¡Oh Dios, qué bueno eres!

4. agosto 2014 | Por | Categoria: Dios

Se ha contado muchas veces lo de aquel buque inglés que había zarpado de Liverpool con rumbo a Nueva York. El capitán llevaba consigo a toda su familia, y en medio de la felicidad de la travesía el barco se ve envuelto en el torbellino de un ciclón. Empieza a cundir el pánico entre los pasajeros; todos se aprestan a tomar las medidas necesarias para salvarse, mientras que los ayudantes más próximos del capitán, que no puede apartarse un momento del mando, se dirigen a buscar en el camarote a los pequeños con la mamá. Allí está una hijita de ocho años, tranquila como si nada pasase.
– ¡Vamos! ¡Pronto! Y recen, que el barco se quiere hundir… Pero el oficial queda desarmado con la desconcertante observación que recibe de la niña: -¿Está papá allá arriba? -Sí, linda: ha tomado él en persona el timón, y no lo suelta. -¡Vah! Entonces no va a pasar nada y todo va bien.
La chiquilla, sin asomo de miedo, otra vez sobre la almohada, y a seguir durmiendo tan feliz…

Lo hemos oído contar más de una vez. Pero es necesario aprender la lección de los niños, que ven muy claro cuando se trata de Dios, el Dios que, en el padre que tenemos en el hogar, nos ha dejado un retrato inconfundible de lo que es el Padre nuestro que está en el Cielo…
Uno de los salmos más llamativos de la Biblia comienza con estas palabras tiernas y entusiastas. -¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia! (Salmo 135)

Todos tenemos la experiencia de lo bueno que es nuestro Dios, del cual podemos pensar lo que queramos: que es todopoderoso, a cuyo querer nada se resiste; que es hermosísimo, y es imposible imaginar nada más bello; que su sabiduría no tiene fin, y es conocedor de todas las cosas; que es eterno, porque ni comenzó a existir ni dejará de existir jamás… Pensemos de Dios todas las perfecciones habidas y por haber, y no las agotaremos nunca, pues todas las reúne en Sí mismo en grado sumo, infinito, perfecto.

Pensemos de Dios lo que queramos. Pero, sobre todo, pensemos lo que Dios dice de Sí mismo: que es AMOR, y, siendo amor, es también lo más bueno que se puede dar, de modo que su actuar con sus criaturas está marcada siempre por una bondad y ternura infinitas.
El mundo moderno, desesperanzado, necesita tener de Dios este concepto: Dios es bueno, derrocha bondad, y con amor inmenso nos llama a su salvación.
Las desgracias que vienen a veces sobre la sociedad, no son queridas por Dios ni proceden de Dios. Son todas ellas fruto de la malicia de algunos hombres, agentes del Maligno, que opera en el mundo, pero que un día será vencido definitivamente por aquel Dios que nos ama, de modo que los hijos de Dios, libres de toda angustia y de todo temor, gocen sin estorbo alguno de la bondad del Padre que tanto los quiere.

Si nos remontamos con la Biblia a los orígenes del mundo, vemos que el plan de Dios era todo bondad, significado en la belleza y el placer del paraíso. Hoy, lo vemos en la vida de algunos santos, en los que Dios nos viene a recordar lo que era aquel su plan amoroso. Como le ocurrió a aquel Misionero capuchino que venía con ilusión a trabajar a nuestra tierras vírgenes: -¡Oh, qué belleza!, se iba diciendo mientras atravesaba con sus acompañantes un valle feraz, ¡qué belleza la que Dios ha derramado sobre estas tierras indias!… Así iba gozoso, cuando se les viene encima una bandada de pájaros primorosos, de finísimo plumaje y trinos arrebatadores, que se vienen a posar sobre la cabeza del amable hijo de San Francisco. El misionero los bendice: ¡A volar, a volar, y a seguir bendiciendo a Dios!… (Venerable P. José de Carabantes)

Estampas como ésta son las que nos revelan al Dios que busca y quiere el mundo. Cuando asoma la desesperación en tantas almas, Dios nos sigue diciendo, con las mismas palabras de su Hijo Jesús: -¡Confiad, que yo he vencido al mundo!… (Juan 16,33). El Dios que hacía retemblar la tierra cuando se reveló en el Sinaí entre rayos, truenos espantosos, fuego y humo, lo vamos a dejar para los que no creen en Él y se ríen de su Ley.

Es cierto que los que obran el mal viven temerosos, pues nada ni nadie les arranca de la conciencia la convicción de que hay un Juez supremo que un día exigirá cuentas. Pero es cosa de ellos. Nos dan pena, y rogamos por ellos para que un día se les descubra la luz de la verdad.
Con nuestra actitud cristiana, de confianza en Dios que nos ama, queremos ser un testimonio para el mundo: ¡Dios es amor! ¡Y en Dios esperamos y en Dios descansamos!… ¿No es esto lo que cantamos en uno de los salmos más repetidos?… -Aunque camine por valles oscuros, nada temo, porque Tú, mi Dios, vienes conmigo (Salmo 22,4)

Así lo vivía aquel monje, que fue el primer abad del monasterio de Fulda, el corazón de la Iglesia en Alemania. Buscando lugar adecuado para fundar un monasterio benedictino, recorría los campos y los bosques montado en un borrico y siempre cantando salmos. Al anochecer llegaba al bosque, y no le daba miedo. Con el hacha cortaba unas ramas, hacía una especie de cabaña, trazaba sobre su frente la señal de la cruz, ¡y a dormir hasta mañana, cuando me despierte el sol y el cantar de los pájaros!…  Es sorprendido, y le preguntan preocupados: -Pero, ¿no tiene miedo a las fieras? -¿Las fieras? ¿Y qué son las fueras tan malas frente a mi Dios tan bueno?… (Abad Sturmio, discípulo de San Bonifacio)

Dios es amor y derrocha bondad. Si el mundo enfermo necesita algún inyectable para restablecerse, es precisamente la confianza en el Dios que le ama y no le abandona, que le busca y no le rechaza. El mundo ha de vivir aquello que sabe cantar: -¡Oh Dios, qué bueno eres, qué bueno eres!…

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