El Dios de nuestra fe

2. junio 2014 | Por | Categoria: Dios

Usted que lee este articúlo, querido lector, como yo que le escribo, los dos creemos firmemente en Dios, y tendríamos como una ofensa el que se dudara algo de nuestra fe. Con todo, se puede tener mucha fe, y, al mismo tiempo, existir la duda, la angustia, el no saberse responder a mil inquietudes sobre Dios. Esto nos hace pensar en el sumo respeto que nos merecen muchas personas, dotadas de la mejor buena voluntad, y que, sin embargo, dicen no creer en Dios. Lo cual es muy diferente del orgullo ciego, obstinado, despectivo, de quien no cree porque no quiere creer, o del que niega a Dios y prescinde de Dios porque no le interesa o le estorba.

Los que dudan noblemente, necesitan ayuda en sus inquietudes, y ojalá se la podamos prestar. Y nosotros, los que estamos en posesión de una fe serena, ¿no necesitamos saber algo más de Dios? ¿No tenemos ninguna curiosidad sobre ese Dios a quien amamos? La Biblia alaba esta nuestra inquietud, y nos dice: “Bendecid al señor, ensalzadle cuanto podáis; porque es superior a toda alabanza. Para ensalzarle, recoged todas vuestras fuerzas, y no os canséis, que jamás llegaréis al final… ¿Quién le ha visto, a fin de poderle describir? ¿Quién pude investigar sus maravillas? Cuando el hombre hubiere acabado, entonces estará al principio, y cuando acabare, quedará anonadado” (Eclesiástico 43,29; 18,2)

Es decir: Dios es inefable. Es imposible hablar de Él de manera que entendamos cómo es. Eso es algo que nos está reservado, según nos dicen tanto Pablo como Juan, para cuando veamos a Dios cara a cara, tal como es, y no como lo vemos ahora, sólo oscura y misteriosamente en espejo (1Juan 3,2; 1Corintiois 13,12)
Por muy cristianos que seamos, por mucha fe que tengamos, por muchas cosas que sepamos de Dios, por mucho que lo estudiemos, Dios permanece sin palabras que lo expresen.

Así lo entendieron filósofos paganos en la antigüedad, y pensaban muy rectamente.
Uno de ellos es llamado por su rey, que le encarga: -Quiero saber qué es Dios. Explícamelo.
El filósofo pide un día para reflexionar; después, dos días; después, cuatro, ocho días… El rey se impacienta: -¿Es que no me quieres responder?
Y el sabio: -Señor, yo discurro sin darme reposo. Pero, cuanto más tiempo medito esta cuestión, más imposible me parece contestar (Hierón y el sabio Simónides)     

Otro filósofo (Epicteto) —de los tiempos de Nerón, cuando Pedro y Pablo estaban en Roma—, pensaba como el anterior. Alguien le pregunta: -Dinos,¿quién es Dios? Y el sabio responde con humilde sinceridad: – Si yo pudiese decir qué cosa es Dios, o yo sería Dios, o Dios no sería Dios
Con otras palabras: -Yo sería tan grande como Dios, o Dios sería tan pequeño como yo.

Todos estos sabios no hacen otra cosa que dar razón a la Biblia, cuando nos dice: “¡Qué grande es Dios, y cuánto sobrepuja nuestra ciencia!” (Job 36,26)
Entonces, ¿cuál es nuestra actitud ante las exigencias de la fe?
No nos metemos con altas filosofías y teologías, que las dejamos para las escuelas, donde los maestros de la Iglesia estudian y discuten para salvaguardar la fe y enseñarnos con competencia y autoridad. Nosotros vamos a lo más importante de todo: al Dios que se nos ha revelado con sencillez en la Biblia, al Dios que nos manifestó Jesús mientras vivió con nosotros.

Si nos atenemos a lo que nos enseñó Jesús, sabemos, y esto nos basta, que Dios es nuestro Padre, que nos ama, que cuida de nosotros, que está a nuestro lado igual que está en el Cielo, y que allí nos espera para darnos su misma gloria.
Sólo con saber esto de ese Dios que es Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, y sin discurrir más, nuestra alma queda en paz, confiados en la palabra de Jesús, el Hijo de Jesús y el hermano nuestro.

No discutimos con el orgulloso que se cierra voluntariamente los ojos, el cual merece nuestra compasión y necesita que se haga mucha oración por él, para que el Señor le abra los ojos antes de que sea demasiado tarde.

Caso, como hemos dicho, completamente distinto que el del amigo sumido en la angustia, porque no acaba de atinar con el Dios que busca secreta y ansiosamente. A éste, para sacarlo de sus dudas, le decimos con sencillez y amor esto que nosotros sabemos y sentimos:
– ¡Dios es nuestro Padre, y Jesús, su Hijo y  enviado, es nuestro Salvador!
Es lo que le decimos al que vemos angustiado por sus dudas sobre Dios.

Una afirmación como ésta, vivida tan intensamente por nosotros, contiene en sí todo el mensaje de la evangelización. Quien la entiende y la acepta, no da miedo alguno, porque lleva a Dios en lo más íntimo de su ser. Nuestro amor no desmentido, y nuestras plegarias incesantes, son el testimonio de nuestra fe sencilla y humilde. Creemos en Dios, y quien está a nuestro lado se siente arrastrado a nuestra fe.
 
¿Después?… No es que no tengamos una curiosidad sana, y muy bella, por saber cosas de Dios. Sentimos noble envidia por quienes pueden estudiar.

Pero, más que con altos conceptos, nosotros nos contentamos con saber que Dios es el Altísimo, el tres veces Santo, el Omnipotente, el Hermosísimo, el Eterno… Y entonces, adoramos a Dios, lo bendecimos, lo aclaman nuestros labios, lo ensalzan nuestros cantares y lo confiesan nuestras oraciones…

Dios no se ha revelado para ser estudiado, sino para ser vivido. Aunque sabe mucho más de Dios quien lo vive que quien lo estudia, porque Dios sigue siempre revelándose a los pequeños…

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