“Mi Dios”…

29. septiembre 2014 | Por | Categoria: Dios

Teníamos en el grupo un amigo verdaderamente especial. Querido de todos por su entusiasmo, por su generosidad, por su entrega, se podía contar con él para todo. Y tenía unas ocurrencias muy especiales. Por ejemplo, cuando decía:
– Mi mujer se llama con satisfacción “Leticia de Martínez”. Pues yo también me llamo con orgullo “Román de Leticia”. Si ella es toda para mí, ¿por qué me voy a avergonzar yo de confesar que soy todo de ella? ¿Es que soy menos hombre por ser “Román de Leticia”, de mi Leti?…

Dejemos al amigo en sus ocurrencias felices, porque no decía con esas palabras ningún disparate. No ya entre marido y mujer, sino entre simples amigos se llega muy lejos en el querer.
En el tiempo de los romanos, Cicerón, el mayor de los oradores y escritores latinos, tuvo un amigo tan entrañable, conocido de toda Roma, que se le llegó a llamar, como el mayor elogio, “Ático de Cicerón”.
Comentando este hecho, decía un sacerdote santo::
– Es el único elogio que yo quisiera para mí, que fuera una verdad esa expresión tantas veces repetida: “Un hombre todo de Dios”
Y otro totalmente y sin reservas de Dios (AH Fournet):
– En sus comunicaciones con Dios sean todas otros tantos serafines. Toda su vida debe ser una continua repetición del himno:
¡Gloria al Padre que me ha creado a su imagen!
¡Gloria al Hijo, que ha dado su vida por mí, y ahora me da su corazón!
¡Gloria al Espíritu Santo, que habita en mí para estar siempre conmigo!   

Todos estos hechos y estas expresiones nos enseñan una verdad cristiana fundamental, gloriosa para Dios y grandemente provechosa para el cristiano, a saber:
– que nuestro Dios no es un Dios lejano, sino cercano, próximo, siempre al lado nuestro;
– que el Dios viviente y personal puede y debe ser vivido con intimidad, en un clima de tú a tú;
– porque Dios se nos ha revelado precisamente de esta manera: un Dios interesado en los hombres; un Dios que no se queda en las alturas de su gloria inaccesible al que no se le puede alcanzar, sino que ha descendido hasta sus criaturas para hacerlas felices con su presencia; un Dios que se comunica y se da, para hacer que el hombre llegue a esconder su propia vida en la misma vida de Dios.

La joven religiosa de veinticuatro años se encuentra muy enferma. Sufre mucho y no está capacitada para nada. Le peguntan con solicitud: -Teresa, ¿sufre mucho? Y ella no lo puede negar: -¡Oh, sí! Los dolores son muy intensos, de manera que no puedo ni dormir. Por eso rezo. Era algo extraña la respuesta, porque en ese estado no se está ni para rezar. Así que le preguntan de nuevo: -¿Y qué reza, si no puede ni sostener el libro de las oraciones?
Fue entonces cuando Teresa del Niño Jesús dio su respuesta que ha iluminado a tantas almas: -No le digo nada a Jesús, porque ni puedo. Sencillamente, ¡le amo!…
Aquí está encerrada toda la mística cristiana: ¡Le amo!… Dios y el cristiano se funden el uno en el otro. Se dan los dos hasta no formar sino un solo pensar, un solo querer, un solo actuar. El cristiano no quiere sino lo que quiere Dios, y Dios tiene la mano libre para hacer con el cristiano lo que más le place. Bajo esta perspectiva, se entienden tantas expresiones de la Biblia y tantos dichos de muchos Santos, tan tradicionales en la Iglesia.

Entre los libros de la Sagrada Escritura destaca por su profundidad el Libro de la Sabiduría, escrito pocos años antes de que apareciera en el mundo el Salvador prometido. Por él se ve cómo había madurado el pensamiento de Israel, y lo preparado que estaba ya para recibir a Jesús. Son bellísima estas sus palabras: -¡Oh cuán benigno y suave es, oh Señor, tu espíritu en todas tus criaturas! (12,1). -Tú eres bueno para con todos: porque tuyas son las cosas, oh Señor, amador de las almas (11,27)
Mirando así lo que es Dios, los Santos antiguos se explicaban de maravilla.
El popularísimo San Martín de Tours, no quería saber nada sobre la “otra vida”, porque decía: -¿Cómo, que otra vida? No hay más vida que una: la de ahora es la misma que la del Cielo
Y San Ignacio de Antioquía, el mártir discípulo de los apóstoles: -Es hermoso pasar del mundo a Dios, para resurgir y gozar en Él.

En resumidas cuentas, y siempre lo mismo: que cuando se vive a Dios, cuando el Dios “Viviente” es también el Dios “Vivido”, la tierra tiene muy poco que envidiar al Cielo…

Nos lo reveló Dios en Cristo Jesús, y Jesús nos lo recordó con la anécdota más deliciosa que se cuenta de Teresa de Ávila, y que contamos tantas veces.
Discurre la monja por el claustro de su convento, se encuentra con un chiquillo muy espabilado, y se dice: -¿Quién habrá metido a este pequeño en la clausura?… Pero el pequeño le aumenta la sorpresa cuando le pregunta a la monja extrañada: -Y tú, ¿cómo te llamas? -¿Yo?… Teresa de Jesús. Y el muchachito, sonriendo maliciosamente: -Pues yo, Jesús de Teresa…
Éste y esto es Dios: El “Viviente”, no un Dios muerto; y el “Vivido”, no un Dios encerrado en Sí mismo, sino un Dios que se comunica y se deja como absorber por la criatura que lo recibe.

No digamos que la vida es dolorosa y triste cuando se cuenta con un Dios así. Vale lo que el mismo Dios le dijo una vez a la misma Teresa de Ávila, al verla preocupada con un asunto muy importante: -¿Qué temes? Dime, ¿cuándo te he faltado yo? Si Dios no falta nunca, porque Dios es de cada uno, las preocupaciones nuestras carecen de sentido. Hay Alguien que nos cuida muy bien…

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