El Dios Amor

28. abril 2014 | Por | Categoria: Dios

¡Dios!… Una palabra tan breve, cuatro letras en una sílaba, y que nos habla tanto… La que más nos dice. La que llevamos siempre en los labios. La que no se nos escapa del corazón. ¡Dios!…
El Beato Federico Ozanam, que tenía junto a su lecho de muerte a la esposa tan querida y a la hija tan bella, las miraba con cariño inenarrable: Mi esposa y mi hija…, sí. Pero, añadía a su hermano el sacerdote:
– ¡Dios! ¡Lo quiero tanto!…
Era el suspiro y el testamento de un santo que no había hecho otra cosa en la vida más que amar, que cumplir el primero y máximo de los mandamientos: amar a Dios con todo el corazón, y a los prójimos también con corazón inmenso, como lo atestiguaban a la faz del mundo sus Conferencias de San Vicente de Paúl, las cuales llevaban pan, vestidos, consuelo, cariño, a tantos y tantos pobres de Francia y, ya para aquellas horas, de tantos otros países.

¡Dios!… San Juan de la Cruz nos dejó una sentencia luminosa, hoy tantas veces repetida: A la tarde de la vida te examinarán del amor. ¿Cuál será la calificación que nos llevaremos?…
“Dios que ama y que quiere amor”.
Esta es la tesis de la revelación de Dios y de la teología cristiana. Si le preguntamos a Dios: ¿Y qué nos dices Tú a lo largo de toda la Biblia, que es tu palabra? Dios nos responderá simplemente: Que soy todo amor, que os amo mucho.
Y si le preguntamos a un teólogo, o al Catecismo de la Iglesia Católica: ¿Qué tenemos que hacer para responder a Dios, que se nos ha revelado? Todo el Magisterio de la Iglesia no sabrá darnos más que esta respuesta: Que amemos a Dios, porque nos ha amado Él primero
El amor resume toda nuestra relación con Dios, como resume toda la relación de Dios con nosotros.

Cuando queremos hablar de Dios le damos infinidad de nombres, porque no hay palabra que nos haga designar debidamente al que no tiene nombre, y buscamos una y otra palabra para decir lo que es Él, y siempre nos quedamos cortos. Inventamos expresiones de grandeza, de majestad, de respeto filial, de asombro silencioso, y ninguna nos llega a satisfacer, ninguna nos llena del todo. Acudimos a lo que el mismo Dios nos dijo de Sí mismo en la Biblia, y nos encontramos con dos sorpresas.

A Moisés le dice: YO SOY. Y esta expresión, “Yavé”, significa a lo largo de la Biblia: el Dios Fiel, el que el salva porque lo ha dicho y cumple la promesa. Cuando venga su Hijo al mundo, le encargará a María, y después a José: “le pondrás por nombre Jesús”, es decir, el que es, el que salva, “Yavé que salva”, Jesús el Salvador (Exodo 3,14. Lucas 1,31. Mateo 1,21)

Viene después Juan, el discípulo amado, el que ha recostado su cabeza sobre el pecho de Jesús y ha penetrado como nadie en sus misterios, y, puesto a dar un nombre a Dios, se atreve a definirlo con esta expresión, que no se nos cae de los labios: “Dios es Amor”. Y Juan explica su atrevimiento, al dar a Dios este nombre: “Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo su Hijo único para que vivamos por él” (1Juan 4,8-9). “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único. Dios no envió su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo” (Juan 3,16-17)

De este modo, lo más alto, lo más íntimo, lo más santo, lo más admirable de cuanto conocemos de Dios, es su AMOR inmenso, sin fronteras, con el que se ha volcado sobre nosotros.
Este Dios tiene ahora derecho a pedirnos, como contrapartida, el amor nuestro. Y lo hace con palabras tiernas ya en el Antiguo Testamento: “Hijo mío, dame tu corazón” (Proverbios 23,26).
Después Jesús, ya en el Nuevo Testamento, cuando está a punto de entregarse a la muerte por nosotros, nos pide con todo derecho, aunque lo hace también con una ternura indescriptible: “¡Permaneced en mi amor!”.
El amor tuvo origen en Dios, “que nos amó primero” (1Juan 4,10), pero nosotros le hemos respondido con amor por gracia suya. De este modo, todo empezó por el amor y todo se consumará en el amor.

Nadie ha expresado quizá este hecho con más precisión y más profundidad que la joven Doctora de la Iglesia Teresa del Niño Jesús, cuando nos dice:
– Yo no he dado a Dios más que amor, y Él me pagará con amor.
Antes que ella, su madre y maestra Teresa de Jesús, la Santa Doctora de Ávila, lo había dicho con palabras sublimes, expresando su experiencia propia: -Estas palabras me dice su Majestad muchas veces, mostrándome gran amor: “Ya eres mía, y yo soy tuyo”. Las que yo siempre tengo costumbre de decir, y a mi parecer las digo con verdad, son: ¿Qué me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos?…

 ¡Amor! Es lo que vamos a gozar sin límites en la eternidad dentro del seno de Dios, cuando lo veamos cara a cara: amar a Dios sin medida, y ser poseídos por el amor de todo un Dios.
Siempre el mundo ha ido en busca del amor, como es natural. Pero modernamente el amor se ha convertido, más que en una aspiración, casi en una manía patológica. Porque hoy el mundo pone el amor donde no está el amor, y es entonces fenomenal el error que muchos padecen. El amor está en Dios, porque Él es amor. Y lo que hay de amor verdadero en los hombres procede sólo de Dios.

Dios no es celoso del amor que Él ha creado en nosotros, hombres y mujeres, criaturas e hijos suyos. Y Dios es el primero en querer que gocemos del amor humano, como brotado de su mismo amor divino.
Aquel moribundo santo, ¿dejaba de amar a la esposa y a la hijita, porque amaba tanto a Dios?…  
                

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