Los dogmas no esclavizan

26. agosto 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Entre las muchas críticas que hoy se hacen a la Iglesia Católica está ésa de que La Iglesia es muy dogmática, es decir, que las enseñanzas de la Iglesia no tienen vuelta de hoja, y que por eso nos hacen esclavos del pensamiento de la misma Iglesia.

Esta crítica nace de la autosuficiencia del hombre moderno, que no quiere a nadie sobre sí mismo y no acepta ni el mandato ni la enseñanza de nadie, a no ser lo que él capta por su misma razón o lo que quiere hacer por propia voluntad.

Pero, ¿se puede admitir esta actitud ante la Iglesia, instituida por Jesucristo, enseñada por Jesucristo, gobernada por Jesucristo, el cual mandó el Espíritu Santo para que enseñase a la Iglesia toda verdad?…

No nos damos cuenta tal vez de que los Pastores, que enseñan y gobiernan en nombre de Jesucristo, deben ser los primeros creyentes y los primeros en obedecer al único Maestro y al único Señor que es Jesucristo. El Papa y los Obispos no se pueden inventar ninguna verdad para declararla dogma. Ellos no tienen más doctrina que la Palabra de Dios, tal como está en la Biblia y en la Tradición viva de la Iglesia.

Entendemos por “dogma” aquella verdad que la Iglesia propone con magisterio solemne como revelada por Dios, y que, por lo mismo, debe ser creída. No puede ser dejada a la interpretación ni al gusto de cada uno. Si Dios ha hablado, a Dios se le cree. Si la Iglesia, depositaria de la revelación de Dios, propone una verdad como revelada por Dios, la Iglesia tiene la última palabra y la cuestión —antes a lo mejor debatida porque se quería aclarar su sentido— ha quedado zanjada para siempre.

El dogma, así mirado, no es una esclavitud que nos oprime, sino la libertad más grande al saber con plena seguridad lo que Dios nos ha dicho para nuestra salvación.

Una anécdota curiosa va a ser la mejor explicación de lo que es un dogma. Ocurrió con el Papa San Pío X, en los principios del siglo XX. Recibe en audiencia a un Colegio de niñas, y una de ellas, muy avispada, le echa un discurso entusiasta pidiéndole que definiera el dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al Cielo. El Papa, tan cariñoso y tan querido de todos, le contestó que sí, que el Papa se dejaría guiar por el Espíritu Santo y haría lo que Él le inspirase. Acabada la audiencia, les dice el Papa riendo a sus colaboradores:

– ¿Os habéis dado cuenta en qué se ha metido esta chiquilla? No pide medallas, estampas o bendiciones, ¡sino nada menos que un dogma!… Es la primera vez que se me pide un dogma.

Pasaron treinta años, y otro Papa, Pío XII, quiso definir como dogma precisamente la verdad de la Asunción de María. ¿Qué hizo? El Papa no se podía inventar nada. Tenía que mirar a ver si esa verdad estaba en la Iglesia. María, la llena de gracia según la Biblia, ¿tuvo también esta gracia de la resurrección anticipada? El Papa, aparte del impulso del Espíritu Santo, siguió el camino de la prudencia e hizo a todos los Obispos de la Iglesia esta doble pregunta:

– ¿Qué piensa vuestro pueblo y qué piensas tú sobre la Asunción de María?

Y todos los Obispos del mundo respondieron unánimemente:

– Mis fieles diocesanos creen todos en la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo, y yo, como Obispo, creo también lo mismo.

Al Papa no le quedaban dudas. Si toda la Iglesia no se puede equivocar, ni tampoco todos los Pastores, esa verdad había sido revelada por Dios a los Apóstoles y estaba en la Tradición fiel de la Iglesia.

La encuesta la hizo el Papa el año 190406. En 1950, el día de Todos los Santos, proclamaba como verdad revelada por Dios, y como dogma de la Iglesia Católica, que la Virgen María está en cuerpo y alma en el Cielo. Quien dijera lo contrario, quedaría en adelante fuera de la Iglesia, al no aceptar una verdad revelada por Dios.

Con este ejemplo hemos entendido lo que es un dogma: es una verdad que el Magisterio de la Iglesia —el Papa, o los Obispos en Concilio con el Papa— proponen como revelada por Dios.

Ahora este Magisterio extraordinario es muy raro, pero en los primeros siglos de la Iglesia fue muy necesario. Todo lo que decimos en el Credo es dogma de fe, aparte de otras verdades que se definieron después de formularse el Credo.

El dogma nos da en la Iglesia una seguridad total. Sabemos de qué fiarnos. Lo expresó muy bien y con humor un convertido inglés, que a primera hora del día tenía en sus manos el periódico más prestigioso de Londres. Lo leía con afán, como buen ciudadano. Pero, acordándose de su condición cristiana, añadía al acabar:

– Quisiera recibir cada mañana para el desayuno, juntamente con el Times, una encíclica dogmática del Papa (Ward, discípulo de Newman)

Decía muy bien. Por serio que sea un periódico, ¿nos fiamos de todas sus noticias? ¿Y nos fiamos de todo lo que nos enseñan algunos predicadores, aunque lleven la Biblia en la mano?…

Solamente la Iglesia no nos puede engañar ni puede ella equivocarse. El dogma, como dispuesto por el Espíritu Santo, es infalible y durará hasta el fin del mundo.

¡Las gracias que damos a Dios por la seguridad que nos infunden los dogmas!

Lo que todos nos envidian, nosotros lo guardamos como una riqueza singular de nuestra Iglesia Católica, apostólica y romana!…

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