Con los ojos limpios

14. julio 2014 | Por | Categoria: Dios

El Rector de un seminario en Estados Unidos recibió una visita inesperada. Llegaba a verle el jefe de una tribu india, y le dice por medio del intérprete al sacerdote que viste la sotana negra:  
– Vestido negro. Yo no conozco al Gran Espíritu que tú enseñas. Pero sé que existe. Y yo le digo cada mañana: Gran Espíritu, gracias por la noche que me has dado. Dame tu ayuda para este día.
El Rector le contesta: -¡Muy bien! ¡Muy bien! Es una hermosa oración.
Sigue el jefe indio: -Por la noche, hago igual, y le digo: Gran Espíritu, gracias por este día que me has dado. Dame ahora tu protección para esta noche.
El Rector está admirado: -¡Qué bien! ¿Y quién te ha enseñado a dirigirte así a Dios, el que tú llamas Gran Espíritu.
El indio descubre toda su intención: -Nadie, no me lo ha enseñado nadie. Lo he hecho siempre así. Pero tú me vas a enseñar las cosas de tu Dios.
Un alma tan recta como aquel Jefe indio de la selva no se podía perder. Poco después se instruía en la fe católica y recibía el Bautismo con bastantes más de su tribu.
El Rector comentaba convencido: -¡Cómo se manifiesta Dios a quienes lo buscan con sincero corazón! No se necesita una mente profunda para descubrir a Dios, sino unos ojos limpios. (En St. Louis, de Kentucky)

Son muchos ciertamente los que tienen dudas acerca de Dios, y merecen mucho respeto cuando proceden con sinceridad. Pero un día u otro llegarán a admitir la verdad que de momento les atormenta.
Cuando se piensa en Dios, hay que convencerse de que Dios siempre será un misterio. ¿Cómo una criatura va a poder abarcar al Creador?… ¿Cómo pretender —usamos la comparación tan antigua de San Agustín—, cómo intentar meter toda el agua del mar en un hoyito que hemos abierto en la arena?…

Pero no por eso dejamos de pensar, de discurrir, de investigar, de estudiar lo que es Dios.
La inteligencia humana se engrandece cuando con humildad se acerca a Dios para saber muchas cosas de Él. Y Dios se manifiesta cada vez con mayor claridad a quien lo quiere conocer; sobre todo, cada vez se deja amar más por quien lo busca con esa curiosidad tan laudable.
Si no fuera así, ¿se hubiera revelado Dios? Cuando leemos la Sagrada Biblia, no hacemos otra cosa que ir descorriendo el velo que oculta a Dios. Y cada vez que descubrimos algo de ese Dios escondido, Dios se nos queda mirando y nos sonríe con cariño grande.

A una Santa Teresa del Niño Jesús, joven tan idealista en todo lo que se podía referir a Dios, le preguntan porque saben sus aficiones: -Pero, ¿te hubiera gustado aprender el hebreo y el griego? Y ella, contentísima: -¡Oh, claro que de haber sido sacerdote los hubiera estudiado!  -¿Y para qué? -Pues, para captar mejor el sentido de las Sagradas Escrituras; para conocer mejor a Dios que se nos manifiesta.  
Con la revelación de Dios;
con un Jesucristo que nos dice quién es el Padre;
con una Iglesia a la que constituye Jesucristo Maestra de la Verdad;
con una vida eterna por delante llena de misterios, pero que sabemos llegará…, con todo eso revelado por Dios, ¿cómo no va a tener el cristiano ganas de penetrar en todos sus sentidos?
Precisamente aquí está el empeño en conservarse con los ojos limpios para poder ver con claridad, porque una vida turbia no llevará nunca a disfrutar la belleza de la verdad, y todo serán dudas angustiosas.

Como le ocurría a una artista muy joven, que se empeñó en ser famosa por su descarado ateísmo, y declaraba al entrevistador del periódico: -No, no creo en Dios, y acepto el amor libre. Manifestaba así que los ojos los tenía bastante turbios para ver. Pero añadía a continuación, como una confesión trágica: -Lo malo es que este cuento de la vida no acaba en la funeraria: después hay más, mucho más… Yo no tengo a Dios, pero después hay algo, algo… (TDM, Diario 106, 17-6-80)

Esa es la duda y el temor de los que tienen la vista nublada. Pero cuando Dios se manifiesta al alma, porque el alma lo busca con sinceridad, la vida se torna feliz. No puede ser de otra manera, ya que Dios le avanza ahora por la fe lo que después será la felicidad sin fin en la visión de Dios cara a cara.
Y eso no es otra cosa que el cumplimiento, ya en este mundo, de la palabra de Jesús en las inefables bienaventuranzas: -¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! (Mateo 5,8)

Encerrado entre rejas, un detenido le confiaba al Capellán: -Padre, no sabe usted lo contento que estoy en la cárcel… El sacerdote no puede reprimir una pregunta espontánea: -¿Contento aquí?… Es la primera vez que lo oigo. -Pues, ya ve; en adelante ya no dirá que no lo ha oído nunca. Sí, estoy muy contento y no se extrañe. Fuera no me faltaba nada: dinero, diversión, mujeres… Pero no veía a Dios, a quien, después de mis errores, he llegado a descubrir aquí. Cuando caí de rodillas delante de Dios, y lo estudié, y lo fui conociendo cada vez más, entonces empecé a ser feliz de veras. Ya nadie me quita a mi Dios.
 
El Capellán opinaba como el Rector que habló con el Jefe indio: -¡Este detenido tiene los ojos limpios, y es natural que vea a Dios con claridad! Además, si la Biblia no se le cae de las manos, y estudia siempre a Dios, el Dios que se nos reveló le va descubriendo cada vez más y más misterios suyos, hasta convertirlo en un verdadero experto de las verdades de la fe.

Muchos podrán tomar a Dios como objeto de discusión, pero el creyente no lo hace así. El creyente no discute, sino que acepta a Dios. Aunque también lo estudia, porque tiene ansia de Dios, y todo lo que le hable de Dios le llena el alma y le hace feliz, grandemente feliz…

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