Siete enemigos imperdonables

24. junio 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Tenemos algunas fórmulas en el lenguaje cristiano que a veces pueden parecer extrañas. Son muy propias de nuestra manera de hablar y están cargadas de un sentido muy profundo, casi siempre arrancado de las páginas de la Biblia. Por ejemplo, eso de llamar pecados capitales a algunos defectos de los que todos adolecemos más o menos. La misma sicología moderna, que ha avanzado tanto y es tan valorada, no sabe dar fórmulas tan precisas ni tan atinadas a muchos problemas humanos.

El gran Catecismo de la Iglesia Católica (1866) ha conservado hoy la misma expresión de pecados capitales para designar esos defectos de los cuales arrancan todos los males morales que padece la Humanidad.
¿Queremos que un cuerpo quede totalmente sin vida? No hay medio mejor que cortar la cabeza…
¿Queremos que un árbol se seque del todo? No hay como cortarle las raíces…
Con las comparaciones nos hemos entendido y damos la razón al lenguaje cristiano. ¿Queremos que desaparezca todo el mal en una persona y de la sociedad entera? Eliminemos esos siete pecados que son la cabeza o la raíz de todos los males, y todos los males dejarán de existir.

Se han señalado siete defectos capitales y con nombres bien determinados: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la gula, la ira, la envidia y la pereza.
De ellos arrancan todos los pecados. Y ellos afean a la persona de tal manera, que, sin esos defectos, la persona resulta una maravilla en su trato, en su conducta, en su manera de proceder, en todo…
De aquí se sigue que, como cristianos, para no caer en la culpa, y como personas, para guardar incontaminado nuestro buen nombre, nos interesa sumamente este punto de la doctrina católica.  
Ya que todos queremos cuidar nuestra buena fama y guardar limpio nuestro nombre, ¿dónde hallaremos el mejor secreto para conseguir un fin tan noble? Y ya que todos queremos crecer en la virtud cristiana, ¿dónde encontrar el medio para matar al enemigo en su propio cubil?… Pues, en esto: en la lucha denodada contra unos defectos que desdoran tanto y de los cuales arranca tanto mal…

Efectivamente, todos nuestros fallos nacen de uno de esos sentimientos, pasiones o defectos contra los cuales nos sigue alertando el Catecismo de la Iglesia Católica, tan moderno como tradicional.
Porque esos pecados capitales son la hidra o monstruo espantoso de las siete cabezas. Son el árbol de las siete raíces malas y que produce pésimos frutos. Cortado el cuello al monstruo, o talado el árbol que extiende sus raíces por tierra devorando todas las plantas buenas, habríamos acabado con todo eso que nos preocupa en nuestra vida moral.

Todos sabemos quién fue Benjamín Franklin, uno de los fundadores de los Estados Unidos. Llega a Washington desde un pueblo de provincia. Es orgulloso y viene lleno de ambición.
– ¿Qué piensas ser tú?
– Un sabio insigne y un gran político.
– Pues, te habrás de afinar un poco… Aunque abres las puertas de los círculos más distinguidos, sin embargo esas costumbres pueblerinas comprometen tu futuro. Mira tu pronunciación, tu falta de elegancia en los gestos, tu mal gusto en la manera de vestir, tu mucha vanidad y tu petulancia…  
Franklin calla. Su misma conciencia le acusa:
– Todo eso es verdad, y así no voy a ninguna parte…
Hombre inteligente, hace un acto de valentía. Traza en una libreta el catálogo de sus defectos fundamentales. Corregidos ellos, corregidos todos, pues se dice: -Si elimino éstos lunares, mi imagen queda perfecta. No me voy a perdonar a mí mismo. Falta que cometa contra este catálogo, falta que me castigo…
Se lo propuso, lo hizo, y hoy Franklin es una figura señera en la Historia de los Estados Unidos.

Mirados esos siete pecados capitales a la luz de la Biblia, vienen a ser lo que el Apóstol San Juan llama la concupiscencia de los ojos, los apetitos de la carne y la soberbia de la vida o de las riquezas (1Juan 2,16)
Eliminadas esas ambiciones, se les habrá dado el tiro de gracia a todos los demás pecados y defectos. Porque cada uno de nosotros puede discurrir:
¿A dónde llega el soberbio, quién aguanta a un orgulloso?…
¿Quién es capaz de contar los crímenes del avaro, ante el dinero del que ha hecho su dios?…
¿Y los males que está trayendo sobre el mundo la lujuria, el sexo desenfrenado?…
¿Y las experiencias dolorosas de la gula, de los problemas que trae en la familia el alcohol?…
¿Cuántos dolores causa la ira, como los enojos excesivos, la violencia en el trato, y lo insoportable que hace la convivencia?…
¿No es la envidia la madre de todos los chismorreos y calumnias, que destrozan tantas vidas?…
¿Y la pereza? Con ese no hacer nada, ¿no es ella la madre de vicios sin cuento?…

La sicología moderna puede discurrir y estudiar mucho acerca del mal en el mundo. La pedagogía puede hacer lo mismo en los centros de formación. Pero estemos seguros de que no ganarán en experiencia a la Iglesia, la cual, con la Biblia en la mano, ha profundizado como nadie en el corazón del hombre y sabe aplicar el remedio más oportuno y más eficaz a todos los males que pueden deslustrar nuestra dignidad humana y entorpecer nuestra vocación cristiana.  Secundada la pedagogía de la Iglesia, ¡qué cristianos y qué hombres y qué mujeres nos haría!…

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