Todos para todos

13. mayo 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

El apóstol san Pablo nos dice de sí mismo unas palabras que son el programa de la generosidad, de la magnanimidad, del amor más grande y desinteresado:  
– Me he hecho todo para todos (1Corintios 9,22)
En tan pocas nos descubre un corazón inmenso. Quiere que todos se salven, y ante esta ilusión no va a medir ni entrega ni sacrificios: da todo y se da del todo.

Hoy miramos en la Iglesia al hombre en su totalidad: al que aspira al Cielo, porque debe ir al cielo, porque tiene que salvarse…, y al hombre que vive en la tierra dentro de las realidades humanas, en las que debe tener una existencia digna de una persona y de un hijo de Dios.
¿Sabemos lo que esto implica, la obligación que nos impone a todos? Nos exige la ayuda mutua, a cada uno según su condición y según sus posibilidades. Pero nadie se sustrae al deber de ayudar a los demás para que consigan todos la felicidad de la vida y su salvación después.

El Catecismo de la Iglesia Católica  (1905—1912) no se sube solamente a las nubes de la doctrina más elevada, sino que asienta firme los pies en la tierra, y nos dice:
– El bien de cada cual está necesariamente relacionado con el bien común. Por eso…, no viváis aislados, cerrados en vosotros mismos, sino reuníos para buscar juntos el interés común.
Que es como decirnos con Pablo: todos para todos, a fin de que todos se salven, como hombres terrenos en la Tierra, como hombres celestiales en el Cielo.

El Catecismo se extiende después en dialogar con los gobernantes, como principales responsables del bien común.
Pero, como el bien común nos afecta a todos, nosotros miramos también la parte que nos toca como solidarios con los hermanos que nos rodean.
Nuestro insigne mártir americano, el santo Padre Miguel Agustín Pro, gloria de Méjico, decía antes de caer bajo las balas asesinas:
– ¿Mi vida?… ¿No sería ganarla si la perdiera por mis hermanos?

Al ponernos al servicio de los demás, no perdemos nada de lo nuestro, sino que lo centuplicamos todo para nosotros mismos.
Porque nos ganamos amigos, y vale más un amigo que todo el dinero del mundo.
Vale más un amigo que la propia comodidad.
Vale más un amigo que las satisfacciones efímeras que nos procura el egoísmo y la vida fácil.
El Catecismo de la Iglesia Católica habla a los gobernantes, pero sus palabras forman nuestra conciencia de ciudadanos y cristianos en relación a los demás, sean católicos o discípulos de Mahoma, nos es igual. Aunque San Pablo es más exigente respecto de los familiares y de los hermanos en la fe, pues, si no miramos especialmente por ellos, nos hemos vuelto peores que un pagano….(1Timoteo 5,8)

Al hablar del bien común, partimos siempre del respeto a la persona en cuanto persona.
No hay hombre o mujer, niño, joven o anciano, y hasta el embrión encerrado en seno de la madre, que no esté dotado de una dignidad suma por el sólo hecho de ser una persona.
Sus derechos son intransferibles y perpetuos. Nadie se los puede quitar.
Debe tener libertad, y contar con los medios necesarios, para desarrollarse hasta llegar a su madurez y perfección, lo mismo familiarmente, que civilmente o religiosamente.
Cualquier coacción —como las de los regímenes comunistas, por ejemplo― es un abuso de poder, intolerable desde cualquier punto de vista.

A nivel personal, ya se ve hacia dónde van orientadas nuestras obligaciones para con los otros. Los respetamos. Los amamos. Les ayudamos. Todos para todos, a fin de que alcancen el fin de su vida: la felicidad humana y temporal en este mundo, la felicidad divina con su salvación en el mundo venidero y eterno. .

Del individuo pasamos al grupo, máxime a la familia, que es, que debe ser, la niña de los ojos de la sociedad. En la familia ha de encontrar el hombre, la mujer, el niño, el anciano, todo el amor y el bienestar a los que no se puede renunciar jamás. Todo lo que hacemos por ayudar a la familia necesitada es la mejor actividad social que prestamos en el mundo.

Y nos sabemos entregar también a nivel político para el bien de la patria y el bien común universal, como podría ser —a este detalle baja el Catecismo de la Iglesia Católica― el socorrer en sus sufrimientos a los refugiados dispersos por el mundo o de ayudar a los emigrantes y a sus familias.

Como hijos de la Iglesia, participamos con la Iglesia de todas las peripecias de que está llena la historia diaria del mundo, de las buenas para alegrarnos con ellas, y de las malas para prestarles la ayuda que podamos, y, en caso de no poder nada, nadie nos quita de las manos el gran medio de la oración, que sube incesante de nuestros labios a Dios rogando por todos los hombres.

Como vemos en Pablo, ese darse todo a todos para la salvación de todos, se fundamenta en el amor. ¿Tenemos amor? ¡Cuánto que vamos a hacer por el bien común! Nadie nos tendrá que espolear. Porque el amor de Cristo nos urgirá siempre, y nos dirá el Señor:
– ¿Ves lo que hecho yo por ti? ¿Por qué no lo haces tú por los demás?…

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