El corazón limpio

20. mayo 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Llama poderosamente la atención esta afirmación del Catecismo de la Iglesia Católica:
– El décimo mandamiento resume, junto con el noveno, todos los preceptos de la ley (2534. 2514)
¿No es decir demasiado? ¿No contradice a lo que siempre se nos ha enseñado: que el resumen de la ley es el amor, y que quien ama ha cumplido la ley entera?…

El noveno mandamiento nos dice: no desearás la mujer de tu prójimo. Lo cual es un desdoblamiento del sexto: no cometerás acciones impuras.  
El décimo nos ordena: no codiciarás los bienes ajenos. Lo cual es otro desdoblamiento del séptimo, que nos manda: no robarás.
¿Tan importante es eso de no desear, no codiciar, para asegurarnos ahora que con ello cumplimos todos los mandamientos?…

La afirmación nos puede causar extrañeza a primera vista, pero en realidad está dando en el clavo de la cuestión. Nos está diciendo lo que en forma positiva, y como una bienaventuranza, dijo Jesucristo:
– ¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! (Mateo 5,8 y 15,19)
El mismo Jesús explanará su pensamiento:
– Del corazón es de donde salen las malas intenciones, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias.
El corazón sano es árbol bueno que produce buenos frutos; corazón malo es árbol carcomido que produce frutos malos…

El corazón, para un oriental, era la vida íntima del hombre. Era el escondite último donde el alma lo decide todo. Era el santuario en el que no se mete nadie, y que sólo Dios penetra, aunque el mismo Dios lo hace con un respeto total.

Del corazón nace el bien y nace el mal. Por lo mismo, de un corazón totalmente limpio de malas intenciones no podrá salir nunca ninguna mala acción y será un imposible el quebrantamiento de la ley. Así como de un corazón torcido, codicioso y con amor manchado, saldrán todos las transgresiones de la ley imaginables.
En la pureza del corazón radica la ley de Jesucristo, que no se va por las ramas, sino que va directamente a la raíz.
Sana el corazón, y con ello ha curado todo el ser del hombre.
Crea un corazón nuevo, y la ley se cumple entera sin estridencia alguna.
¿Corazón limpio?… Amor puro de Dios, no profanado por ninguna criatura.
¿Corazón limpio?… Amor puro de los hijos a los padres y de los padres a los hijos, en el seno de una familia feliz, impenetrable para el mal.
¿Corazón limpio?… Amor generoso al hermano, sin envidias asesinas ni peligro alguno de muerte.
¿Corazón puro?… Amor limpio del hombre a la mujer y de la mujer al hombre. Entre los dos se desarrolla un idilio perenne, en una unión que nada ni nadie logra romper.
¿Corazón limpio?… Amor desinteresado a todos, con seguridad para todos en la vida, sin egoísmos destructores, sin preocupaciones ni torturas por un porvenir incierto.
¿Corazón puro?… Amor a la verdad, que hace libres; confianza entre todos, que nos sabemos respetar; fama inmaculada, y nunca arrastrada por los suelos.

Concretamente, con el corazón limpio se eliminan esos males que han destrozado siempre la vida social, como son la lujuria y la avaricia.

El ansia del placer sexual desordenado es lo que el apóstol San Juan llama la concupiscencia de la carne, y llama concupiscencia de los ojos a la codicia del bien ajeno (1Juan 2,16). Todos somos conscientes de los males que esta doble concupiscencia inflige a la Humanidad.

Los matrimonios rotos, las familias deshechas, el aborto a la orden el día, la salud de muchos resquebrajada para siempre… Todos estos males proceden del amor sexual desordenado, que sobrepasa los linderos trazados por Dios, y porque hace buscar el placer sin el deber. Y por eso de que al dinero obedece todo, ¿de dónde provienen los atracos, los asesinatos, las guerras?… Si el mal deseo no anidara en el corazón, todos esos males desaparecerían de la sociedad, porque la acción es el fruto agusanado del árbol carcomido…

Me parece que todos estaremos de acuerdo si dijéramos que estos dos Mandamientos de la Ley de Dios —el sexto y el séptimo— merecerían una revisión a nivel social. Porque estamos todos convencidos que la inmoralidad sexual y la avaricia son la causa de la inmensa mayoría de los males que hoy padecemos. Metido el amor puro en todos los miembros de la familia, y desaparecida la injusticia social que oprime a tantos hombres, los demás males se reducirían a muy poca cosa…

Una  hermosa sentencia árabe dice que a la mujer no se la ofende ni con un pétalo de rosa. Jesús va mucho más allá, y dice que no se la hiere ni con un pensamiento… Como tampoco se hiere ni se roba con un pensamiento el bien de los demás.

Si los deseos nobles y buenos llenaran el corazón, una ola de pureza y de generosidad impregnaría de perfume y de paz celestiales toda la tierra…

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