¡Gloria a Dios!…

9. junio 2014 | Por | Categoria: Dios

¡Hay que ver las veces que habremos cantado y recitado el “Gloria a Dios en el Cielo”, dentro de la celebración de la Misa! Es un himno que no cansa. Lo compuso la Iglesia en los primeros tiempos, y lo repetimos y repetiremos hasta el fin. Nada más empezarlo, nos encontramos con esta expresión: “Por tu inmensa gloria…, te damos gracias”. Porque es un privilegio el que Dios nos haya revelado su gloria, que podemos cantar felices hasta que llegue el día en que la veamos en el Cielo.

Ha habido santos que la han vislumbrado, y no han podido con su gozo. Un Carpo, Obispo de Pérgamo, la ciudad del Apocalipsis, es condenado a muerte, y después de grandes suplicios, colgado de la cruz. Todos ven cómo sonríe en medio el dolor atroz. -Pero, ¿cómo es que estás tan alegre? Y el mártir: -¡Oh, he visto la gloria de Dios, y el gozo más grande ha inundado mi corazón!.
O como una Teresa de Jesús: -La gloria que sentí no se puede describir, ni nadie la podrá pensar si no ha pasado por esto. Yo quería entender, y no entendí nada; quería mirar, y vi lo nada que es todo en comparación de lo que es aquello.

Jesús encerraba en su ser de hombre toda la gloria de la Divinidad; la tenía como aprisionada; se despojó voluntariamente de ella; la ocultó cuidadosamente durante toda su vida mortal, para llevar encima toda la humildad de nuestra pobre condición humana. Pero aquel día, sobre el Tabor, dejó escapar, como por una rendija, nada más un rayo de esa gloria de Dios, y ya sabemos lo que le pasó al pobre Pedro, que ya no quería moverse de allí por nada. Y eso que Jesús no estaba todavía en la gloria del Padre…

La Biblia entona muchas veces la alabanza de la gloria de Dios, pero, ¡claro!, no sabe cómo hacerlo. Acude siempre a la comparación de la luz, como cuando canta: “Señor, tú te has engrandecido sobre manera. Estás revestido de gloria y majestad; te circunda la luz como un espléndido ropaje” (Salmo 103,1)

Teresa nos ha dicho que es inútil querer imaginarnos esa gloria de Dios. Y su gran compañero San Juan de la Cruz, el Doctor místico por excelencia, que podía saber mucho, nos dice igual: -Si el alma tuviere un solo barrunto de la alteza y hermosura de Dios, no una, sino mil muertes atroces pasaría por verla un momento solo.

Cuentan, cuentan —y vayan a saber si es verdad—, que en un exorcismo, hablando con el demonio, éste decía en su desesperación: -¡Oh, si yo pudiera ver a Dios un momento, un momento solamente!… No lo verá jamás, desde luego, y este deseo eterno será su eterno tormento.

Nosotros sabemos por la fe lo que nos aguarda. San Pablo nos lo escribe así: “Dios, Padre glorioso de nuestro Señor Jesucristo, ilumine los ojos de vuestro corazón, a fin de que sepáis cual es la esperanza de vuestra vocación, y cuáles las riquezas y la gloria destinada para sus santos” (Efesios 1,17-18)
Podía decirlo quien había sido arrebatado hasta lo que en la Biblia llamaban el tercer cielo, y decía después: “Fui arrebatado hasta el paraíso, y escuché palabras que al hombre le resulta imposible querer expresar” (2Corintios 12,4)

Cuando nosotros nos empeñamos en describir lo que nos imaginamos de Dios, acudimos a la naturaleza, sabiendo que no decimos nada. La salida del sol, en un cielo sin nubes… El mar inmenso, cuyos fines no alcanza nuestra mirada… El firmamento,- tachonado de estrellas en la noche misteriosa…

Recordamos un caso antiguo. El príncipe real, orgullosito, se enfrenta un día con un sabio de la corte:
– Dime cómo es tu Dios.
Y el sabio, muy comedido:
– No te lo puedo decir. Ningún mortal puede mirar a Dios.
– ¡Pues yo lo quiero ver, si tu Dios existe!
El sabio se pone firme:
– Sal conmigo al jardín… Haz el favor de mirar al sol.
– ¡Eso yo no lo puedo hacer, me quedaría ciego!
– Pues, menos podrás contemplar un solo rayo de Dios.
Cuentos de la filosofía antigua, y que tienen eso, mucha filosofía, de esa que hoy a nosotros ya no nos gusta, pero que no sabemos superar.

El mundo moderno, tan zarandeado de una a otra parte por doctrinas materialistas, necesita volver la mirada al sol y las estrellas. Los hombres de hoy, como los de todos los tiempos, nos abrasamos en sed de felicidad. Y por más que la experiencia de cada día nos enseña la dura verdad de que la felicidad no la encontramos aquí, se nos hace difícil elevar la mirada allá, a las alturas, donde verdaderamente está la dicha que no engaña.

Aquel Santo, educador en un Colegio Escolapio, recibe del Rector un par de zapatos nuevos. ¡Hay que ver lo bien que corría con ellos por los pasillos del Colegio! Ni que fueran unos patines. Disfrutaba con ellos. Pero sacaba alegre la consecuencia más bella: -¡Paraíso, Paraíso! Que me sirvan para llegar hasta el Paraíso (San Pompilio María Pirrotti, Escolapio)
Pedagogía magnífica la de este gran educador. Si todo lo que hoy disfrutamos los hombres —“como chiquillos con zapatos nuevos”, que dice el refrán—, si todo lo que modernamente tenemos a disposición nuestra para gozar, nos llevara a Dios y no nos apartara de Él, se convertiría en medio divertido para llegar a la gloria de Dios.

Hemos empezado cantando la Gloria de Dios, para acabar cantando la nuestra propia, la que esperamos para nosotros. No hacemos mal. Dios no es celoso de su Gloria, por eso nos la quiere dar…

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