¿Caprichosos en la Iglesia?

16. julio 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Caminaba Jesús tranquilo con el grupito de los apóstoles y se detuvo en el parque del pueblo para contemplar a los niños, que jugaban a practicar una fiesta de boda. Con unas flautas desgañitadas entonaban cantos alegres a sus compañeros, pero éstos, ¡que si quieres!, no tenían ganas de bailar…
Los que desempeñaban la orquesta cambiaron de táctica y se pusieron a remedar un cortejo fúnebre, con tonadas lastimeras. Pero los otros, ¡ni por esas quisieron formar alrededor del trozo de madera que hacía de ataúd!… Y vinieron las quejas:
– Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; entonamos lamentaciones, y no queréis llorar.
Jesús contempla la escena con fruición, y se lo comenta a sus eternos criticones los fariseos:
– Sois como los chiquillos que nos se contentan con nada. Vino Juan el Bautista, austero, duro, penitente, que ni comía ni bebía, y decíais: Ese Juan es un loco, que tiene dentro un demonio… Vengo yo, que como y bebo como cualquier hombre normal, y vais diciendo de mí por ahí: ¡Mirad a ese comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores!… ¡Cualquiera os entiende a vosotros! Total, que nadie del pueblo sabe a qué atenerse con dirigentes tan chismosos (Mateo 11, 16-19 y 10,25)

Nos podríamos preguntar nosotros ahora:
– Esta escena del Evangelio, ¿fue escrita como un simple recuerdo del Señor, o la inspiró el Espíritu Santo para orientación nuestra, para que en la Iglesia no hagamos nosotros otro tanto, como aquellos fariseos? Porque las cosas se siguen repitiendo.
Ya nos previno Jesús: os tratarán como me han tratado a mí.

Sin salirnos de nuestras tierras, ¿qué ocurrió hasta hace poco bajo regímenes militaristas? Si un obispo, un sacerdote o religiosa se dedicaba a catequizar y ayudar a pobres especialmente, venía la acusación irremediable: ¡Comunista, no hay duda! Quedaba fichado, y las balas no se equivocaban ni por casualidad…

En los regímenes contrarios de ideología marxista era la cosa al revés, y decían: -¡Esos curas reaccionarios, que no se meten en la revolución del pueblo! Hagan el favor de no encerrarse en la sacristía, y que vengan a luchar…  

Cualquier predicador que enseña la moral cristiana en toda su verdad, ya puede prepararse para oír esta crítica acerada: ¡Qué anticuado, qué retrógrado, con qué teorías que nos viene ahora!…
Y al revés también. Si avanza a la par del tiempo y actualiza el Evangelio de siempre a formas nuevas, se dirá de él: ¿A donde nos va a llevar ese cura atrevido?…

Como esos cristianos comprometidos organicen retiros y se entreguen con generosidad a un apostolado, se dirá de ellos a lo mejor: ¡Mira, mira, cómo quieren lucir y prosperar, y vete a saber con qué intenciones lo hacen, y de dónde sacarán y a dónde irá a parar ese dinero!…

El mismo Papa no se ve libre de la crítica, y quizá la más astuta. Si sale en viaje misionero, con el que hace tanto bien en muchas almas, se dirá de él: ¡Pues, vaya salidas y con semejantes gastos!…
Y si no saliera dirían: ¡Ya podría venir a vernos a nosotros, que también le queremos, pues a verlo a él en Roma sólo pueden ir los ricos!…
Total, que la historia de Jesús se repite continuamente. Todo eso lo dicen los enemigos de la Iglesia o católicos que se tambalean en su fe, y no es extraño.

Por cierto, y ya que sale esto de los viajes del Papa. Quien tuvo la suerte de acompañar como periodista a Juan Pablo II en su viaje a Australia, tan fatigoso y tan caro, le preguntó con confianza: -Santo Padre, ¿vale la pena tanta fatiga y tanto gasto en un viaje como éste?
Y el Papa, sabedor de las críticas, contesta convencido:
– Sí, claro que merece la pena, porque soy portador para el mundo de un mensaje de salvación. Un mensaje que ha costado nada menos que la Sangre de Cristo. No hay cansancio ni dinero suficiente para pagarla (Paloma Gómez Borrero, Juan Pablo II, amigo)
Así el Vicario de Jesucristo. ¿Podemos nosotros pensar diferente?

Los hijos de la Iglesia no somos  como los niños aquellos de las flautas y las lamentaciones.
Nosotros sabemos valorar los carismas y los dones de Dios. Es el Espíritu Santo quien suscita en la Iglesia diversos ministerios, y formas de vida y maneras de actuar, para que todos encontremos nuestro puesto en el Pueblo de Dios.
Sin pastores que avanzan, la Iglesia se detendría en su caminar y no estaría a la altura de los tiempos.
Sin pastores que frenen, los impacientes se desbocarían en la carrera.
Sin carismáticos, sin cursillistas, sin catecúmenos, sin comunidades de base…, muchos católicos se sentirían desplazados y sin saber qué hacer.

Ahora, con tantos y tan diversos carismas y dones, todos encontramos un puesto u otro que nos viene como vestido a la medida. Lo único que nos pedirá el Señor: ¡Fidelidad, fidelidad a los Pastores! Al Papa, Obispos y Sacerdotes que yo os he puesto al frente para vuestro bien.

¡Señor Jesucristo! Tú nos enseñaste a ser niños en la fe, pero adultos en nuestra conducta. ¿Cuándo aprenderemos a ser tan normales como Tú, que comías y bebías y te rodeabas de todos, hasta de los peores, para ganarlos a todos y llevarlos a todos a la salvación?…

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