Así es nuestro Dios…

23. junio 2014 | Por | Categoria: Dios

Son muchos los que se han hecho, se hacen y seguirán haciéndose estas preguntas: ¿Quién es Dios? ¿Qué es Dios? ¿Cómo es Dios?… Es muy conocido el caso que cuenta el más clásico de los escritores romanos, años antes de que viniera Jesucristo al mundo.

Vivía en el sur de Italia un filósofo, pagano pero creyente en un Dios, y le hace el rey esa pregunta: ¿Qué es Dios? El filósofo, entonces: -Mi señor, deme dos días de tiempo, y le doy la explicación.
Pasan los dos días, y el rey: -¿Qué? ¿Ya me trae la respuesta? ¿Ya me puede decir qué es Dios?
El sabio pide un plazo: -Señor, ¿me quiere dar cuatro días para pensar? Los necesito…
Pasan los cuatro días, y el filósofo: -Señor, no se me impaciente. Sigo discurriendo. ¿Me concede otros ocho?…
A los ocho días, el rey no aguanta más: -¿Se burla usted de mi? ¡Ahora pedirá dieciséis días para pensar!… Humilde, el sabio: -No, señor; no pido más. Lo que puedo decirle es: cuanto más pienso sobre lo que tiene que ser Dios, más dificultad tengo para explicarlo (Cicerón. De Hieron rey de Siracusa con Simónides)

Eso que no ha alcanzado nunca la filosofía, el cristiano lo sabe y lo vive con gozo intenso.
Si nadie puede decir qué y cómo es Dios, el cristiano tiene una respuesta grandiosa a flor de labios, sólo con que tome unas palabras del apóstol San Pablo, que empieza así su carta segunda a los de Corinto:
– ¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo!

Aquí está la gran revelación de Dios. Sin filosofías. Pero dictada con una profundidad y a la vez con una sencillez que la puede entender un niño.
¿Qué se dice a sí mismo el cristiano?…
Dios es el Padre de mi Señor Jesucristo.
Si sé cómo era Jesucristo, sé también cómo es el Padre, porque Jesucristo dijo: Quien me ve a mí, ve también al Padre (Juan 14,9)

Sé quién y cómo es Dios porque Jesucristo me lo ha revelado, pues dijo el mismo Jesús: -Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mateo 11,27 ) ¡Y me lo ha revelado a mí!
Dios es un Padre que me ama, que es todo bondad, el Dios de todo consuelo, ya que Dios es amor (1Juan 4,8), y el amor se compadece, el amor guarda, el amor ayuda, y esto es lo que hace mi Dios conmigo.

Todo esto es lo que se dice un cristiano con la palabra del Apóstol en sus labios, y ese cristiano no se equivoca. Además, al responderse tan sabiamente, vive en una paz inalterable, tranquilo siempre en los brazos de Dios su Padre…

¿No han oído nunca lo del vaso de agua y la azucarera de aquel viejito?…
Aquella pareja eran dos personas mayores encantadoras, un matrimonio feliz, después de haber consumido la vida en el trabajo y en los deberes del hogar.
Veían a los hijos bien casados, sin que les trajeran ya  ninguna preocupación. Parecían los dos el Simeón y la Ana del Templo, dados del todo a Dios con quien estaban por la oración en comunicación continua. Les visita un amigo, profesor ilustrado pero algo frío en su religión, y les dice con cierta envidia:
– Parece que se les ve contentos. Algún secreto debe haber escondido…
Sin disimular su satisfacción, el anciano le contesta amable, mientras le muestra el vaso que había encima de la mesa: -Pues, sí; tenemos nuestro secretillo. ¿Lo creerá?… Nuestra vida es como el agua de este vaso; no puede ser más dulce, de tanta azúcar como lleva dentro…
El visitante no entiende: -¿Esta agua contiene azúcar? De ser mucha, como usted dice, se notaría. Debe estar muy bien disuelta, porque yo no la veo…
Con una sonrisita maliciosa, sigue el viejito: -¿Que no la ve?… Y, sin embargo, ahí está. Como está Dios en nuestra vida. Sin que usted lo vea —y nosotros mismos tampoco lo vemos, pero lo sabemos y lo experimentamos—, Dios llena las veinticuatro horas del día y de la noche. Con Dios nos levantamos y con Dios nos acostamos. Con Dios hablamos y con Dios nos distraemos. Y vemos que Dios es más Padre nuestro que lo somos nosotros de nuestros hijos.
El visitante se calló muy pensativo, pero decía después en tertulia de amigos: – Estos viejitos no han estudiado mucho, pero ya quisiera saber yo tanto como ellos. Su libro más profundo es la azucarera al lado de un vaso de agua…

Son muchos los que tienen dificultad en aceptar la idea de Dios. Y, sin embargo, el Dios escondido se revela a los sencillos, a los que no discurren demasiado para creer, sino que empiezan por creer en Dios, por amarlo y por vivirlo, y entonces Dios se convierte para ellos en el Ser más familiar que existe.
Porque el Dios de los cristianos no es un Dios lejano, que habita sobre las estrellas. No es el Dios terrible del Sinaí, que daba espanto al mismo Moisés.
El Dios que adoramos y amamos los cristianos es el que se nos ha revelado definitivamente en Jesucristo. Es un Dios que nos ama como Padre. Un Dios que cuida de nosotros. Un Dios que nos consuela cuando nos ve sufrir. Un Dios que nos tiene preparada una mansión a su lado, donde quiere hacernos felices para siempre.

Cuando Dios llena y satura la vida, igual que el azúcar en el agua, quizá no sabremos decir qué y cómo es Dios. Pero, conocido Dios por la fe y vivido por el amor, la vida se transforma en una delicia, aunque a veces opriman el dolor o las preocupaciones diarias. Porque con nosotros está el Dios bendito y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios misericordioso y Dios de todo consuelo…

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