Misioneros que lloran

17. septiembre 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Cuando estaba en plena efervescencia la celebración del Concilio Vaticano Segundo, acontecimiento máximo de la Iglesia en los últimos tiempos, el Papa Pablo VI lanzó su primera carta encíclica llamando a todos los católicos a dialogar con el mundo. Para que el mundo acepte la salvación de Jesucristo hemos de saber hablar con el mundo.

¿Y cómo se siente la Iglesia ante el mundo? ¿Qué le exige el mundo a la Iglesia?… El Papa Juan XXIII, antes de Pablo VI, proponía esta situación al Concilio:
– La Iglesia siente con creciente urgencia el deber de difundir la verdad revelada.
¿Por qué? ¿A qué obedece esta urgencia? Ante tanta necesidad como hay de Dios, nos sigue diciendo el Papa:
– El mundo exige de la Iglesia que difunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio.
Con palabras menos técnicas y más sencillas para nosotros, venía a decirnos el querido Papa:
– La Iglesia debe ser misionera. Todos nosotros debemos sentirnos misioneros.

Porque resulta casi inconcebible que después de dos mil años de la Redención, Jesucristo sea ignorado todavía por cuatro mil millones de hombres. ¿Cómo es esto posible?…

Viene bien a este propósito lo de aquel niño pequeño pero de corazón inmenso. El Siglo XX ha sido llamado por antonomasia El Siglo de las Misiones, que tomaron un impulso enorme con el Papa Pío XI.
En el Jubileo de 1925 organizó el Papa en el Vaticano una gran Exposición Misional. Carteles, cuadros sinópticos y estadísticas metían por los ojos las realidades del mundo misionero en los países paganos.
Todos contemplaban con escalofrío aquel conjunto de problemas que asomaban entre tanto anuncio, menos un niño que se echa de repente a llorar, y al que le preguntan:
– ¿Qué te pasa, lindo? ¿Por qué lloras?
Y aquel pequeño, entre sollozos:
– Es que yo quería ser misionero, pero veo que para cuando yo vaya a las Misiones ya no van a quedar paganos que convertir.
El muchachito no resultó demasiado buen profeta en medio de su inocencia arrebatadora…

Hoy se nos encoge el corazón cuando contemplamos las multitudes inmensas que no conocen el nombre de Jesús, el cual murió por ellos, y no lo conocen a pesar de que Dios quiere la salvación de todos y que todos lleguen al conocimiento de la verdad (1Timoteo 2,4)
¿Cómo mira un católico el problema misional? ¿Puede cerrarse voluntariamente los ojos? ¿Le es lícito cruzarse tranquilamente de brazos? ¿Ha de lanzarse con denuedo a la tarea?…
Digamos, ante todo, que el plan divino de la salvación no fracasará. Dios hace las cosas lentamente, pero, cumplido el plazo, no le faltará a la obra ni un detalle.
Sin embargo, esto no nos exime de responsabilidad, porque Dios nos pide nuestra colaboración voluntaria.
¿Trabajamos? La obra se acelera.
¿Trabajamos? Muchos hombres, que se perderían, ahora se van a salvar.
¿No trabajamos? El Reino de Dios tira a remolque en vez de ir a toda velocidad.
¿No trabajamos? Muchos hombres no llegan a la estación, y se exponen a perder el tren…

Ese sentimiento y ese impulso a trabajar por las Misiones nos nace del mismo ser de Iglesia que llevamos dentro todos los bautizados. Las palabras del Concilio no nos dejan lugar a dudas, y podríamos multiplicarlas a montones:
– La Iglesia tiene la misión de anunciar el Reino de Cristo y de instaurarlo en todos los pueblos.
– La Iglesia es toda ella misionera; y la obra de la evangelización es deber fundamental de todo el Pueblo de Dios (LG, 5. AG, 35)
El católico no se excusa nunca de su deber misional. Si por sus condiciones de vida, o por su propia vocación dentro de la Iglesia, no está en la vanguardia misionera, sabe elevar siempre su oración al Cielo y echarse también la mano al bolsillo para ayudar a los valientes de primera fila…

Una anciana mahometana yacía casi agónica en su choza africana. Por la noche, un sueño misterioso. Ve a una Señora muy bella, vestida de banco y ceñida con una faja azul, que le traza la señal de la cruz en la frente. Al llegar el amanecer, la enferma ha recobrado las fuerzas suficientes para ir a aquellas mujeres extrañas, las misioneras católicas extranjeras, y contarles lo que le ha pasado en sueños. Cuál no es su sorpresa cuando las ve a todas, al empezar la oración, hacer en sus frentes la señal misteriosa que a ella le ha hecho la Señora del sueño. Se hace explicar el hecho, y exclama feliz: – ¡Esa Cruz, esa Cruz es lo que yo busco para salvarme!… (En Omdurmans, Africa Central)

La Virgen María hizo esto con aquella pobrecita musulmana. Pero no lo va a hacer con los miles de millones de paganos que quieren conocer la Cruz. Eso…, eso nos toca a nosotros.
Como el niño de la Exposición Misional, nosotros nos echamos también a llorar, si es que amamos a Jesucristo y a tantos hombres que aún no conocen a su Salvador.
Pero lloramos, no porque vamos a llegar tarde a la tarea, sino porque la vamos a dejar apenas comenzada…

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