El esplendor de la verdad

23. septiembre 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Creo que estaremos todos acodes al decir que en el mundo de hoy corren muchas dudas sobre lo que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos ha enseñado siempre. Ya no se cree con la sencillez y firmeza con que se creía antiguamente en nuestros pueblos cristianos y católicos. Muchos se han vuelto hoy muy racionalistas y someten a examen la misma Palabra de Dios, no para aceptarla después de comprenderla mejor, sino para cuestionarla y hasta para negarla…

No piensan así los católicos más serios. En medio de tanta inseguridad como rodea a muchos, abundan también los creyentes que son rocas inamovibles. Como aquel insigne escritor que se hallaba ya frente al pelotón de fusilamiento. Ante sus enemigos aparecía como un derrotado, pero él estaba más firme y más seguro que nunca. Saca del pecho el Crucifijo que llevaba oculto hasta aquel momento, lo muestra a sus verdugos, y exclama con toda convicción antes de recibir la descarga:
– No hay más verdad que ésta que tengo yo en mis manos. Éste es el camino, la verdad y la vida. Jesús crucificado es la cumbre moral (Víctor Pradera, +1936)

Nuestro mundo moderno necesita testimonios como éste sobre el esplendor de la verdad. Son muchas las personas que nadan en un mar de dudas. Caminan por la vida sin saber a qué atenerse ante tantas cosas como oyen, y se preguntan angustiadas: Pero, ¿quién tiene la razón? Dudan ante la misma Biblia, que es Palabra de Dios. Todos estamos acordes en que la Biblia contiene la verdad. Pero hay tantas opiniones en su interpretación —hasta en sus puntos más fundamentales—, que muchos no saben a qué atenerse.

La verdad, sin embargo, es una sola. Dios no se puede contradecir. Jamás dos y dos serán cinco ni tres. Serán siempre cuatro, como lo han sido hasta ahora y lo serán eternamente. Esto, que parece tan sencillo y que entiende la persona menos culta, es lo que angustia a muchos. ¿A quién acudiremos para estar seguros de esa verdad que todos buscamos y que puede saciar nuestras almas?…

¿Dónde está el mal de nuestros días frente a la verdad de Dios? Hay dos palabras que nos lo explican, un poco raras si queremos y que necesitan cierta explicación: son el escepticismo y el relativismo.  
Nosotros, firmes siempre en nuestra fe, hemos de estar precavidos ante esta dura realidad. ¿Qué significan estas dos palabras?
El escepticismo es la duda, la sospecha, la inseguridad ante lo que se nos dice y enseña. Lo traducimos en esa expresión angustiosa: ¡Quién sabe!…

El relativismo es muy diferente. Se acepta lo que se nos enseña y Dios nos manda, pero lo sabemos acomodar a nuestros gustos. Lo traducimos también con esta otra expresión: ¡Sí, está bien! Pero, no hay para tanto…
O sea, que hacemos una de estas dos cosas ante la verdad que nos ha revelado Dios: o dudamos ante lo que Dios nos dice y ordena, o bien lo acomodamos a nuestros gustos y pareceres. Es decir: no nos atenemos a la Palabra de Dios, sino a la moda del mundo, a las interpretaciones de maestros particulares y a las enseñanzas de unos hombres que se han alejado de Dios.  
Para nosotros, una sola cosa es segura: Dios es el único veraz y el que posee toda la verdad.
Jesucristo vino a dar testimonio de esa verdad de Dios. Prometió a su Iglesia el Espíritu Santo, para que nos aclarase toda la verdad que el mismo Jesucristo nos enseñó.
Dejó en el mundo a su Iglesia para difundir a todas las gentes el esplendor de la verdad, porque Dios quiere que todos los hombres vengan al conocimiento de la verdad y así se salven.

Entonces, ¿por qué no se cree, o se duda al menos, o se aceptan unas cosas sí y otras no?
En unos, es error del entendimiento. No están instruidos. Les falta formación cristiana.
En otros, es desviación de la voluntad, porque ven y no aceptan. Leen la Biblia, pero la Biblia tiene que acomodarse a lo que ellos piensan y quieren, no a lo que dice Dios sin medias tintas.

Como decimos tantas y tantas veces, un católico no puede estar en dudas ni aceptar posiciones semejantes. Siguiendo con la comparación del dos y dos son cuatro, el católico no duda nunca de lo que la Iglesia le enseña, porque es la depositaria de toda la Verdad de Dios. El escepticismo no cabe en el católico. Contando con el Magisterio de la Iglesia que nos enseña, no caben vacilaciones.
Y como no caben tampoco las acomodaciones de moda, el querer hacer cinco o tres del dos y dos… La Biblia misma nos dice: La verdad de Dios permanece eternamente (Salmo 116,2)

La lengua de Dios no se quedó muda al hablarnos, y no habló tampoco con equívocos ni medias tintas.
Ir contra lo que Dios dice claramente es querer tapar con cortinillas el sol.
Por poner un caso evidente. ¿Será admitido alguna vez el divorcio? ¿Habrá de acomodarse la Iglesia algún día a las costumbres de hoy?… Y quien dice del divorcio, dice de otras muchas cuestiones planteadas hoy por el mundo. Lo que Dios mandó, lo que enseñó Jesucristo, lo que la Iglesia propone como Palabra auténtica de Dios, eso, permanece siempre.

Se hallaba moribundo un insigne jurista y ferviente católico, que había sido Presidente del Senado de Francia, y dijo a los que rodeaban su lecho:
– Cuando se ha leído mucho, se ha estudiado mucho y se ha vivido mucho tiempo, se llega a comprender ante la muerte que el Catecismo es lo único verdadero (Toplong)
¿Tenía razón o no tenía razón ese abogado y político al decirnos estas palabras?…

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