Los imitadores de Dios

30. junio 2014 | Por | Categoria: Dios

San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán, pasa como uno de los Santos más grandes de la Iglesia en los últimos siglos. Cuando la gente le veía tan bueno, tan sabio, tan prudente, y, sobre todo, tan generoso con los pobres y con toda clase de personas, decían: -¡Miren, miren al obispo Carlos! Es igual en todo que su padre Gilberto. Dios paga en el hijo tanta bondad como su padre derrochaba.

¿Qué había visto la gente en Gilberto, el padre del Arzobispo, para que hablara así de él? Un esposo y padre de familia numerosa, que comulgaba siempre, y cada día rezaba la entonces larguísima oración oficial de la Iglesia, como si fuera un cura o un monje. Y rezaba las horas hincado en tierra, absorto en Dios totalmente. Se admiraban todos, y comentaban: -¿Cómo puede, teniendo tantos hijos y tanto trabajo encima, pasarse tantas horas con Dios?…
Era un patrón tal, que a los dependientes los trataba como a sus propios hijos.
– Estos mis empleados, ¿no son hijos de Dios, igual que los míos? Entonces, ¿cómo me tengo que portar yo con ellos, sino como se porta Dios con todos?…

A los pobres les daba tanta limosna, que le reprocharon más de una vez: -¿Se da cuenta de lo que gasta? ¿Es que no piensa en el porvenir de sus muchos hijos, o qué?… Y Gilberto contestaba como si tal cosa: -¿Mis hijos? Ahora no tienen necesidad de nada más. Bien formados y bien colocados, después de mi muerte vivirán con desahogo. Mientras que los pobres necesitan ahora, ahora mismo, toda mi ayuda…
Gilberto era un hombre irreductible cuando se trataba de hacer el bien. Y venía a parar en el padre el elogio que todos hacían del hijo: -¿Cómo no va a ser Carlos bien bueno, si es igual que su padre?…

Un hecho tan bello como éste, nos lleva a pensar en unas palabras de San Pablo, a primera vista exageradas y casi ininteligibles, cuando escribe a los de Éfeso: -Sean imitadores de Dios, como hijos suyos muy queridos (Efesios 5,1)
¿Imitadores de Dios? Pero, ¿nos damos cuenta de lo que esto significa? Incluso nos podemos preguntar: ¿Es esto posible?… Dios infinito y eterno, inmenso, inaccesible, al que nadie ha visto, el que está sobre todo el universo…, ¿ese Dios puede ser imitado por el hombre?

Sin embargo, la palabra de San Pablo no era sino la ratificación de lo que había dicho antes Jesús en el sermón de la Montaña: -Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto (Mateo 5,48)
Parece incluso que la Biblia no tuviera bastante con Jesús y con Pablo, que sigue Pedro: -Sean santos en todo su proceder, conforme a la santidad del Dios que los llamó (1Pedro 1,15)
Y viene Juan a remachar todavía más el clavo: -A santificarse cada uno a sí mismo, así como Dios es santo (1Juan,3,2)
Todos ellos, Jesús y los apóstoles, no hacían más que hacerse eco de la palabra misteriosa que Dios había dirigido a Moisés al dictarle la Ley: -Habla a toda la comunidad de los israelitas y mándales: Que sean santos, porque yo, su Señor y su Dios, soy santo (Levítico 19,2)
Ante tanta insistencia de la Palabra de Dios, no tenemos más que admitir, por difícil que nos resulte la idea, de que Dios es imitable, y, por lo mismo, de que nosotros podemos, y debemos ser, iguales que Dios nuestro Padre.

Un caso célebre, tantas veces repetido, el de aquel rey santo. Llevaba colgado de su pecho el retrato de su padre en un engarce de oro. Ante cualquier resolución que hubiera de tomar, y en toda su manera de proceder; le dirigía la mirada: -Padre mío, que no haga nada indigno de ti (Boleslao, rey de Polonia, +1173)

Iguales que nuestro Padre celestial. ¿En qué? En todo. Pero Jesús en el Evangelio se fija expresamente en la bondad de Dios. Bondad con todos, sin distinción alguna. Con los que son buenos y con los que son malos. Con los que se nos portan bien y con los que se nos portan mal. Con los que nos quieren y con los que no nos quieren.

Con lo olvidadizos y testarudos que somos, Jesús prefirió darnos la lección, más que con muchos razonamientos, con una comparación inolvidable: -Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre los campos de los justos y de los injustos (Mateo 5,45). Nosotros, si pudiéramos, lo haríamos de otra manera: ¿El sol? Únicamente para los buenos y para nuestros amigos; los demás, que se queden a oscuras… ¿La lluvia? Sólo sobre el campo de los míos; los demás, que pierdan todas las cosechas…

Un día avisan a Santa Sofía Barat: -Madre, ahí está en la puerta aquella muchacha importuna. Ya es la cuarta vez que viene por lo mismo, a pesar de que se le ha dado un ajuar completo. ¡Despídala de una vez!… Y la Santa, un poco mordaz: -Oiga, querida, ¿cuántas veces ha acudido usted a Dios pidiéndole todo lo que se le ocurre, y siempre las mismas cosas? ¿Le ha despedido a usted alguna vez Dios sin hacerle caso?…  La otra se calla, y sigue Sofía: -Atiéndanle, por favor, tantas veces cuantas ella venga.

Ante esto, el programa que nos dicta el Evangelio, es sencillo por demás:
– Dios es santo, ¿qué me toca por lo tanto a mí?…
– Dios es bueno y misericordioso, ¿qué quieren entonces que yo haga?…
– Dios es generoso y perdona siempre, ¿qué otra cosa puedo hacer yo?…
Y seguiría una lista interminable de preguntas —tantas como atributos tiene Dios—, para darles siempre la misma respuesta: -¡Ni modo! ¿Qué otro remedio me toca a mí?…  

La gloria de aquel Arzobispo santo se la llevaba siempre su padre. ¿Y para quién, sino para Dios, es la gloria de todo lo bueno que hacen sus hijos e hijas?… 

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