El culto cristiano y celestial

14. octubre 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

El Catecismo de la Iglesia Católica (1137) nos hace ver lo que es el culto de Dios en el Cielo. Nos abre los labios para cantar ante el trono de Dios. Nos dice lo que es nuestra oración cuando nos reunimos en la Iglesia como comunidad cristiana. Y todo eso nos hace sentirnos ilusionados por llegar pronto a contemplar aquellas maravillas que nos esperan cuando el Señor nos llame para llevarnos a la Patria… Y nos enseña, finalmente, cómo el culto de la Iglesia en la tierra no es más que una participación del culto del Cielo, culto que, celebrado en una fiesta eterna, será nuestro gozo sin fin.

El gran Catecismo nos explica ese punto del Apocalipsis que tantas veces oímos en la Iglesia. ¿Cómo es el altar del Cielo que vio Juan, y cómo es el culto que allí se le rinde a Dios?…
En el Cielo hay un trono espléndido y deslumbrante, en el cual está sentado el Señor Dios, con todo el esplendor de su majestad.

Delante de ese trono de Dios está de pie Jesucristo, el Cordero inmolado, que fue crucificado y ahora vive resucitado e inmortal. Es el único y Sumo Sacerdote que ha entrado en el verdadero santuario del Cielo con su propia sangre y que nos ha merecido la salvación.

De ese trono donde se sienta Dios y ante el cual está el Cordero Jesucristo, arranca el río de la Vida, el Espíritu Santo, que con su gracia inunda la creación entera. Así contempla Juan en el Apocalipsis el Altar de Dios en el Cielo. Ahora viene la visión del Pueblo de Dios, el Pueblo Sacerdotal que con Jesucristo y en el Espíritu Santo va a ofrecer a Dios el culto eterno.

Primero, ve los ejércitos de millones y millones de las Potencias celestiales, es decir, de los Angeles, imposibles de contar.
Después, aparecen los Cuatro Vivientes, o sea, toda la creación, simbolizada en los cuatro elementos y en los cuatro puntos cardinales, porque todo lo creado se va a rendir a Dios.

Allí aparecen los Veinticuatro Ancianos, símbolo de los servidores de Dios en la Antigua Alianza y en la Nueva, como los cabezas de las doce tribus de Israel y los doce Apóstoles, los pilares de la Iglesia.
Finalmente, los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos significan el nuevo Pueblo de Dios, una multitud inmensa que nadie puede contar, formada por gentes de toda raza, lengua, pueblo y nación, con vestiduras deslumbrantes y palmas en sus manos, que cantan y vitorean sin cansarse nunca las alabanzas de Dios.

Entre todos ellos se distinguen los Mártires, que derramaron su sangre como Jesús. Y sobre todos los Angeles y Santos destaca María, la Mujer, que fue vestida del sol, con la luna bajo sus pies y coronada de doce estrellas sobre su cabeza.
Mostrado todo en símbolo, así es y así va a ser eternamente la liturgia o el culto del Cielo. Todos los elegidos —unidos a Jesucristo, el Sumo y Eterno Sacerdote— tributando a Dios Padre omnipotente en el Espíritu Santo todo honor y toda gloria en medio de un gozo indescriptible.  
Parece que aquello va a ser algo grande, ¿no es verdad?
Pues, bien. Ya ahora, el Espíritu Santo y la Iglesia nos hacen unirnos a esa liturgia celestial cuando celebramos nosotros el culto aquí en la tierra, sobre todo con los Sacramentos, y en especial con la Eucaristía, tal como lo expresan muchos prefacios en la Misa: Unidos en común alegría a los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria: ¡Santo, Santo, Santo!…

Se hizo famoso el caso de aquel Ministro de Asuntos Exteriores chino. De alta alcurnia y de la máxima categoría en su país —pues se llamaba hijo de Confucio por su ascendencia—, a los cincuenta y seis años de edad ingresaba en un convento después de haber abrazado la fe católica. Cuando se le preguntaba por qué había tomado semejante resolución, respondía cómo recibió la fe y la gracia:
– Todo fue al asistir a una función del culto católico. Allí se me reveló todo lo que era la fe. Y ahora, al entrar en un monasterio, es cuando me he acercado de veras al dogma católico. Todo es obra de la oración, en especial de la oración litúrgica. Las funciones de la Misa, del Oficio Divino y de los Sacramentos me hicieron conocer a Jesucristo, el Hijo de Dios vivo que reconcilia a los hombres con Dios (Lu Tsen Tsiang)

Y, como esta alta personalidad china, otros que no son de nuestra fe e Iglesia, de modo que pudo decir un célebre Arzobispo y Cardenal alemán (Faulhaber): La Liturgia o culto católico causa más conversiones que la misma predicación.
Como la de aquel conde y general del siglo dieciséis, que se encuentra con un caballero de Valencia, donde el Arzobispo San Juan de Ribera había fundado su celebrada iglesia en la que se desarrollaba un culto muy esmerado. El conde y general, exclama con ardor: ¡Valenciano, valenciano! ¡Qué feliz te puedes considerar por ser de una ciudad con una iglesia semejante! Entré por curiosidad en aquel templo, vi cómo se celebraba el culto, y me conmoví tanto que decidí ingresar en el seno de la Iglesia Católica (Conde de Popenheim)

¿Nos damos cuenta de lo que es el culto cristiano? ¿Valoramos como se debe la celebración de la Misa en el Domingo? Nuestras funciones forman parte en la única Liturgia de la Iglesia, tanto en el Cielo como en la tierra. Los ángeles y los santos la celebran en visión y en gozo ya en la gloria, mientras que nosotros la celebremos todavía en fe; pero ellos y nosotros realizamos el mismo culto, con la misma alabanza y la misma acción de gracias, a la vez que oramos con ellos por la salvación de todos los hombres.

Cuando realizamos las funciones religiosas con la fe, el amor, la alegría y el respeto debidos, nos transportamos al Cielo desde la tierra…, o hacemos de la tierra un Cielo.

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