La Nueva Evangelización

16. abril 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Son muchas las veces que escuchamos y leemos hoy en la Iglesia esta expresión: La Nueva Evangelización. Y nos preguntamos:

¿Qué es eso de una evangelización nueva?
¿Es que ha cambiado el Evangelio, o qué?
¿Es que los Apóstoles lo hicieron mal, o qué?
¿Es que la Iglesia estaba equivocada hasta ahora, o qué?
¿Es que hay nuevas verdades que anunciar, o qué?…

No; no hay nada de todo esto. El Evangelio es el mismo, no hay que añadirle nada y la Iglesia ha evangelizado siempre bien.

Pero el Papa Juan Pablo II, cara a los Quinientos Años de la Evangelización de América y al Tercer Milenio del Cristianismo, nos lanzó una consigna que se ha hecho famosa, y hasta inmortal, podríamos decir.

Nos dijo a toda la Iglesia que nos hemos de empeñar en una Nueva Evangelización, que no es nueva porque proponga nada nuevo, sino porque nosotros, los evangelizadores, conscientes del momento histórico en que vivimos, y conscientes también de la gran evolución del mundo, anunciamos hoy el Evangelio con nuevo ardor, con nuevos métodos, con nuevas expresiones.

Con nuevo ardor, porque todos son testigos del calor que ponemos en nuestras palabras. Sobre todo, porque confirmamos nuestra palabra con el testimonio de nuestra propia vida.

Con nuevos métodos, porque sabemos emplear todos los medios posibles, ya que han cambiado mucho las circunstancias del mundo, y sabemos meter el Evangelio en las nuevas formas de vida.

Y con nueva expresión, porque al hombre moderno le hablamos con lenguaje moderno. Porque nos metemos en su propia cultura. Porque hacemos nuestros sus propios problemas. Porque nos identificamos con sus aspiraciones, sus problemas y sus logros.

¿Qué debe proclamar la Nueva Evangelización? ¿Qué verdades debe escoger como fundamentales? ¿Qué debe meter en la cabeza del hombre moderno?… Nos lo decía un Arzobispo muy autorizado:

El contenido de la Nueva Evangelización se cifra en el mensaje central del Evangelio: la soberanía de Dios; las promesas finales de la salvación; el perdón de los pecados; el don del Espíritu Santo; el reconocimiento de una nueva humanidad en Cristo Jesús.

Hay que reconocer primeramente que Dios es el dueño del mundo y que no podemos independizarnos de Dios. Esto no lo quiere reconocer el hombre moderno. Legisla y se rige independiente de toda ley divina, como si no hubiera un Dios ante el cual hay que responder.

El hombre moderno sigue con el pecado que Satanás le inspiró en el paraíso: Seréis como dioses. Y el hombre quiere ser dios de sí mismo, sin barreras que se le interpongan en el disfrute del mundo.

Aquí la Nueva Evangelización, con todo el amor que entraña, se hace valiente. ¡Dios, primero! No está el hombre sobre Dios, sino Dios sobre el hombre, como último fin nuestro.

Nos exigirá otro acto de valentía el proclamar los fines últimos del hombre, porque Dios nos ha hecho para otro mundo futuro y se lo vamos a recordar a la sociedad moderna. No para meter miedo, sino, todo lo contrario, para dar esperanzas a tantos como viven sin esperanza.

A los que sufren, a los que les falta todo, a los que padecen injusticia y desamparo, ¿qué les vamos decir si no es darles la seguridad de que hay un Dios que los espera con los brazos abiertos, para colmar un día todas sus ansias?

La sociedad de consumo y del bienestar rehusa escuchar el más allá, porque lo teme.

Por el contrario, los que sufren están hartos de promesas falaces, que les prometió la revolución marxista igual que una espiritualidad terrena solamente, con las cuales no han conseguido nada.

Y estos hermanos que sufren, quieren que les hablemos de Dios, el justo, el premiador, el que al fin dará a cada uno según sus obras.

Después, llenando de optimismo nuestra proclamación del Evangelio, les decimos a todos que sí, que Dios es bueno, que su bondad está sobre nuestro pecado. Que si abunda el mal en el mundo, abunda mucho más la gracia de Dios, que nos espera, nos perdona, nos salva.

Les decimos que el Espíritu Santo, el Espíritu del Señor Jesús, está actuando en el mundo. Que, ante tantos como lo rechazan en el reino del pecado, son muchos los que lo acogen en sus almas, cuando Dios les da su Espíritu como el mayor regalo que nos Él nos puede hacer.

Y aseguramos que este Espíritu Divino está haciendo una nueva Humanidad, porque Él lo anima todo, lo transforma todo, y, aunque lentamente, al fin nada se resiste a su poder.

La Nueva Evangelización mira al Tercer Milenio de la Redención. La llamada del Papa no ha caído en el vacío, y quienes vivan dentro de mil años, al estudiar la Historia de la Iglesia, podrán decir muchas cosas buenas de los evangelizadores de hoy. Se está alumbrando un Mundo Nuevo, y somos nosotros, los católicos, siguiendo las directrices que nos vienen del Vicario de Jesucristo, los pioneros que llevan adelante la obra del Reino.

¿Quién de nosotros, hijos de la Iglesia, se puede resistir a hablar así de Jesucristo, para darlo con ardor a las almas, que están hambrientas de la Buena Nueva de la salvación?…

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