La conciencia

29. abril 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Cuando queremos que se nos deje tranquilos en nuestra conducta, y que no se meta nadie con nosotros, tenemos acuñada esta expresión:
– Déjenme en paz, que yo tengo mi conciencia y sé lo que me hago.
¿Comprendemos el alcance de esto que decimos? Es algo como para enorgullecernos, si es que decimos verdad porque lo sentimos.

El Catecismo de la Iglesia Católica contiene una lección magistral sobre la conciencia, de la cual afirma con palabras del Concilio:
– La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella (1776)
La conciencia es de tal manera sagrada y personal, que en ella sólo se meten su dueño y Dios que se la ha dado, y Dios mismo la orienta, le presta ayuda, pero no la violenta jamás, porque Dios la respeta hasta lo sumo.

A no ser que discurran antes, quizá no todos estarán conformes con eso de que la conciencia es un regalo espléndido que Dios nos ha hecho. Porque pensarán:
– ¿Un regalo la conciencia, con los malos ratos que nos hace pasar?…
Pues, sí. Al hablar ahora de la conciencia, podemos asegurar que es un regalo magnífico de Dios. Su mayor castigo sería el dejarnos ir por las nuestras sin ese ¡Alerta! ¡Cuidado!, que previene un peligro y un castigo, y sin ese ¡Bien! ¡Muy bien!, que nos premia al instante cualquier acción buena que hacemos.

Hoy se está revisando muy a fondo este tema de la conciencia, porque está íntimamente ligado con la libertad y el deber.
Reclamamos libertad, y hacemos bien, porque Dios nos ha hecho unos seres libres; queremos democracia, y hacemos bien, porque no hay nadie superior a otro; exigimos el deber a todos, porque tenemos derechos a los que no queremos ni podemos renunciar.
¿Entonces?… O nos formamos en el sentido de responsabilidad, o la libertad se convierte en libertinaje y se apodera de la sociedad el desorden más descomunal. ¿Y quién se encarga de darnos este sentido de responsabilidad? La conciencia, y sólo la conciencia, que nos dice a cada instante dónde está nuestro deber y hasta dónde puede llegar nuestra libertad.

Uno de los mayores clásicos de nuestra lengua, además de gran santo, el Padre Luis de Granada, decía bellamente y con mucha precisión que la conciencia es
– un despertador que no duerme;
– un predicador que no enmudece,
– un maestro que enseña,
– y un ayo o criado que siempre nos lleva de la mano por el camino del bien.
Ese despertador es un poco fastidioso cuando nos portamos mal, y quisiéramos apretar el botón para que nos deje seguir durmiendo, pero no hay manera de silenciarlo.
Ese predicador parece un cura regañón, que se alarga demasiado y no para de hablar.
Ese maestro se empeña en enseñar lecciones duras que no queremos admitir en nuestra cabeza.
Ese criado nos lleva siempre por caminos que no nos gustan y no hay modo de que nos suelte para ir por las nuestras…

Aunque si pensáramos así, nos equivocaríamos del todo. Miraríamos sólo un aspecto de la conciencia, el que no nos gusta; pero dejaríamos de ver su lado bello. Porque la conciencia, si por una parte nos previene contra el mal y nos acusa, por otra parte nos anima, nos estimula, nos alaba, nos premia. Por pequeñita que sea una cosa que hacemos bien, la conciencia empieza a aplaudir y a gritarnos:
– ¡Qué contento que estás poniendo a Dios!…

Al oír expresiones como éstas —y hasta con sólo el nombre de conciencia—, muchos piensan que todo es invento de la Iglesia, para echarnos a perder la felicidad de la vida. Pero no es así. La conciencia viene sólo de Dios. Aunque sí es cierto que la Iglesia es la gran formadora de la conciencia, a la vez que la infatigable defensora de la libertad de conciencia en los individuos y en los pueblos.

Es sabia y aleccionadora la leyenda de aquel pastorcito medieval. Mientras guardaba su rebaño tuvo la ocurrencia de tragarse, sin masticarlo siquiera, un tallo verde que arrancó de un zarzal. No pudo digerirlo, y, al desarrollarse en sus entrañas, echó unas espinas largas y durísimas, que le atormentaban atrozmente, hasta que el pobrecito e imprudente pastor murió en medio de dolores horribles (Leyenda del pastor de Tarascona). La moraleja se desprende por sí misma.

Es muy fácil cometer una acción incorrecta, que de momento halaga mucho. Pero pronto el remordimiento, como espina agudísima, se hace inaguantable, destroza, hace imposible la vida. Con la muerte, se convierte, según expresión del Evangelio, en el gusano que nunca muere (Marcos 9,43). Por el contrario, al decir de la Biblia (Proverbios 15,15), el obrar siempre el bien, ¡trae tanta paz, tanta!…, hasta convertir la vida en un convite continuo…

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