Viviente y personal

22. septiembre 2014 | Por | Categoria: Dios

Un caso algo curioso va a abrir nuestra reflexión de hoy.
Paseaba por la gran ciudad un turista llegado de fuera, y a la puerta de un templo lleno de arte pedía limosna un mendigo, a quien el visitante tomó como un infeliz devoto y un ignorante rematado. Como al curioso visitante no le importaba más que el arte que iba a encontrar adentro, el mendigo le llamó muy poco la atención. Y con muy poca cortesía, le pregunta burlón:
– Oiga, ¿usted cree en Dios?
El humilde pordiosero no se ofende, y responde respetuoso:
– Sí; yo creo, y, aunque me ve usted aquí pidiendo limosna, no dejo ni un día de participar en una de las Misas y comulgar en ella.
Mal le iba saliendo al incrédulo turista. Pero, prosiguió:
– Bien, si usted cree en Dios, ¿puede decirme en qué lugar está ese Dios en quien usted cree?
El pobre no se impacienta, y responde muy sereno:
– Usted debe ser un hombre de estudios, ¿verdad?
Un poco halagado, responde el turista:
– Si; soy Profesor.
Aquí le esperaba el pobre:
– Entonces, usted podrá saberlo mejor que yo, y responderme bien: ¿Puede decirme en qué lugar no está Dios?…

Aquí vemos maravillosamente el retrato de nuestra sociedad. Junto a muchos creyentes, —bien representados en el pordiosero, tan pobre de dinero pero muy rico de fe—, hay muchos despreocupados, a los que poco o nada dicen las realidades ultraterrenas, porque hay otros dioses que les interesan más que el Dios del Cielo.

Muchas veces leemos en la Biblia salmos y pasajes de los profetas que son una diatriba seria, fuerte, y a veces divertida, contra los dioses de los pueblos idólatras que rodeaban a Israel. El judío se reía de esos dioses inventados por los hombres, plasmados en estatuas ridículas, ante las cuales se postraban como tontos y con plegarias sin ningún sentido. Valga como ejemplo este salmo:
– Los ídolos de los paganos son oro y plata, hechura de manos humanas: tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven; tienen orejas y no oyen, no hay aliento en sus bocas. Ante esta realidad, sigue el salmo con una merecida maldición: ¡Sean lo mismo los que los hacen, cuantos confían en ellos (Salmo 134,15-18)

Frente a esos ídolos y dioses inexistentes, todo el salmo canta la gloria del Dios personal de Israel, un Dios verdadero, viviente, fuerte, que hace proezas a favor de su pueblo, y al cual el pueblo, agradecido, lo colma de alabanzas y acciones de gracias.
Nuestra pregunta ahora es ésta: -¿Es actual este reproche de la Biblia en nuestros días? Digamos que nuestra sociedad no es tan tonta como para arrodillarse ante ídolos de dioses inexistentes. Pero la pregunta podría ir orientada en otro sentido, aunque sobre la misma realidad: -¿No son muchos los que en la sociedad actual se alejan del Dios viviente, para ir detrás de los ídolos modernos, cifrados siempre en el becerro de oro del dinero, del placer, del bienestar?…

Son muchos los que se confiesan creyentes en ”un” Dios hecho a su manera, no personal y viviente, sino un Dios que es una ilusión, una quimera,  sin intervención ninguna en la vida del hombre. Es el dios de los que a sí mismos se llaman “agnósticos”, forma mucho más suave que la otra más real de “incrédulos”.
¡Cuántas veces hablamos de este asunto! Y es que, a los que somos creyentes, nos preocupa de veras. Queremos la salvación de todos los hombres nuestros hermanos, y nos hacen pensar mucho esas palabras tan graves de las Biblia: -Sin fe es imposible agradar a Dios, porque para acercarse a Dios es necesario creer que existe y que no deja sin recompensa a los que le buscan (Hebreos 11,6)

Sin esa fe en un Dios viviente, ¿cómo va a ser la moral de los hombres? No habrá que pedir milagros: irá arrastrada por los suelos. Esto lo intuían hasta los mismos paganos de conciencia recta. Basta uno por todos, el filósofo contemporáneo de los apóstoles San Pedro y San Pablo en la misma Roma, el cual escribía: -Deberíamos vivir como si nos encontrásemos a la vista de todos. Tendríamos que pensar como si los rincones más escondidos de nuestra alma estuviesen patentes a la mirada de todos. Porque, ¿de qué nos sirve ocultar algo a los hombres? Ante Dios no podemos tener secretos (Séneca)

Los creyentes tenemos la idea de Dios muy clara. ¿Qué es Dios en la vida de cada hombre? Es como los llamados vulgarmente Rayos X. ¡Qué maravilla inventó el hombre! Esos Rayos penetran en nuestro cuerpo para dejar a los ojos del Doctor abiertos los secretos de cualquier anomalía en el organismo.
¡Si llegasen a descubrir los secretos del alma!… El hombre no ha logrado un invento semejante. Pero Dios hace mucho tiempo que lo hace, y lo ha manifestado más de una vez por algunos santos.

El Abad de un monasterio visita a un alma privilegiada, pero quiere que le acompañe un caballero de vida bastante irregular con su conciencia. Al terminar la visita, le pregunta el Abad a su acompañante, que va cabizbajo y en silencio:
– ¿Qué le ha parecido esa monja, que dicen es una santa?
– ¡Ay, Padre, no me hable! ¡Qué mirada! He sentido que ha visto todas las reconditeces de mi alma. Era Dios quien me miraba por sus ojos. Por eso he resuelto con decisión: ¡Basta ya de la vida pasada, y a empezar una nueva! (Santa Lutgarda, +1246, en Bélgica)

Hemos de alegrarnos, y mucho, cuando se hacen estadísticas sobre la fe en las diversas naciones y dan cifras altas de los que se confiesan creyentes. ¡Gracias a Dios! Pero pedimos al mismo Dios que esa fe no tenga que ver nada con los fabricantes de los ídolos modernos, sino que sea fe en el Dios viviente, en el que nos conoce y nos ama, en el que cuida de nosotros y nos espera. 

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