El Tabor, visión de la Iglesia

2. julio 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Hay en el Evangelio una escena que tiene una importancia muy grande en la vida de Jesús y en la vida de la Iglesia. Es la escena del Tabor, cuando Jesús se transfiguró ante los tres apóstoles elegidos por el Señor como testigos y apareció con toda la gloria que iba a tener después de la resurrección.

El Catecismo de la Iglesia Católica (554-556) nos da una interpretación magnífica de este hecho singular.
¿De qué vive la Iglesia? De trabajo y de esperanza, lo mismo que Jesús, pero bajo la mirada atenta y complacida del Padre y envuelta con la gracia del Espíritu Santo.
El que quisiera contemplar a la Iglesia en este mundo llena de gloria, estaría equivocado del todo. La Iglesia trabaja, la Iglesia sufre, la Iglesia es perseguida, la Iglesia sigue crucificada.
Pero se equivocaría también de medio a medio quien pensara que la Iglesia vive preocupada por su porvenir, como si viera el horizonte cerrado, y estuviera abocada a un fracaso irremediable.
Una visión y otra, por parciales, son un error. La realidad vivida por Jesús y legada a su Iglesia es ésta y sólo ésta: en este mundo nos espera a la Iglesia y a todos sus hijos el trabajo y la cruz; pero, al final, tenemos segura la misma gloria del Señor manifestada en el Tabor. Escuchamos a Jesús y a Pablo.
Jesús, una vez resucitado, dijo a los dos de Emaús:
– ¿No os dais cuenta de que el Cristo tenía que soportar estos sufrimientos para entrar en su gloria? (Lucas 24,25)
Esto, respecto de Jesús. Y respecto de nosotros, dirá Pablo:
– Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios (Hechos 14,22)
Pero esas tribulaciones no serán permanentes. San Pablo nos recuerda lo que nos ocurrirá cuando vuelva el Señor Jesús:
– Transfigurará y cambiará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo (Filipenses 3,21)
Ya tenemos aquí entendida la vida de Jesús, toda trabajo y cruz…,  la vida de la Iglesia, persecución desde el principio hasta el fin…, la vida del cristiano, sujeto al trabajo y al dolor… Pero también, gloria de Jesús Resucitado…, gloria de la Iglesia, que un día aparecerá radiante de hermosura…, gloria del cristiano, porque todo habrá acabado en una muerte santa y en felicidad celestial, insospechada e interminable.

Me viene ahora a la memoria lo que leí en la vida de un sacerdote santo. Enamorado de Dios, era una estampa viviente de Jesús Crucificado. A su vez, no hacía sino suspirar por el Cielo. Pero, mientras llegaba la hora, su vida no era otra cosa que oración y trabajo incesante por la Iglesia. Una enfermedad irremediable e imprevista le había dejado ambas manos hechas una calamidad. Se le veían hasta los huesos de los dedos. Sus colaboradores sobre todo, y sus fieles que lo veían, le tenían que decir todos lo mismo:
– Pero, Padre, ¿cómo no se cuida más esas manos? ¿por qué tiene que sufrir tanto? ¡Alíviese algo ese dolor con alguna pomada!
Y él, siempre de buen humor, respondió con una salida muy suya:
– ¡Oh, no se preocupen! Ya verán en qué anillos se habrán convertido en el Cielo estas heridas…
Y seguía rezando el rosario que nunca soltaba de entre sus dedos, aunque casi no lo podían ni agarrar y las cuentas duras le aumentaban el dolor al rozarle los huesos…

Una imagen sencilla pero bella la de este sacerdote, que nos dice lo que fue la vida de Jesús, lo que es la vida de la Iglesia, lo que es la vida de cada uno de nosotros: es trabajo y esperanza, pero envueltos en la paz de Dios, que nos manifiesta su presencia en la oración, como la manifestó con Jesús en el Tabor y con este santo bendito en su rosario.

Se ha observado con fino sentido de piedad cómo Dios tuvo la providencia en la pasión y muerte de Jesús de que el sepulcro en que había de ser enterrado el Señor estuviese tan cerca de la cruz, solamente a unos pasos. Resucitado Jesús, la cruz y el sepulcro, sin decir una palabra, predicarían por siglos y siglos el mismo sermón a la Iglesia:
– ¿Se dan cuenta todos dónde paró el que colgó del madero? En ese sepulcro vecino. ¿Y dónde está el que enterraron aquí? No está. No se le encuentra. Unos testigos fieles dicen que lo vieron, lo palparon con sus manos, comieron y bebieron con Él después que la enorme piedra apareció removida. El sepulcro vacío está al lado de la misma cruz…

Éste es el mensaje.
¿Trabajo y cruz?… ¡Ya lo sabemos! Es la condición humana.
¿Persecución para la Iglesia?… No nos extraña. Ya nos lo avisó Jesús. Todos los poderes del infierno van a embestir la Roca sobre la que está edificada, como nos lo pregonan los dos mil años ya transcurridos, y como lo irán pregonando los dos mil siguientes, o los cuatro mil o los miles que Dios tenga dispuestos; pero, no hay miedo de que la Roca desaparezca, porque está muy bien asentada: ni el Papa, Vicario de Cristo, ni la Iglesia cederán un milímetro.

¿Y nosotros, cada uno en particular? No vamos a ser menos que Jesús y su Iglesia. En el mundo nos espera el trabajo y el dolor, que un día u otro nos llega. Pero sabemos valorarlo, y con la gracia de Dios sabemos sonreírle, y decir:
– ¡Señor, que se haga tu voluntad! Todo pasará. La palma ya la tengo en la mano…  
Para Jesús, para la Iglesia, para mí, el sepulcro —glorioso como el Tabor— estaba a muy pocos pasos de la Cruz…

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