Sembradores de la paz

6. mayo 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Una de las palabras más gastadas en nuestro lenguaje moderno es la palabra PAZ. Monosilábica, tres letras nada más, ¡y hay que ver las realidades que entraña, los sueños que suscita, los ideales que sugiere, las lágrimas que arranca!… Hablamos tanto de la paz porque en el mundo no hay paz, bien supremo de los pueblos.  

Desde el Papa Pío XII cuando estaba a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, se ha ido repitiendo y se seguirá repitiendo siempre eso de que nada se pierde con la paz, nada se gana con la guerra… La paz es el mayor bien que goza el mundo. La guerra es el mal peor que cae sobre las naciones.

En el lenguaje diplomático, los embajadores, al proponer los objetivos de sus gobiernos, hallan un lugar común a todos ellos: el trabajo por la paz. Y esto lo dicen —mintiendo, desde luego— hasta los emisarios de las naciones más belicosas y de las otras que producen armas y más armas como un negocio de ganancias muy cuantiosas.

Con más o menos sinceridad, cualquier presidente de república o de gobierno dice lo mismo al tomar posesión de su mandato: la paz, como objetivo primero. ¡Dios los bendiga cuando hay sinceridad!…
El Vicario de Jesucristo en la Tierra —¡aquí sí que hay sinceridad total!— no cesa de exhortar a todos a trabajar por la paz, a orar por la paz, a remover los obstáculos que se oponen a la paz.
¿Por qué habla y actúa así el Papa? Porque la paz es el suspiro de todos los pueblos, harto de guerras, lleno de temores, y no ansía sino por vivir en esa tranquilidad y gozo que sólo la paz puede darnos.

Al hablar nosotros de la paz podemos caer en el desánimo, y decir:  – Sí, a mí me duelen las guerras que desangran al mundo; pero yo, ¿qué puedo hacer? Eso de trabajar por la paz, para los señores de las Naciones Unidas…
El Catecismo de la Iglesia Católica no está conforme con esta manera de pensar, pues nos dice:
– Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras (2308, 2310)
El trabajar por la paz nos toca a todos, a los que mandan como a los ciudadanos de a pie…

Y tenemos garantizada ya la bendición más grande del Señor, que viene al mundo como Príncipe de la paz, y nos dice:
– ¡Dichosos los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios! (Isaías 9,5 y 2,4. Mateo 5,9)
Somos los que le ayudamos a desmantelar los arsenales nucleares y a fabricar arados, podaderas, machetes y tractores con que cultivar nuestros campos, para que produzcan flores bellas y den pan, frijoles y maíz en abundancia con que saciar el hambre de todos los hermanos.

Nosotros estamos plenamente acordes con el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos dice también:
– Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz.
Conformes, muy conformes con esta doctrina.
Por eso alzamos la voz al cielo contra las guerras injustas. Alzamos la voz al cielo contra el tráfico irresponsable de las armas. Alzamos la voz contra la injusticia social, causa de las guerras en nuestros pueblos. Alzamos la voz al cielo con las palabras del salmo:
– Destroza a esas gentes que gozan con la guerra (Salmo 67,31)

Es cierto que entre todos provocamos más de una vez la ira de Dios, el cual nos aplica la mano con justicia. En Fátima, la Virgen pedía insistentemente la conversión, porque el pecado del mundo estaba atrayendo el castigo.
Aunque el castigo de Dios es siempre medicinal. Es castigo de Padre, no de juez. Eso de Dios-Juez que condena no será hasta el último día, cuando ya no hay remedio alguno.
Ahora no castiga por venganza, sino por corrección. Quiere que nos volvamos a Él a tiempo, a fin de que no lo perdamos después para siempre.

Como la paz es un don de Dios, acudimos a Él, que es el quebrantador de las guerras, y hacemos lo que no hacen muchos políticos y los fabricantes interesados de las armas: Rezar, rezar por la paz.
En una población italiana se construyó un Sagrario con materiales de destrucción de la última guerra mundial. Está hecho con una bomba sin explotar (En Cella ai Varzi)
Y en una gran comarca de Estados Unidos se levantó sobre la montaña una imponente mole de cemento armado, en forma de dos manos rezando, para invitar a todos a rogar por la paz (En Webb City, Miss.)  

¡Qué hermosas ideas, la de esa bomba sagrario y la de esas manos orantes.
Por esos que se pasan tantas horas en los laboratorios diseñando armas cada vez más poderosas en destrucción, nosotros nos pasamos muchos ratos ante el Señor pidiendo el don de la paz…
Por tantos que se olvidan de Dios en su vida, nosotros acudimos constantemente a Dios, sabiendo que nos escucha cuando rogamos por la paz.
Y rezamos por los gobernantes, como nos pide el apóstol San Pablo, para que promuevan la paz, a fin de que podamos llevar una vida tranquila (1Timoteo 2,2), augurio de la felicidad del Reino de Cristo en su consumación final.

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