignos de Dios y merecedores de vida eterna.

¿Mentimos o exageramos cuando decimos que la Iglesia es santa, y que nosotros somos santos mientras estamos unidos vitalmente a la Iglesia?
Es verdad que con todo esto adquirimos un compromiso serio con el mundo, el cual espera de todos los bautizados esos signos de santidad que lo arrastren hacia su Salvador. El mundo y Jesucristo, Jesucristo y el mundo, exigen de los cristianos el que seamos santos.

Ser santos se convierte en un ideal, hermoso de verdad. La santidad no es algo que Dios ha reservado para el otro mundo. Es algo que quiere ya de todos nosotros, y por eso —según las palabras clásicas de Pablo a los de Efeso—, nos ha elegido para ser santos, inmaculados, amantes…
Santos y llenos de amor, los niños y los jóvenes.
Santos y llenos de amor, los esposos en el seno del hogar.
Santos y llenos de amor, nuestros sacerdotes y todas las almas consagradas.
Santos y llenos de amor, lo mismo el obrero que el profesional, el hombre igual que la mujer, el enfermo como el deportista vigoroso…

Aquellos mártires antiguos daban testimonio de la santidad de la Iglesia muriendo como Asamblea santa y Pueblo sacerdotal. Nosotros, lo damos viviendo dignamente como miembros de esa Iglesia que sigue siendo hoy santa, como lo era ayer y como lo será siempre, porque tiene por Cabeza y Esposo nada menos que a Cristo Jesús.

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