El famoso “sexto”…

8. julio 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

En la tabla de la Ley de Dios figura un mandamiento que siempre ha estado y seguirá estando de moda en los labios de todos: el famoso sexto, que dice: no adulterarás, no fornicarás, y que toda la tradición de la Iglesia, desde los Apóstoles, ha extendido a cualquier acto deshonesto en la relación sexual, y por eso está formulado con estas palabras: no cometerás actos impuros.

Como está expresado en forma negativa, muchos piensan que se trata de una prohibición, y es todo lo contrario: es un mandamiento enormemente positivo. Se trata, precisamente, de defender el amor como fuente de la vida. Se trata de enaltecer a la persona, de mantenerla en su dignidad, de preservarla de todo lo que pueda mermar sus energías vitales, como son la vida y el amor.

Hoy nos encontramos en una situación especial respecto de este mandamiento de la Ley de Dios.
Si tomamos la Biblia y sabemos algo de Historia, vemos que el problema sexual ha sido actual en cada época. Pero hay momentos de la Historia en que su importancia adquiere unos caracteres singulares.
Y nuestra época es singular de verdad. Al fenómeno moderno se le ha dado el nombre acertado de Pansexualismo, porque todo es sexo y todo se dirige al sexo para disfrutarlo sin freno alguno.

La propaganda del sexo lo llena todo. Las películas en los cines exhiben lo que antes a nadie le hubiera pasado por la cabeza. Los programas en la televisión, que no respeta ni la intimidad del hogar ni tiene en cuenta la inocencia de los niños. Las revistas ligeras y hasta descaradamente inmorales. Los periódicos que tienen sección especial para el anuncio de lo que todos sabemos…
La lujuria se ha extendido bajo mil formas por todas partes y bajo todos los niveles sociales. ¿Quienes son los valientes que se mantienen incólumes? ¿Quienes son los que nadan seguros en medio del espectacular naufragio?

Sin embargo, no hay que ser pesimistas. En medio de tanta impureza hay también mucha pureza. En el mundo de hoy se da ese fenómeno de las flores más bellas, que hunden sus raíces en el fango del pantano, y ellas se abren con blancura deslumbrante sobre las aguas.
El problema sexual lo miramos nosotros en la forma mejor y más positiva.
– ¿Qué es lo que manda Dios? ¿Por qué lo manda? ¿Qué fines pretende? ¿Qué males trae su inobservancia? ¿Qué bienes nos trae su cumplimiento?…

Una comparación muy conocida, porque se cuenta mucho, nos da la respuesta mejor.
En las afueras de la ciudad y abierta al campo anchuroso, una fuente soltaba su chorro abundante de agua fresca.
Entre las muchas familias que aquel domingo habían acudido como siempre a pasar un rato feliz de descanso, se presenta un grupo de turistas, y se entretienen comentando la inscripción que lleva la fuente, y que dice:
– Tomad ejemplo de mí.
En el corro de los recién llegados, se encuentran un artista, un anciano y un muchacho adolescente, cada uno de los cuales da su propia versión de aquella leyenda bonita. ¿Tomar ejemplo de la piedra muda y del agua que se va?… Y hablaron.
El artista es el primero en dictaminar:
– La fuente nace en este anchuroso llano. Andando, andando, y recibiendo afluentes de arroyos y de ríos, se convierte en corriente caudalosa que se hunde definitivamente en el mar. Así debemos hacer nosotros: trabajar y más trabajar, hasta llegar a ser grandes antes de hundirnos para siempre en el mar inmenso…
El anciano comentaba por su parte:
– Su ejemplo nos invita a ser útiles para los demás. Si no aprovechamos a los otros, ¿qué hacemos en este mundo? Seríamos una fuente que se desperdicia…
El muchacho, muy bien educado y de alma muy fina, dijo con mucho aplomo:
– De nada sirve el agua si no está limpia. Hasta los animales la rechazan si se enturbia. Así nos dice la fuente: Si quieres ser feliz, sé casto.

La verdad es que los tres tenían sobrada razón. El muchacho aplicó la inscripción y el agua de la fuente al amor, y del amor vamos a arrancar nosotros en esta reflexión.

Dios quiere pura el agua de la fuente, ¿por qué?
Si el amor es puro, la vida nace sana, de cuerpos vigorosos y almas selectas.
Si el amor es puro, la fidelidad a la alianza de los esposos, signo de la alianza establecida con Dios, se conserva siempre firme, y el divorcio no asoma jamás por el horizonte siniestro.
Si el amor es puro, la conciencia siempre en paz se mira tranquila en el espejo de los ojos de Dios.
Si el amor es puro, corre por los campos de la vida —como quería el artista—, creciendo siempre, hasta que se hunde, igual que el río en el mar, dentro del amor eterno de Dios.
Si el amor es puro, hará siempre el bien —como pedía el anciano— al propio cónyuge, a toda la familia, a los demás que nos rodean. Porque nadie ama tanto como la persona que se conserva casta, pues su amor, libre de egoísmo y de pecado, se da a todos con generosidad, con esplendidez y sin medirse nunca.

El Sexto Mandamiento es un acto de amor de Dios, que defiende nuestro amor y que defiende la vida, amor y vida nacidos de Dios, fuente de toda hermosura y de todo bien. ¡En qué idilio convierte los noviazgos! ¡En qué felicidad hace nadar a los matrimonios!…

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