La Vida nueva

20. octubre 2014 | Por | Categoria: Dios

Muchas veces hemos visto reproducida en estampas, revistas, libros religiosos, una imagen preciosa hallada en las catacumbas de Roma, imagen que se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia.
Se trata de una fuente de agua fresca, y bebiendo en ella corderos y ovejas sedientos. Algo más alejados, se ven también otros animales que no hacen ningún caso de esa agua cristalina, le vuelven los ojos y hasta la miran con desdén, como si fueran seres inteligentes que dijeran despectivos: -¿Y a mí, qué?…
Dios había hecho brotar ese manantial con la Muerte y Resurrección salvadoras de Jesucristo, el cual seguía clamando como en el Evangelio:
– ¡Quien tenga sed, que venga y beba!
Pero, ¿cuál era la respuesta que estaba dado el mundo, ya entonces, a la invitación de Dios?…  Nos lo dice esa bella imagen de las catacumbas.

Ciertamente que eran muchos los que aceptaban el Evangelio y se saciaban a placer en la fuente de la vida. Pero en la Roma pagana, muchos miraban con desdén aquella vida de los cristianos, y hasta se oponían fuertemente al Evangelio, dejando pasar la Gracia que Dios les brindaba… ¿No podemos ver en esta imagen la misma actitud del mundo actual? Dios sigue llamando a la Vida Eterna; pero, ¿responden todos?…

Un célebre convertido se pierde un día por las calles de la capital de Dinamarca. Llega al parque central, y empieza a dar vueltas:
– ¿Qué busca, señor?…, le preguntan. Y él:
– ¡Oh! Quisiera un puesto en alguna banca donde poder descansar…
 Desilusionado porque no lo encuentra, se va al campo, y entre los árboles oye cantar a un coro de voces muy escogidas. Escucha embelesado mientras avanzan las sombras del anochecer. Y se extasía ante el estribillo de un solista que canta con voz de ángel: -¡Ven, alma cansada, ven a mí!…
Regresa a su casa, no puede con su emoción, y confiesa después:
– No pude más. Aquella voz clara y hermosa era para mí, me llamaba a mí. Era la gracia que empezaba en mí su obra (Jörgensen)
El insigne escritor había entendido lo que era la vida nueva a la cual Dios le tenía destinado.

¿A qué nos ha destinado Dios? Con toda la Biblia en la mano, la respuesta nos resulta fácil, segura, definitiva, sin retractación posible: Nos ha llamado y destinado a la Vida Eterna en su misma gloria.
Pero, para conseguir esto, Dios ha seguido todo un proceso. Nos da la vida natural. Nos llama a la fe. Nos comunica su vida en el Bautismo. Nos desarrolla esta vida divina a lo largo de nuestro paso por el mundo. Y lo corona todo en el momento de la muerte, cuando dice a cada uno, con gozo de Padre:
– ¡Ven, que aquí te esperaba!…
O con lo de la parábola del Evangelio: – Ven, entra en el gozo de tu Señor…

En el lenguaje de los Apóstoles, esto era llamado “La Vida Eterna”.
En la Iglesia hoy, lo llamamos con la expresión “La Gracia de Dios”.
Es una vida nueva, que sobrepasa a la natural que recibimos de nuestros padres. Es una vida nueva, que anula la vida de pecado anterior al Bautismo. Es una vida nueva, porque se renueva continuamente, cada vez se hace más pletórica, más llena, más fuerte, más abundante, hasta llegar al colmo de la medida de Jesús, el cual se habrá desarrollado completamente en el cristiano, con la estatura debida, perfecta, y digno de lucir su elegancia en el Cielo de Dios.

¿Quién produce semejante belleza en el alma? Una lápida sepulcral descubierta en las catacumbas de Roma nos da la respuesta, lápida que ha hecho escribir tanto y ha arrancado muchas lágrimas por la ternura que encierra. El esposo se la dedica a la esposa adorada, con esta inscripción insuperable: -Somos de la misma raza de Dios. Mi esposa querida, tienes el don de la semejanza divina.
Aquí está el secreto. Al transformar todo el ser del cristiano en el Ser Divino, la Gracia lo hace ser semejante a Dios, de hermosura inenarrable.
La Biblia nos expresa de modo inolvidable lo que significa esa vida nueva.
El “agua de la vida”, la de aquellos cuatro ríos que fecundaban el paraíso y lo mantenían en un verdor perenne, jardín de belleza sin igual.  
El “árbol de la vida”, plantado en el centro del paraíso, que nos dice cómo Dios quiere ser nuestro refrigerio, nuestro descanso, y, por los frutos del árbol, el manjar de nuestra inmortalidad.
La “luz de la vida”, descrita por Juan cuando empieza su Evangelio, la cual nos mantiene en una claridad indeficiente, ahora por la fe luminosa, después por la visión eterna de Dios.

La Eucaristía —agua, árbol, luz— es el colmo en la vida cristiana.
Como lo experimentó, antes aún de que recibiera el Bautismo, aquella judía holandesa que entró en una iglesia mientras se distribuía la Sagrada Comunión. Queda arrobada. -¿Qué le pasa Francisca?, le preguntan. No sabe responder, pero lo explicará después:
– De las manos del sacerdote vi salir una fuerza que sanaba a todos. A mí me sanaba también, curando mi corazón débil y enfermo. Vi a los fieles acercarse a la mesa eucarística, y me arrebató una verdadera hambre de aquella “cosa blanca”, de la cual yo no yo no conocía ni el nombre ni la naturaleza, pero que me atraía a sí con irresistible violencia. ¡Yo también quiero esa “cosa blanca”, yo también la quiero!…
El día en que Francisca, ya bautizaba, recibió la Santa Hostia, pudo decir con toda razón y conocimiento:
– ¡Qué Vida! ¡Qué gracia la gracia de Dios!… (Francisca van Leer)

Cuando el mundo moderno va en busca de la vida, de prolongar la vida, de hacer más feliz la vida, no hace otra cosa que seguir los planes de Dios. ¡Dios lo quiere!… Pero el mundo ha de descubrir que Dios, por Jesucristo, hizo brotar una vida nueva, una vida muy superior. ¿Por qué no ambicionar, más que la vida que pasa, la vida de la Gracia, la Vida Eterna, la vida que no muere?… 

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