La oración y la velocidad

5. agosto 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Una vez más que vamos a dedicar nuestra consideración a la actividad número UNO de la vida cristiana como es la ORACION. La verdad es que este tema no nos cansa nunca, ni de hablar de él ni de escuchar a los que nos hablan del mismo con celo edificante. Porque la oración, si es la actividad más importante a lo largo del día, es también el apostolado más eficaz a que podemos dedicar nuestras energías. ¡Orar y hacer orar!…

Jesús nos dice en el Evangelio que Dios no demora en contestar nuestra oración y que lo hace rápidamente. Por eso se me ocurre en pensar ¿tiene que ver algo la oración con la velocidad?… (Lucas 18,7-8)

Hoy los hombres estamos en la era de la velocidad, tenemos prisas en todo, no sabemos detenernos en nada y hacemos correr las cosas con una aceleración inimaginable hasta hace pocos años.
A un automóvil lo hacemos caminar hasta más de ciento veinte kilómetros por hora, y suerte que la policía o el radar están al tanto en las carreteras, si no quién sabe a qué velocidad lo llevaríamos…
El avión jet vuela normalmente a ochocientos cincuenta por hora, y, como parecía muy lento, se empeñaron en fabricar el Concorde que duplica esa rapidez…
Un cohete espacial subía a la Luna a veintiocho mil kilómetros por hora…
Como el correo es muy lento, se inventó el fax; y como el fax parecía una tortuga nos hemos ido al Internet… No contentos con el Internet 1, ahora nos meten en el Internet 2, y veremos adónde llegaremos dentro de poco.
Vemos que la luz —¡qué prodigio tan natural, aunque éste ya no lo hemos inventado nosotros!—―recorre trescientos mil kilómetros por segundo, de modo que un rayo puede dar más de siete veces la vuelta a la Tierra en un segundo…

Nos encantan estas velocidades, y vamos buscando siempre algo que las supere.
En el orden de la naturaleza y en cuanto a los inventos para la vida, vamos a dejar todo en manos de la técnica. Ahora nos vamos a remontar a otras esferas de orden muy distinto.

Vamos a mirar a Dios, al Dios altísimo.
Vamos a considerar la velocidad con que subimos hasta Dios y a la rapidez con Dios baja hasta nosotros.
Si parece imposible superar la velocidad de esos inventos y la aceleración de la luz, hay algo que les gana con mucho: es la ORACION. Esa oración que ahora mismo —queridos radioyentes—, está naciendo en su corazón y saliendo de sus labios.

Porque, antes de que nosotros queramos elevar a Dios nuestro pensamiento, nuestro corazón, nuestras peticiones, Dios ya está de vuelta, como decimos. Nos lo enseña el mismo Jesús:
– Vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis, antes de que vosotros le digáis nada (Mateo 6,8)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo dice con estas palabras profundas:
– Aunque el hombre olvide a su Creador o se esconda de su Faz, aunque corra detrás de sus ídolos o acuse a la Divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración (2567)
Dicho con otras palabras: Dios quiere a todo trance entablar con nosotros conversación de amor, aunque nos hayamos portado con Él como hijos o hijas desnaturalizados y malos de verdad.

Con la oración, siempre rápida y repetida en cada instante, Dios se hace encontradizo con nosotros, se nos avanza, nos sale al paso, y nos da un abrazo que es nuestra salvación.
Dios está a la expectativa. No espera más que una mirada, un suspiro, un querer subir a Él, para que en una fracción de millonésimas de segundo Dios haya despachado todos nuestros deseos.
En la alegrías y en las penas; en la prosperidad y en un apuro; cuando gozamos del amor o experimentamos un fracaso…, corremos a Dios con la plegaria y, antes aún de que salga de nuestros labios la expresión de nuestro deseo, ya ha llegado al corazón de Dios en lo más alto de los cielos.

¡Qué aprisa sube, y qué aprisa retorna, la oración salida del alma! Porque ése es el significado que hemos de dar a las palabras de Jesús. Es Dios que se adelanta; más, es el Espíritu Santo quien suscita nuestra oración, de modo que la respuesta de Dios viene a ser anterior a nuestra plegaria.

Un soldado se hallaba en el frente de batalla, a campo descubierto. La lucha era feroz. Y no tenía más remedio: o mataba o le mataban. Apunta el buen muchacho, y se horroriza de la tragedia que va a causar: una vida tan juvenil como la suya propia que va a segar en flor. Y exclama:
– ¡Dios mío, que yo no muera, pero que tampoco mate!
En menos de un segundo, el soldado enemigo del otro frente da media vuelta, baja el fusil ametrallador, y se hunde en la trinchera. El joven exclamaba ahora, llorando de emoción:
– ¡Dios mío! ¿Tan rápidamente me has escuchado?…

La oración es suspiro del alma.
La oración, gozo que damos a nuestro Padre Dios.
La oración, respuesta fulminante de Dios…

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