Lengua de oro

19. agosto 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Muchas veces tributamos a una persona el elogio de decirle que tiene una lengua de oro, que es un piquito de oro. ¿Qué queremos decir con ello? Sencillamente, que habla muy bien, que da gusto oírle cómo habla.

Pero, ¿quién es el que merece semejante piropo?… Porque nos encontramos quizá con una contradicción: esa persona que habla tan correctamente según la gramática y todas las reglas de la dicción y de la oratoria, a lo mejor es una lengua despiadada, que no perdona a nadie ni nada, destroza vidas y se levanta contra el mismo Dios. ¿Es ésa una lengua de oro?…

Es Dios mismo el que nos ha señalado con el dedo quién tiene esa la lengua de oro que cautiva a todos: es aquella persona que dice siempre la verdad, que es incapaz de un testimonio falso, y jamás detracta la vida ajena. Tan importante es esto, que Dios lo defiende con una mandamiento de su divina ley.

Al recordarnos hoy el Catecismo de la Iglesia Católica (2464) este precepto divino, se remonta a la misma fuente y nos dice que es una vocación del pueblo de Dios a ser testigo de su Dios, que es y quiere la verdad.

Esto es magnífico. El Octavo Mandamiento se nos dicta de esta manera:

– No mentirás, no darás falso testimonio, no denigrarás a nadie…

Pareciera esto muy negativo, pero en realidad nos pide algo muy bueno y muy grande: este Mandamiento quiere que seamos como Dios, que es fuente de toda verdad, porque es el Veraz.

Quiera que seamos como Jesús, que se proclama a Sí mismo:

– Yo soy la Verdad…. y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad.

Por eso Dios nos pide el decir siempre la verdad, ya que la mentira es una infidelidad al Dios de la Alianza. Desde el momento que Dios es fiel a la palabra que nos ha dado, nosotros somos fieles a la palabra que le hemos dado a Dios, y le tributamos el culto de servirlo en Espíritu y en verdad.

En el Santoral católico tenemos un ejemplo admirable del poder de la verdad. Un abogado brillante —se llamaba Andrés Avelino— defendía con calor ante el tribunal una causa difícil. Llevado del entusiasmo en su oratoria, lanzó una afirmación inexacta, que podríamos decir no llegaba ni a mentira. Avelino se dio cuenta, y empezaron los remordimientos de conciencia:

– ¿Qué he dicho? ¿Una mentira en mis labios? ¡Esto no puede ser! ¡Esto no puede ser!…

Y para no verse otra vez en situación semejante, abandonó decidido su magnífica profesión y abrazó la vida de sacerdote para servir con humildad a los demás, sin peligros de ir contra Dios con una sola mentira y para proclamar a todos la Verdad del mismo Dios.

Pero este culto a la verdad es también una exigencia de la convivencia humana. ¿Quién se fiaría de quién si el trato mutuo entre los hombres se basara en la mentira, en la hipocresía y en la doble cara?… Si no pudiéramos fiarnos de los demás, cada uno de nosotros se metería en su guarida como una fiera, siempre a la defensiva, sin prestar a nadie la más pequeña confianza.

La Biblia, que sabe esto muy bien, se hace despiadada cuando describe al mentiroso y al difamador, del que nos previene diciendo que tiene el corazón lleno de perfidia, que su garganta es un sepulcro abierto y la lengua adulación descarada… (Salmo 5,10)

El culto a la verdad ha contado con muchos mártires en la Historia de la Iglesia. Como aquel Párroco (de Clermont) en la revolución Francesa. El alcalde lo quiere librar y le aconseja que diga simplemente que ha prestado el juramento civil. El Sacerdote se mantiene firme:

– ¿Librarme de la condena diciendo una mentira? ¡Eso no lo haré jamás! Y si ustedes lo dicen por mí en el tribunal, sepan que yo les desmentiré a todos.

Y en cuanto a la murmuración y chismorreo, siempre se ha tenido por falta muy indigna del cristiano.

Es curioso a este propósito lo que le ocurrió a Francisca Romana, una Santa a la que dedicamos uno de nuestros mensajes. Ya lo contamos entonces, pero no viene mal el recordar lo que le pasó aquel día.

Además de santa, Francisca era una dama distinguida que no permitía en su presencia una mentira ni una difamación. Había hecho el pacto con su Angel Custodio de que le avisaría cuando iba a comenzar una murmuración. Una vez tenía invitados en su casa del Foro Romano cuando, cansada y distraía, no gobernó la conversación de los otros, que degeneró en buenos bocados a la fama ajena… El Angel Custodio cumplió el pacto y le propinó un sonoro bofetón, que le dejó a Francisca la cara roja como una guinda y tuvo que esforzarse para orientar la conversación por otros derroteros…

El culto a la verdad es algo que honra a cualquier persona y la dignifica mucho ante los demás. Ante ella todos sabemos que no se nos miente y que nuestras espaldas están bien defendidas. A esa persona se la respeta, se la ama y en ella se confía plenamente.

Cuando reina la verdad en nuestras relaciones mutuas, sin chismes destructores, y la verdad es la norma de nuestra vida, entonces se disfruta de esa paz que hace las delicias en la vida social, porque la verdad nos hace libres, como proclamó Jesús.

Libres ante Dios, cuya sentencia no nos dará miedo alguno.

Libres con nosotros mismos, con una conciencia recta que no se tortura..

Libres ante los demás, que nos honran porque se pueden fiar de nosotros.

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