La paz esté con vosotros…

8. septiembre 2014 | Por | Categoria: Dios

Era un día de diciembre, invierno crudo en Francia, y hacía mucho frío. Sin embargo, para presenciar el espectáculo de la ejecución de un hombre condenado a morir en la horca, se había reunido mucha gente, ávida de sensaciones fuertes. Mientras el condenado esperaba con paciencia y veía todos los preparativos del verdugo, un ayudante, movido a piedad, se le acerca con un gorro, y se lo ofrece: -Tenga, cúbrase. Lo necesita, con este tiempo que hace. Pero el reo, con una paz increíble, le contesta: -Gracias. Y no se preocupe, señor. Yo no tengo miedo a resfriarme (Jean Roberts)

¿Es posible tanta paz en un momento tan grave?… Esto quiere decir que la paz puede residir, y reside de hecho, en lo más hondo del alma. Quien está bien con Dios, goza de paz inalterable.
Dos anhelos o dos aspiraciones anidan en el corazón del hombre, a cual más fuerte: y son el ansia de felicidad y en ansia de paz, los dos anhelos de tal modo entrelazados que no se da uno sin el otro. La paz consigo mismo y con todos trae la felicidad; y la felicidad no se da si en vez de paz hay desasosiego, intranquilidad, turbación.

Por eso Dios, que conoce nuestro corazón, cifra todas sus bendiciones en la paz. La paz de Dios trae toda felicidad. Y en la palabra “paz” se compendiaban todas las bendiciones que Dios iba a mandar al mundo con la venida del Mesías. Los ángeles anuncian en Belén el nacimiento de Jesús cantando por los cielos estrellados: -¡Gloria a Dios, y Paz a los hombres amados del Señor. Y Jesús resucitado, con su gozoso: -¡Paz a vosotros!, al saludar a los apóstoles en su primera aparición, les comunica todos los bienes mesiánicos que les ha merecido con su muerte y su resurrección.
Al hablar de la paz, siempre se piensa en la paz de los pueblos, de unas naciones con otras, de la paz mundial. Nadie excluye esta paz, y todos la deseamos vivamente, como un bien enorme de la Humanidad.

Pero nosotros, ahora y aquí, miramos la paz de las personas individuales, la paz de todos, la que se lleva en el corazón, la paz de Dios en las almas. Esta paz se ha llevado elogios, himnos y cantares los más entusiastas, como éste de los primeros siglos de la Iglesia:

¡Oh paz, escala del Cielo!
¡Oh paz, senda del reino de Dios!
¡Oh paz, seguridad del alma!
¡Oh paz, yugo amable y peso ligero que fortifica el alma y sostiene al que lo lleva!
¡Oh paz, alegría del alma y del corazón!
¡Oh paz, campo de Jesucristo que produce abundantes y deliciosos frutos!
¡Oh paz, inseparable del amor de Dios!  
¡Oh paz, muralla y fortaleza de los que combaten por el reino de los cielos!…
La paz es serenidad del alma, tranquilidad del espíritu, sencillez del corazón, lazo y compañera inseparable del amor” (San Efrén y San Agustín, unidos)
Nada extraña un canto como éste, cuando se tienen delante las palabras de un apóstol San Pablo, que dice y repite en sus cartas elogios mil a la paz de Dios en el corazón:
– El Señor de la paz os conceda vivir en paz, siempre y dondequiera. Este es el saludo, escrito con mi propia mano (Tesalonicenses 3,16)
– No inquietarse por nada. La paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filip. 4,7)
– La paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados (Colosenses 3,15)

La paz cristiana está condicionada a la tranquilidad de la conciencia, conforme a la conocida sentencia de la Biblia: -No hay paz para el malvado, para el que está a mal con Dios (Isaías 48,22 y 57,21)

Vivía en Roma una buena persona, siempre en la gracia de Dios, pero siempre con el miedo de condenarse. No tenía nunca paz, hasta que un día la toma por su cuenta San Felipe Neri, tan humorista, y mantiene con ella este diálogo:
– ¿Por qué no está usted en paz?
– ¡Ay, Padre, porque me parece que estoy siempre en pecado y no me voy a salvar!  
– ¿Eso es todo? Pues yo le voy a demostrar que usted va a ir al Cielo. Téngalo por seguro, y puede vivir en paz. A ver, ¿por quién murió Jesucristo?
– Por los pecadores. Y Él mismo dijo que no había venido a buscar a los justos sino a los pecadores.
– Muy bien. Ahora, dígame: ¿usted es santa o pecadora?
– ¡Pecadora, muy pecadora!…
– ¿Ve? Jesucristo murió por usted, porque es pecadora. Así que tiene seguro el Cielo con Jesucristo. Por lo mismo, a vivir en paz…   

Cierto, esta paz se basa en la buena relación con Dios, condición muy bien expresada por el Papa san León Magno, también de la antigüedad cristiana:
– Lo que proporciona la paz es querer lo que Dios manda y no querer lo que Dios prohíbe. Porque, ¿cómo se va a tener paz queriendo lo que Dios no quiere, y no queriendo lo que quiere Dios? El hombre tiene paz y verdadera libertad cuando lo gobierna el alma y el alma está gobernada por Dios.

La Gracia de Dios, al hacer feliz al alma, hace lo que dice la Biblia:
– Corazón alegre y en paz vive como en un banquete continuo (Prov. 15,15)

Y esto es lo que nos deseamos cuando en la celebración nos damos fraternalmente el signo de la paz: que la felicidad sea el patrimonio de todos los que creemos en Cristo, porque todos son dignos de la paz, anunciada en los cielos de Belén y confirmada en el Cenáculo por el Señor Resucitado…

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