“Porque yo soy santo”

19. mayo 2014 | Por | Categoria: Dios

Entre los grandes apóstoles que Dios regaló a nuestras tierras americanas, hubo en Chile un Misionero de talla excepcional. Siendo aún seminarista, le dio miedo la llamada de Dios, y, sentado bajo un copudo árbol, se preguntó seriamente: -Mariano, ¿te ordenas o no te ordenas?… Pero se decidió con valentía.
Y joven sacerdote, antes de embarcarse para la que sería su segunda patria, se arrodilla ante sus compañeros, y les pide con absoluta seriedad, aunque de momento hizo soltar la risa de todos:
– Les pido que recen por mí, para que sea un hecho mi propósito: O santo, o muerto.
Pasiones violentas, temperamento impetuoso, pero un carácter noble, firme y generoso…, era el bagaje con que el joven Misionero se vino a nuestras tierras. Se empeñó en ser santo a pesar de todos los pesares, y en toda la República se le llamaba después, como su nombre propio, El santo Padre Mariano, que en treinta años justos recorrió Chile de arriba abajo y de abajo arriba, con la increíble cifra de quinientas treinta y seis misiones… Hoy el Padre Mariano Avellana, claretiano, está próximo a subir a los altares.
Era el fruto de un gran ideal: Ser santo. Pues si no he de ser santo, que venga la muerte cuanto antes…

¿Es oportuno hablar hoy de la santidad en la Iglesia? No solamente es oportuno, sino que se ha convertido en la primera de nuestras opciones.
En la grandiosa Jornada Mundial de la Juventud del Gran Jubileo, el Papa Juan Pablo II lanzó a los jóvenes una consigna atrevida, que era un desafío casi inconcebible: ¡Sean los santos del Tercer Milenio!…
    Aquella marejada enorme de más de dos millones de muchachos y muchachas aplaudió frenéticamente, como si hubiera sido Jesucristo en persona quien les echaba el guante a ver si lo recogían.
Muchos pensaron entonces: Están bien unas palabras como éstas a la muchachada. Con los mayores, ya sería otra cosa… Pero al cerrarse el Gran Jubileo, y firmar el Papa aquel documento a la vista del mundo entero, aparecían en él unas líneas comprometedoras para todos, como dirigidas a cada uno de los hijos de la Iglesia:
– Preguntar a un catecúmeno: “¿quieres recibir el Bautismo?”, significa al mismo tiempo preguntarle: “¿quieres ser santo?”. Significa ponerle en el Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”.
– Entonces, ¿te pones bajo el signo de la santidad? Hay que aceptar las consecuencias.
– ¿Sabes lo que te dice Dios por Pablo? “Esta es la voluntad de Dios: que seáis santos”.
– ¿Sabes lo que te dijo el Concilio? “Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor”.
– ¿Y sabes dónde está el “alto grado” de tu santidad? Pues, en tu vida cristiana ordinaria. Con tal que esa vida ordinaria la vivas tú de manera extraordinaria (Simplificación escenificada del nº 30, Tertio Millenio Ineunte)
El Papa nos hablaba así a todos. Pero al mandar el mensaje previo a los Jóvenes de todo el mundo para la Jornada Mundial de Canadá, volvió a la carga con la misma o mayor energía que antes:
– “¡Pido al Dios tres veces Santo que os haga los santos del tercer milenio!”. “La santidad da sentido pleno a la vida, haciéndola reflejo de la gloria de Dios”. “Reafirmad que vuestra fe es una decisión personal que ha comprometido toda vuestra existencia”. “Anunciad a todo el mundo vuestra alegría de haber encontrado a Cristo, vuestro deseo de conocerlo cada vez mejor, vuestro empeño de anunciarlo hasta los confines de la tierra”.

¿Y por qué el Papa —haciéndose eco de la revelación de Dios— se empeña en que seamos santos todos nosotros? Pues, sencillamente, porque ésta es nuestra vocación. A esto nos llama Dios. Lo decimos repetidamente con Pablo: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Tes, 4,3)
Por lo mismo, es un asunto incuestionable. O santos, o unos fracasados.
¿Y qué razón nos da Dios para convencernos? Esta tan simple: “Sed santos vosotros, porque yo soy santo” (Levítico 11,44)
Imposible más precisión y más laconismo. Si no somos como Dios, Dios no nos reconoce como suyos.

¿Y hasta qué medida hay que ser santos? Repetimos con Jesús, que no se quedó corto: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.
Si Jesús nos apunta al infinito, por más que subamos, siempre estaremos muy lejos. El tan querido Papa Juan Pablo II, santo y mártir en una pieza, no se acobardó al pedirnos, al exigirnos en fuerza de nuestro Bautismo, el ideal supremo de ser santos, para ser dignos de Dios, que es el tres veces Santo, es decir, en el lenguaje bíblico, que es el Santísimo.

El mundo moderno, secularizado, alejado de Dios, necesita testimonios de la santidad de Dios. Y Dios, que ama al mundo y se empeña en salvarlo, quiere ser testimoniado por toda una legión de santos.
Son esos cristianos que, en su vida ordinaria, son extraordinarios por su piedad intensa, porque, ¡hay que ver cómo oran y cómo aman a Dios!…
Son esos cristianos, que, sin otro modelo y líder que Jesucristo, ¡hay que ver cómo viven de Jesucristo, cómo comulgan, cómo trabajan, cómo se empeñan en ser igual que el obrero de Nazaret!…
Son esos cristianos, que, empeñados y comprometidos, ¡hay que ver cómo se dan al apostolado, con la única ilusión de dejar huella profunda, por el bien que habrán hecho al mundo al trabajar por el Reino!…

En la Iglesia hay más santos de los que nos figuramos. Y el milenio que comienza tendrá muchos, muchos más santos. Lo dirán aquí abajo los del año 3.000. Nosotros, lo veremos desde allá arriba…

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