Que se abran los pueblos…

21. julio 2014 | Por | Categoria: Dios

Son muchas las veces que manifestamos preocupación por una sociedad que se va apartando progresivamente de Dios con una secularización muy peligrosa. Y a la sociedad habrá que repetirle mucho el famoso e inmortal grito de Juan Pablo II cuando tomó posesión del Pontificado: -¡Abran las puertas a Jesucristo el Redentor! ¡No le tengan miedo!…
No hay bastante con que eso lo hagamos los individuos en particular. Es necesario que lo realicen los pueblos como pueblos, como sociedad que se compromete con Dios. Igual que lo hiciera Israel, bajo el caudillaje de Moisés, allá en el Sinaí: -Sí; nos comprometemos a no tener otro Dios que Yahvé, el Señor.
Es entonces cuando dice también Dios: -Y yo me comprometo a guardar el pueblo como consagrado a mí, a meterlo en la tierra que les prometí a sus padres, a extender sobre él mi protección ininterrumpida.

Miramos como ejemplo la historia del cristianismo en Inglaterra, que tiene unos orígenes muy simpáticos. El rey Edwin consultó a sus nobles: -¿Qué les parece? ¿Aceptamos o no aceptamos esa religión cristiana predicada por Paulino?… Pros y contras, como ya era de suponer, en aquella asamblea. Hasta que un anciano toma la palabra y se explica con una comparación, que todos escuchan con atención creciente:

“La vida humana, frente a lo desconocido, se parece a un banquete. Es invierno, y tú, oh rey, estás con tus nobles encerrado en la sala del festín. La hoguera calienta la sala, mientras fuera se desata un huracán. Se abre un momento la puerta, aprovecha un gorrión la oportunidad, entra, y se halla satisfecho en la sala con calefacción tan agradable. Pero desaparece el pajarillo en un momento, y ya nadie lo ve más. Mi rey, esto es la vida humana. Por bien que estemos, todo lo que se ve dura sólo un momento, como la estancia del gorrión en la sala caliente. Por lo tanto, si es cierto lo que predica el cristianismo sobre la vida futura, debemos abrazar la nueva religión para no equivocarnos. Lo contrario sería muy peligroso”.

El rey Edwin, los nobles, el pueblo entero, le daban la razón a un viejo tan sensato, aceptaban a Jesucristo aquel día dichoso de Pascua, e Inglaterra emprendía una marcha de vida cristiana brillante, que durante novecientos años —hasta la separación de la iglesia anglicana de la de Roma— hizo de su tierra una verdadera isla de santos…  (En Eburacum, York, año 627)

Cuando la sociedad acepta a Jesucristo y es fiel a Dios, vienen sobre ella las bendiciones del Cielo. Así lo proclama el salmo (143,15), cuando canta: -¡Dichosa la nación que posee estos bienes! ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!  

La sociedad de nuestros días se ve constreñida por fuerzas muy opuestas entre sí. Esas naciones que han optado por un Estado laico se han colocado voluntariamente al borde de un abismo, en el cual se puede caer sin remedio apenas se recibe un empujoncito cualquiera.
En un Estado laico pasan con facilidad suma leyes contrarias a los derechos más elementales o a la dignidad de la persona humana. Suprimido Dios y su Cristo de la mentalidad del pueblo, especialmente de los legisladores, nada preocupan prácticas como el aborto, la eutanasia, la fecundación artificial, las uniones más absurdas… ¿Son estas prácticas beneficiosas para la sociedad, o precipitan a la sociedad en ese abismo tan temido?… Y todo ha venido por haber abandonado primero a Dios.

Frente a ese hecho tan preocupante de la secularización de la sociedad, el cristiano se pone en situación de alerta y toma sus precauciones y medidas.
El cristiano quiere los templos siempre llenos de fieles que creen, rezan y cantan. Igual que quiere ver las manos de todos extendidas al hermano que pide suplicante amor y justicia.
El cristiano hace que las insignias religiosas, desde las cruces de los campos a las medallas que cuelgan en el pecho, no se eliminen ni arrinconen, porque nos recuerdan siempre a Dios.
El cristiano trabaja por que las verdades fundamentales de la fe, sobre todo las que miran a la vida eterna, se conserven vivas en la conciencia, como esperanza de los premios que Dios promete.

Hemos indicado el modo cómo Inglaterra aceptó el Evangelio, y sabemos cómo pronto empezó a dar frutos muy sazonados. Uno de ellos, San Beda el Venerable, hombre de altura excepcional. Literato, científico, humanista, historiador, teólogo… Beda, hecho monje benedictino, lo era todo en una sola pieza.
Se había aprendido de memoria toda la Biblia, y las páginas de los Santos Padres y grandes escritores de la Iglesia las conocía al dedillo, de modo que al hablar o al escribir nadie sabía si lo hacía el mismo Beda o San Pablo o San Agustín, porque por boca y pluma de Beda hablaba y escribía la Iglesia entera.
Trabajador incansable, en el mismo lecho de muerte le dice uno de sus discípulos: -Padre, aún falta un capítulo del libro último que escribiste.
Y el moribundo: -Pues, toma la pluma y escribe pronto lo que te voy a dictar. Acabado, repone Beda: -Ahora, todo mi consuelo es dirigir la mirada hacia el lugar santo en que tanto he rezado.
Fija su mirada en la iglesia vecina, canta por última vez el “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”, y al Cielo que se iba a cantar la gloria de la Santísima Trinidad. Había dicho antes:
– No tengo miedo de morir, pues tenemos un Dios que es todo bondad.
Los ingleses han estado siempre orgullosos de un Santo como Beda, uno de los primeros gigantes que produjo la nación apenas se había entregado a Dios.

El que la sociedad crea en Dios y acepte a Dios tiene consecuencias muy grandes. Si queremos hacer algo por nuestros pueblos americanos, ¡que nunca en ellos mueran la fe ni la plegaria! Mientras sepamos rezar y cantar a Dios, nuestras tierras benditas serán inmortales. 

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