El mundo de los Angeles

8. abril 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Cuando recitamos el Credo decimos de buenas a primeras que Dios es el Creador de todo lo visible e invisible. ¿Qué significa esta palabra invisible? Es indiscutible que, desde el principio, la Iglesia quiso significar con esta expresión el mundo de los Angeles, esas criaturas celestiales que llenan, sin que nosotros las veamos, los espacios inmensos y que son un espectáculo sin igual en la gloria de Dios.

¿Qué concepto tenemos de los Angeles? Ante todo, hemos de quitarnos de la cabeza esos muñequitos rubios con alas de oro y plata que los artistas ponen a los pies de Nuestro Señor o de la Virgen… El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece una lección extraordinaria sobre lo que son y lo que hacen los Angeles incontables que Dios creó (328-326)

Los Angeles son espíritus purísimos, es decir, sin mezcla alguna de materia, inteligentísimos, poderosísimos, ardentísimos en su amor. Los Angeles ocupan el lugar más privilegiado de la creación, y son la imagen más perfecta de Dios entre todas las cosas creadas. Los Angeles, de que nos habla la Biblia desde el principio hasta el fin, constituyen un mundo fascinante que nos sobrecoge. Se ha dicho bellamente:
– Si un solo ángel apareciese visible en el firmamento, rodeado de tantos soles brillantes cuantas son las estrellas que existen, esa multitud de soles aparecerían como soles opacos y sin luz… (San Anselmo)

Aparte de la Biblia, la historia de la Iglesia está llena de casos y casos, creíbles, serios, de muchas almas privilegiadas que han tenido de parte de Dios la aparición de Angeles, y no saben cómo describir la maravilla que han contemplado. Baste lo que nos dice una Teresa de Jesús:
– El Señor quiso que viese al ángel. Muy hermoso. Parece que todos se abrasan. y todos los Angeles en el Cielo tan diferentes unos de otros, y otros de los otros, que no lo sé decir…

Por otra parte, Dios los creó en una multitud tan incontable, que la Biblia, desde las visiones de Daniel a las del Apocalipsis, no saben decir otra cosa sino millares de millares, que nosotros traduciríamos hoy por millones de millones… (Daniel 7,10. Apocalipsis 5,11)

Y la Biblia, para decirnos lo que son, recurre a muchos nombres con los cuales quiere agotar lo que nadie entiende.
Unas veces los llama Serafines, para decirnos que están abrasados en amor.
Otras, Querubines, para indicar su inteligencia inmensa.
Dice que son Tronos, para significar que son como la peana donde Dios se asienta.
Si les llama Dominaciones, quiere decir que Dios les ha encomendado el gobierno de las cosas.
Si dice que son Virtudes, indica en ellos un poder y fuerza imponentes.
Si llama Arcángeles a algunos, quiere decir que son de los más significados…
Y así otros nombres a cuál más bello. Pero al decir Angeles sin más, que significa enviados, indica que son los mandatarios de Dios para cumplir sus órdenes en orden a la salvación de los hombres.

Aunque sean las criaturas más excelsas de la creación, sin embargo, como nos dice la Biblia en la carta a los Hebreos, el Hijo de Dios —para realizar la salvación, ser la cumbre de la creación y constituirse en una criatura que diese a Dios todo el honor y toda la gloria—, no quiso tomar la naturaleza del ángel, sino que quiso hacerse hombre. Y ahora esa multitud inmensa, incontable e inimaginable de los Angeles, se pone al servicio de un hombre, del Hombre-Dios, de Jesucristo, que es el Rey, el Señor, el Dueño de los Angeles. Como se rinden también gozosos ante quien la Iglesia llama la Reina de los Angeles, una Mujer, María, que está sobre todos ellos.

A la piedad cristiana le ha satisfecho siempre la devoción a los Angeles. El arte ha encontrado en ellos una fuente inagotable de inspiración. Y cuando se piensa en la gloria que Dios nos tiene preparada, salta ante nuestra imaginación esa multitud incontable de criaturas celestiales que deben ser el adorno más deslumbrante y espectacular de aquella ciudad soñada.

Al pensar así, tenemos como guía, ante todo, la Biblia como Palabra de Dios. Si los Angeles no fueran todo eso, Dios no los habría mostrado tantas veces como lo hace en las páginas sagradas. Quizá el pasaje más clásico y más emotivo lo constituye la noche de Belén. Los pastores tuvieron la suerte de contemplar aquella multitud del ejército celestial que iban cantando por las alturas el ¡Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres amados de Dios!…

Y, aparte de la Biblia, la teología católica ha pensado siempre igual: Entre Dios y el hombre, Dios ha colocado esos espíritus puros, ajenos a toda materia y tan semejantes a Dios, el Ser purísimo.

Jesucristo nos dice que cuando vuelva al final para juzgar al mundo, vendrá rodeado de todos sus Angeles. Digamos que para aquel día se prepara un espectáculo colosal…

Los Angeles, estas criaturas celestiales, son ahora los acompañantes invisibles que llevamos al lado para guardarnos, para defendernos, para guiarnos hasta llegar al término feliz de la vida. Mañana serán, en una visión fascinante, el mayor espectáculo de los cielos. Estamos preparados para ver algo grande…

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