La Esposa de Jesucristo

28. mayo 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Al querer hablar de la Iglesia nos encontramos con la afirmación categórica del Apóstol San Pablo,  que la llama la Esposa de Jesucristo. ¿Hemos pensado lo que esto significa, y lo que somos nosotros, la Iglesia? Cuando la Palabra de Dios nos habla de la Iglesia como la Esposa del Señor, abre ante nuestros ojos y ofrece a nuestra consideración un mundo maravilloso de amor. Jamás encontraremos ni en el orden de la naturaleza ni en el orden de la gracia un amor tan inmenso como el que adivinamos entre Jesucristo y su Iglesia. Ese amor que va ser nuestra felicidad eterna, felicidad muy superior a cuanto puede concebir nuestra imaginación.

Al hacerse Hombre el Hijo de Dios, se desposa con la Humanidad redimida.
Encuentra a esta su novia revolcada en el fango, en la inmundicia del pecado. Pero el amor de Jesucristo no se va a detener en nada, a trueque de desposarse con la amada que ha elegido. Su amor llega hasta el extremo, cuando se dice:
– ¿Que esta mi pretendida está asquerosa y repugnante? ¡Ya la haré yo bien bonita!
Derrama su sangre en la cruz, baña con semejante detergente a su amada, que queda resplandeciente de hermosura. El apóstol San Pablo lo expresa con vigor:
– Así amó Cristo a su Iglesia, que se entregó a la muerte por ella (Efesios 5,22-32)

Y la Iglesia salió teñida en la sangre purificadora del costado de Cristo dormido en el árbol de la Cruz, igual que Eva saliera del costado de Adán dormido bajo las frondas del paraíso. Jesucristo, desde este momento, tiene en la Iglesia el complemento que necesitaba el Hombre Dios.
Con el Bautismo, aplica Jesús esta su sangre a cada uno de los miembros de la Iglesia, que salen de la fuente bautismal luciendo vestiduras de blancura inmaculada.

¿Y si cometen después la imprudencia de manchar y enfangar de nuevo esos vestidos gloriosos? Jesucristo les aplicará siempre su Sangre con el Sacramento de la Reconciliación, y podrá decirles con las palabras de Isaías:
– Aunque vuestros pecados sean rojos como la escarlata, vuestras almas blanquearán más que la nieve.

Así ve Pablo también a la Iglesia, cuando les dice a los de Corinto:
– Estoy celoso de vosotros, porque os tengo desposados con el Esposo único, pues os he entregado a Cristo como una Esposa virgen (2Corintios 11,2)
Para contemplar a la Esposa de Cristo en toda su hermosura, habremos de esperar al final, al último día, cuando se manifieste purificada plenamente en todos sus miembros. De aquel día nos dice San Pablo:
– La Iglesia aparecerá sin mancha ni arruga ni fealdad semejante, sino toda santa y gloriosa, radiante de hermosura.

Juan en el Apocalipsis (21,2-9; 22,17-20), igual que Pablo, ve a la Iglesia como la Esposa de Jesucristo, y la contempla  viniendo del cielo como la novia ataviada para la boda, para anegarse con su Esposo Jesucristo en la gloria y felicidad de Dios.

Jesús en el Evangelio nos ha dicho lo mismo de una manera idílica e inolvidable.
Pero no ha usado palabras, sino que lo ha hecho con un gesto excepcional. Escoge por escenario la boda de Caná. Falta el vino, y deja escapar de sus manos, bajo la insinuación de una mujer tan fina como su Madre, el primer milagro de los muchos que van a seguir. Seis tinajas de agua convertidas en vino generoso, signo del vino nuevo en el banquete del Reino, para celebrar  su propio desposorio con la Iglesia.
La bebida embriagadora ofrecida a su Esposa es el vino de su propia Sangre, que abundará con derroche en el convite nupcial de Cristo con su Iglesia.

El amor entre el Esposo Jesucristo y la Iglesia su Esposa es único e indecible. Jesucristo y su Iglesia se han unido de tal manera que los dos constituyen, mejor que matrimonio alguno, aquel serán los dos uno solo, que la Biblia dice de cada pareja. Se aman los dos con amor sin igual.

Así lo demostró, por ejemplo, aquella joven cristiana que es llevada al tribunal romano y entabla este diálogo entre ella y el tribuno, el cual la amenaza con desgarrar todas sus carnes con azotes, con garfios de hierro y con las planchas de fuego:
– Pero, tú estás borracha en medio de las torturas.
– Sí, estoy borracha, pero no como tú te imaginas, con el vino que arrastra a la lujuria y a la demencia, sino con el vino del amor que me tiene Jesucristo. Me ha dado a probar una sola gota, me ha abrasado el corazón, y estoy dispuesta a llegar hasta Él a pesar de todos los tormentos (Sta. Estratónica. Actas martirio. +296)

El hecho de esta mártir es la historia íntima de todos los miembros de la Iglesia.
Por su Espíritu Santo que ha metido en nuestros corazones, Jesucristo nos ama y le amamos de una manera que sólo entienden los experimentados, y esos experimentados somos todos.
No extraña ese grito que, entre el Espíritu Santo y nosotros, lanzamos continuamente a Jesús, como nos dice el Apocalipsis:
– ¡Ven, Señor Jesús!
¿Qué más quiere la Iglesia sino estar definitivamente unida a su Esposo? ¿Qué más queremos nosotros sino llegar a los brazos de Jesús,, que nos espera para no soltarnos ya nunca?…

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