Cuestión de amor

1. septiembre 2014 | Por | Categoria: Dios

Todos sabemos cuál es la eterna cuestión de muchos cuando se les habla de Dios: -¡Es que esos Mandamientos!…  O sea, que su queja se limita siempre a decir: -Yo amaría a Dios, si no me mandara nada. Cuando la verdad es todo lo contrario: -Yo amo a Dios, y por eso guardo lo que Él me pide. De lo cual concluimos: -Todo es cuestión de amor. Ama, y después haz lo que quieras.

¿Por qué Dios nos ha dado unos mandamientos que guardar? Y al decir ahora mandamientos, no hablamos de los diez clásicos de las dos tablas de piedra. No. Hablamos de todo lo que Dios nos ha revelado a lo largo de toda la Biblia, y en especial de lo que nos ha manifestado Jesucristo como voluntad del Padre celestial. Por eso, desde el principio ponemos por delante a Jesucristo, que dijo de Sí mismo: -Yo hago siempre lo que le agrada a mi Padre (Juan 8,29), y nos dijo a nosotros: -Permaneceréis en mi amor si guardáis lo que os mando (Juan 15,10)
O sea, que volvemos a las mismas: -Todo es cuestión de amor. Ama, y después haz lo que quieras.

Pero, ¿tiene razón de ser la consabida queja de que es difícil lo que Dios nos manda?… ¿Tan pesada es la carga que Dios ha echado sobre nuestras espaldas, aunque Jesucristo diga que su yugo es suave y su carga ligera?… ¿No es todo un acto de bondad de parte de Dios?…

Es muy conocido el caso del explorador inglés que se adentró en las selvas africanas.
Llega al rey de una de esas tribus, que hoy constituyen unas naciones tan grandes, y tan problemáticas a la vez que tan esperanzadoras, y el explorador, creyente sincero, le propone al rey los Diez clásicos Mandamientos.
– ¿Ves? Esta ley la dictó el mismo Dios en un monte de la Arabia, tan próximo a nuestra África. ¿Qué te parece?…
El rey negro no tenía más instrucción que la de lanzas y las flechas. Pero era inteligente, reflexionó, y dio una respuesta que se ha repetido tantas veces:
– Quédate conmigo, y enseña esta Ley de tu Dios a mi pueblo. Cuando mis tres millones de súbditos la conozcan y la cumplan, me voy a convertir en el primer rey del Mundo (Stanley)

Dios nos ha dictado su voluntad como una auténtica caricia suya, para nuestro bien. Si algún peso tiene esa Ley divina, es un peso de oro, pues sin él no se podría ni vivir.
Las alas de un pájaro, pesan. Pero sin las alas, no puede el pájaro volar…
Las ruedas del auto pesan sus kilos. Pero quitemos las ruedas, y a ver cuántos kilómetros hacemos…
Lo que Dios manda, si es un freno para tener a raya muchos caprichos, es sin embargo algo imprescindible para evitar las catástrofes de la vida y para llegarse hasta Dios.  

Si abrimos las páginas de la Biblia, vemos cómo la observancia de lo que Dios nos manda está llena de elogios. Pero hay que entender la ley en un plan muy amplio, es decir, como todo lo que Dios nos ha revelado, enseñado, propuesto y mandado, o sea, como toda la doctrina de Dios.
El salmo primero, que abre ese libro genial del Salterio, con el cual han rezado y cantado todas las generaciones de Israel y de la Iglesia, comienza con unas palabras preciosas, que entusiasman a cualquier amante de Dios:
-¡Feliz el hombre que pone su gozo en la ley del Señor, meditándola día y noche. Es como un árbol plantado junto al río: produce los frutos a su tiempo, sus hojas no se marchitan, y todo lo que hace le sale bien.

Aquel santo encantador que se llamó Gerardo Maiela, al verse gravemente enfermo escribió con grandes caracteres en la puerta de su habitación:
– Aquí se hace la voluntad de Dios, lo que quiere Dios, así como lo quiere Dios, y en el tiempo en que Dios lo quiere.
Con un amor semejante a Dios, ¿cómo se iba a sentir pesado el querer de Dios? Era la comprobación perfecta de la palabra de Jesús: ¡Mi yugo suave, mi carga ligera!…
Cuando el hombre se sacude de encima el querer de Dios no obra ciertamente con mucha sabiduría. Al revés, entonces vienen sobre él y sobre la sociedad entera los desajustes y los problemas.

Un astrónomo francés lo dijo muy bien y sin meterse a predicador. Iba a producirse un eclipse total, y dio una conferencia sobre la astronomía tan seductora:
 – La próxima semana habrá un fenómeno en el firmamento, que será visible en París. La Luna entrará en conjunción con el Sol, y la Tierra interceptará l    os rayos del astro rey. En ese día, en esa hora, en ese minuto, en ese segundo, tres potentes cuerpos siderales obedecerán, no a nuestra predicción, sino al mandato de Dios.
Aplausos en el auditorio. Pero el astrónomo creyente apostrofa como una lección soberana:
– Solamente son los hombres los que no quieren obedecer (Arago)

¿Y por qué no obedecen? Cuestión de amor…
Cuando aman, obedecen con la facilidad máxima.
Como el viejito que en una misión de China ha aceptado al Dios de los cristianos. Es bautizado, y el sacerdote le exhorta:
– Y ahora, ¿guardarás lo que Dios te manda?
El nuevo cristiano, con fe de santo, responde conmovido:
– ¿Cómo cree usted, Padre, que siendo cristiano, puedo negar nada a nuestro Señor?…

Cuestión de amor. Lo dijo con frase inmortal San Agustín hace ya muchos siglos: -Ama, y después haz lo que quieras. ¿Y qué va a hacer, sino es lo que a Dios le agrada? Aunque Dios entonces responde con la misma moneda: -¿Amor me has dado? Amor tendrás para siempre…
 

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