La primera catástrofe

17. junio 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

El tema del problema del dolor en el mundo nos ha tenido siempre preocupados a todos. Los filósofos le quieren buscar una explicación racional. Los científicos se afanan por buscar remedios que lo alivien y hasta lo supriman si es posible. Los teólogos buscan en Dios alguna explicación aceptable. Y todos huimos del dolor, y no suspiramos sino por el día en que el sufrimiento no tenga más cabida en nosotros.  Pero viene la pregunta inevitable: ¿Por qué existe el dolor? ¿Por qué Dios, autor de la Naturaleza, ha permitido el dolor? ¿De dónde y a qué viene este fracaso en la creación? ¿Existe algún remedio contra el dolor y hay esperanza de que desaparezca para siempre?…

Un excursionista por el norte del Africa nos cuenta un recuerdo cargado de nostalgia. Corría la caravana de turistas extraños por el desierto del Sahara. Por delante, contemplaban lo mismo que habían dejado atrás: soledades inmensas de arena caliente, sin que se viese una sola planta, ni un arbusto, ni una hierbecilla tan siquiera. Bajan de sus camellos al caer la noche, extienden las tiendas de campaña, y se hace en torno al pequeño campamento un silencio impresionante. Las arenillas que se rozan movidas por el aire ligero forman como un quejido extraño, parecido al lamento de una fiera gigantesca mortalmente herida. El guía árabe alza la voz para decir a los de la caravana:
– ¿Lo oyen bien? No es ninguna fiera que brame. Es el desierto que llora. Se lamenta de haberse convertido en desierto. Llora por los jardines floridos, por los abundosos campos de trigo, por los frutos sazonados que lo llenaban un día, antes de convertirse en desierto árido y quemado.

Aquí tenemos una imagen de lo que ha ocurrido a la Humanidad. El dolor, el sufrimiento, la guerra, la enfermedad, el hambre, y, peor todavía, el mal moral como los odios, la lujuria, el desamor, la injusticia…, que acaban en la muerte, suma de todos los males, no son sino el gemido por lo que perdimos un día. Dios no nos había hecho así. Dios nos colocó en un jardín, y que por la culpa del hombre se nos cerró para siempre.

Entonces, ¿hemos perdido toda esperanza? ¡No! Todo lo contrario. Dios no se deja vencer por su enemigo el demonio, causante de aquella catástrofe. Cuando padecemos algo en la vida, tenemos presente la Palabra de Dios, que nos explica el origen del mal que sufrimos y nos ofrece el remedio que Él nos dio. Entonces descansamos seguros en Dios, que nos devolverá mayores bienes que los perdidos en un día malhadado.

El Catecismo de la Iglesia Católica (385-390), al explicarnos la caída del hombre en el paraíso, nos advierte muy bien que la Biblia habla con imágenes. Pero usa Dios una pedagogía que le deja pasmado a un sabio y la entiende a su vez un niño. Adán y Eva desnudos en el jardín…, Dios que se pasea con ellos a la fresca del atardecer…, fruta sabrosa que pende del árbol…, serpiente astuta que habla…, mujer con su hijo que machacará la cabeza del dragón…, un ángel, espada en mano, que guarda después la puerta…, todo nos dice la felicidad en que Dios nos creó, la tentación que sufrimos, el pecado lamentable que cometimos, los males que se nos echaron encima y la promesa de una salvación.

Si queremos medir la catástrofe del paraíso y lo que significa la culpa, el pecado que cometió la Humanidad desde el principio, no miramos precisamente el mal del mundo. Miramos a Jesucristo en la Cruz, y no salimos de nuestro asombro. ¿Esto, esto es el pecado? ¿El Hijo de Dios que se hace hombre, y que para destruir ese pecado tiene que morir de una manera tan atroz? ¿Semejante paga exige Dios por la culpa de los hombres?… El apóstol San Pablo nos dice todo esto con una de sus frases más profundas y ponderadas:
– Allí donde abundó el delito sobreabundó la gracia (Romanos 5,20)
La culpa del hombre fue grande; pero la bondad de Dios fue inmensamente mayor.

Ahora vendrán todas las consecuencias de esta Palabra revelada por Dios. No tenemos que extrañarnos de los males que padecemos. Dios no los quiso. A Dios le duelen más que a nosotros. Fueron Satanás y el pecado quienes los introdujeron en el mundo. Y a estas horas, todavía los tenemos que aguantar…

Esta doctrina revelada por Dios es fundamental para entender el mal del mundo y para vivir de la esperanza. Dios no castiga sino a los que se empeñan en mantenerse y morir en su pecado. Dios contempla dolorido el mal que sufrimos, y nos presenta a su Hijo en la cruz, como diciéndonos:
– ¡Paciencia! ¡Un poco de paciencia! Todo pasará. El demonio no se reirá ni de mí ni de vosotros. Jesús ya resucitó, y ni el dolor ni la muerte mandan ya nada en Él. Así vosotros, unidos ahora a Jesús en la cruz, tendréis un final feliz, cuando entraréis en un paraíso mejor que el que perdisteis, y donde yo enjugaré toda lágrima y cesará para siempre vuestro llanto…

Total, que acabamos cantando como en la vigilia pascual:
– ¡Oh feliz culpa, que nos ha merecido semejante Redentor!…
Con Jesucristo a la vista, el dolor ofrece muy pocos problemas. Ahora es el desierto el que canta, porque se ha convertido en un jardín…

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