La palabra insustituible

27. octubre 2014 | Por | Categoria: Dios

Una vez más tomamos en nuestros labios la poesía tan fina, dirigida a Dios,
Padre, has de oír este decir  
que se me abre en los labios como una flor.
Te llamaré Padre,
porque la palabra me sabe a más amor.  

¡Muy bien dicho! Podemos llamar a Dios, y todo con nombres de la Biblia: Señor, Creador, Eterno, Omnipotente… Todo es cierto. Todo está bien. Todo le gusta a Dios. Pero, nada llena el alma como llamarle “¡Padre!”, y, si queremos, lo podemos hacer con la expresión cariñosa  de Jesús en su lengua aramea, palabra llena de ternura, que nos ha transmitido Pablo: Abbá! ¡Papá!… (Romanos 8,15)

¿Por qué le llamamos “Padre” a Dios? ¿Es solamente una manera de hablar bonita, poética, figurada, porque así nos caer bien, y nada más?…
No. Si esos fueran los motivos, poco dirían a nuestra alma. Cuando llamamos “Padre” a Dios, es porque Dios es realmente padre, pues nos ha engendrado a la vida. Porque la vida que tenemos se la debemos a Dios. Así nos lo ha revelado nuestro Señor Jesucristo, el que tiene palabras de vida eterna.
Incluso sin acudir a Jesucristo, hombres no cristianos, pero de profunda fe en Dios, lo han reconocido por esa luz que Dios sembró en la Humanidad desde el principio, y que las sombras del paganismo no han llegado nunca a oscurecer del todo. Un sucesor del gran Mahatma Ghandi de la India, dijo como última palabra antes de morir, hondamente repetida: -¡Padre, Padre!… (Sastri)
El Dios Creador nos dio la vida natural. Es cierto que se sirvió de los padres como intermediarios suyos en la transmisión de la vida; pero la palabra última la tuvo, la tiene y la tiene siempre Dios. El alma inmortal, unida a la materia dispuesta para recibirla, sale directamente de las manos del Dios Creador, y eso sí que no lo podrá hacer nunca el hombre con la probeta…

¿Cómo se porta entonces Dios con los hombres, sus hijos? Dios lo ha manifestado, por ejemplo, con un San José Benito Cottolengo. Esa maravilla de la Pequeña Casa de la Divina Providencia llegará a alojar hasta más de diez mil asilados, enfermos de todas clases, desechados de todos.
Al morir el Santo Fundador, cuando el cadáver llega a la Casa en medio de un silencio imponente de la multitud, una voz grita con aire dolorido: -¡Aquí está el Padre! ¡El Padre ha venido!… La Pequeña Casa hospedaba entonces a más de mil trescientos enfermos, y una sola voz iba corriendo de boca en boca, entre las lágrimas y los gemidos de todos: -¡Aquí está el Padre! ¡Aquí está el Padre!…
¿Y quién era San José Benito Cottolengo? No era sino una réplica de lo que es Dios con los hombres, el Padre de todos, que a todos ama y de todos cuida.

Otro Santo de aquel mismo tiempo dijo con un gesto muy significativo lo que es el Dios con sus hijos que lo necesitan. Caminaba San Antonio María Claret por las calles de Madrid, cuando ve a un pobre sentado en la acera pidiendo limosna. El Padre Claret, sin más, se echa la mano al bolsillo para sacar unas monedas. Pero el menesteroso, ni le mira. Por no humillarlo, el Santo no le da las monedas, y se vuelve a su acompañante: -¿Ve? Esto es Dios. Yo le quiero dar, le quiero dar todo a este pobre, pero él no lo quiere recibir y ni tan siquiera lo pide. ¿Cuándo aprenderá el hombre a pedir a Dios su Padre, dispuesto como está a ayudar siempre a sus hijos?…

Sobre esa vida natural que Dios nos dio con la creación —cosa tan grande y regalo espléndido de Dios—, está la vida de la Gracia, la vida sobrenatural, la participación de la misma vida de Dios que Él nos transmitió en el Bautismo. ¡Y esto sí que fue una verdadera generación!

Unas palabras del apóstol Santiago nos bastan por tantas como podríamos traer de la Biblia en el Nuevo Testamento: -Por un puro querer de su voluntad nos ha engendrado para hijos suyos con la palabra de la verdad (Santiago 1,18)
Palabras corroboradas por Juan al abrir su Evangelio: -A los que recibieron la Palabra y la Luz, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios, que no nacen por vía de generación humana, ni por puro deseo del hombre, sino que nacen de Dios (Juan 1,12-13)

Un joven estudiante japonés, pagano, entra en la iglesia de la Misión sin conocer nada de la fe católica. Pero, sin más, se estremece mirando al altar:
– ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa? ¿Cuál es la santidad de este Dios de los cristianos? ¿Y qué hago yo aquí, un pecador, delante de este Dios?…
Nota el misionero la turbación del visitante, y le ofrece:
– ¿Quiere ser usted hijo de este nuestro Dios, un hijo verdadero?…
El japonés se instruye, es bautizado, y exclama después:
-¿Yo, yo un hijo de Dios?… ¡Dios es muy bueno; Dios me ha hecho a mí demasiado grande!…

Pero queda para después la gran manifestación de lo que serán los hijos de Dios. Una vez alcanzada la salvación plena y definitiva, ya no quedará sino gozar de la misma felicidad de nuestro Padre del Cielo.

¿Y qué será esa felicidad? Es inútil querer imaginarla. No hay nada en el mundo con que se la pueda comparar. Aquel mártir inglés, mandado ajusticiar por no separarse de la Iglesia Católica, estaba en el patíbulo para ser ahorcado, y daba prisas al verdugo, de modo que le pregunta el juez:  -Pero, ¿tanta prisa tienes en morir? Y el mártir: -¡Ah! Si ustedes hubieran visto lo que me espera y que Dios me ha dejado entrever por un momento, tendrían la misma prisa que yo de morir (Roger Wrenno, +1616 en Lancaster)

¡Padre!, le decimos a Dios, porque es nuestro Padre: el Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro celestial. Abbá, Papá!, lo llamaba Jesús, y así nos enseñó a llamarlo nosotros también. La boca se deshace en dulzura con sólo llamar a Dios así: ¡Padre! ¡Padre nuestro!…

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