La Iglesia y la cultura

25. junio 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Entre tanta tontería como los enemigos han dicho de la Iglesia, una tontería de las más tontas es el afirmar que la Iglesia ha sido y sigue siendo enemiga de la cultura. Se pueden decir muchos disparates sobre la Iglesia, pero como éste se dicen pocos…

Hoy, por ejemplo, se le acusa a la Iglesia de que no está acorde con los avances de los tiempos. Y cuando dicen esto, ¿a qué se refieren? Pues, a que no se engancha a la cultura moderna de la muerte, que proclama la libertad del aborto, por ejemplo…
¿A qué más se refieren? Pues, a que no admite la cultura moderna de la libertad sexual, permisiva del todo, sin barrera ninguna, aunque sea el peligro más grave que amenaza a nuestra civilización…
¿A qué otra cosa se refieren? Pues, a que no se engancha al carro de la cultura de la libertad total de conciencia, por la cual cada uno puede hacer lo que quiera, escogerse el dios que quiera, adorar a Dios donde quiera y como quiera, porque ya no existe un Dios personal, que rige el mundo con una ley suya, y que pedirá cuentas y responsabilidades…

Naturalmente, la Iglesia es enemiga de todas estas culturas tan incultas, que, en vez de elevar al hombre, le despojan de toda la dignidad con que le ha revestido el Creador y el Salvador.

Con tales acusaciones, se pretende sólo desprestigiar a la Iglesia para que pierda toda influencia. Después, si se le tiene por retrógrada, ya puede querer orientar o mandar, porque no se le hará ningún caso.
Pero todas esas acusaciones no hacen sino tapar con cortinillas el sol. Es un imposible negar a la Iglesia el haber estado siempre en las avanzadas del pensamiento. Con ello, no ha hecho sino obedecer el doble mandato de Dios. El Creador, dijo:
– Dominad la tierra, dominad la creación.
Y el  Salvador, mandó:
– Id y enseñad a todos los pueblos lo que yo os he enseñado a vosotros.

La Iglesia ha captado el sentido del primer mandato dado al hombre, y siempre ha fomentado la ciencia humana, que desarrolla la obra del Dios-Creador. La cultura fomentada y desarrollada por la Iglesia es por ello el compendio del saber humano y divino en el hombre.

La Iglesia enseña —como asignatura propia, hablemos así—―la Palabra de Dios, en la que es Maestra indiscutida e indiscutible. En esta ciencia tiene la palabra última. Pero, además, fomenta todo estudio que forme al hombre o lleve a mayores progresos para bien del mundo.
Los que hablan mal de la Iglesia como enemiga de la cultura y hasta la acusan de ignorancia no hacen otra cosa que acusarse a sí mismos de ignorantes absolutos en historia.
Y hasta les iría bien meterse con algunos hijos de la Iglesia para llevarse un escarmiento.
Como el de aquellos dos franceses, que iban en el tren desde Roma a París. El sacerdote italiano que sube ha de sentarse a su lado, y oye el chismorreo que hablan muy ligeramente, como si el importuno advenedizo no les entendiera:
– ¡Vaya cuervo que nos toca en compañía! Este tonto nos podrá dar muy poca conversación…
El Padre disimula y les deja hablar tranquilo como si nada pasara. Italiano él, pero habla perfectamente el francés. Van ellos soltando tonterías contra aquel cura ignorante, y, llegado el momento oportuno, el sacerdote empieza a sacar las tonterías que lleva en su maletín. Lo primero que sale a relucir es la medalla de oficial de la Legión de Honor. Los dos franceses se quedan sin respiración casi:
– ¿Cómo? ¿Usted con la Legión de Honor?
El sacerdote, muy tranquilo:
– Sí, me la impuso personalmente el Emperador de ustedes, Napoleón Tercero, por mis descubrimientos científicos.
Va sacando nuevas condecoraciones, y se las va poniendo con humildad, pero también con la decisión de dar una buena lección.
– Perdonen. Me las he de poner en París, que por esto las llevo, y adelanto ya aquí lo que he de hacer al llegar. Todas son reconocimiento a mis aportaciones a la ciencia.
Los dos interlocutores callan, pero al fin entablan animada conversación. Cuando ha de bajar el Padre, les dice con sonrisa irónica:
– Señores, vayan ustedes con cuidado al encontrarse con un sacerdote. Podría ser éste un sabio…
Y eso era él: un sabio, nada menos que el Padre Secchi, investigador de fama mundial y director del Observatorio Astronómico del Vaticano…

Durante los primeros mil setecientos años de los dos primeros milenios, fue la Iglesia prácticamente quien salvó toda la civilización occidental, fomentó las artes y amaestró a los pueblos.
Después, en la edad moderna, los grandes inventos no han sido ya privativos de la Iglesia, sino de la ciencia de todos los hombres, y la Iglesia los ha bendecido siempre, los ha alabado, los ha alentado y hasta los ha promovido según sus fuerzas. Con ello no hace sino cooperar a la obra del Dios-Creador.  

Y en el orden espiritual, que es lo propio suyo, nadie se atreve a comparar a ningún líder religioso con los maestros de la Iglesia, empezando por los Papas; pues los maestros de la Iglesia, con la ciencia que por su Espíritu les comunica Jesucristo, el único Maestro, no encuentran semejantes en el mundo… La Iglesia sabe que es y será siempre la promotora de la más alta cultura divina y humana…

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