Dios es mi luz

7. abril 2014 | Por | Categoria: Dios

¿Por qué siempre que pensamos en Dios lo tenemos que asociar con la luz? Es algo que no falla en nuestra imaginación. Con el apóstol Juan, nos repetimos convencidos: “Dios es todo luz, y en Él no existen las tinieblas” (1Juan 1,5). Y Dios mismo, en la Biblia, lo primero que crea, como reflejo de su gloria y de su vida, es la luz: ¡Que se haga la luz! Y la luz apareció inundando lo que antes no era sino oscuridad total. Para nosotros, Dios es todo luz, y la luz no es más que el destello del ser y de la gloria de Dios.

Además, nosotros mismos, con el apóstol San Pablo que nos dice: “Sois luz en el Señor” (Efesios 5,8), nos vemos revestidos de luz cuando vivimos la vida de Dios por su Gracia. La conciencia pura nos hace ser luminosos, mientras que la conciencia mala nos sepulta en tinieblas impenetrables.
La luz, imagen bella y radiante de Dios.
La luz, reflejo de Dios en nuestras almas.

Dios nos dijo una vez lo que es esta realidad divina y cristiana con Alonso Rodríguez, aquel hombre bueno que, al enviudar, entró como Hermano lego en la Compañía de Jesús. Era tan humilde, que Dios se complacía en elevarlo a las mayores alturas de la vida mística.
– A ver, Hermano, ¿qué es lo que le pasó aquel día?
Y Alonso lo tuvo que contar:
– No sé; Dios me elevó a las alturas, a lo que llamaban antes el primer cielo. Después, subí más y más, cada vez envuelto en mayor luz. Hasta que llegué a aquel tercer cielo de que habla San Pablo. ¡Qué luz! ¡Qué resplandor! La luz del sol no era nada al lado de aquella luz tan sin igual.

La luz es el símbolo más bello de Dios. Todas las cosas están llenas de la hermosura de Dios cuando las inunda la luz. Con la luz tienen color, calor y vida, mientras que sin la luz son fealdad y muerte.
Donde hay luz hay claridad, hay belleza, hay calor, hay vida, hay crecimiento, hay verdad, hay esperanza y alegría.
Cuando Dios determina manifestarse al mundo de una manera total y definitiva, manda su Hijo a la tierra y Juan, en el prólogo de su Evangelio, lo reconoce y lo manifiesta como la Luz del mundo, luz que refleja toda la luz de Dios. El mismo Jesucristo se confiesa con autoridad en ocasión solemne: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8,12)

La escena del Tabor es el cuadro más esplendoroso, a la par que uno de los más aleccionadores de todo el Evangelio. La condición humana de Jesús, como la condición nuestra, era de humildad, sacrificio y entrega hasta la cruz. Pero esa humildad y sacrificio no eran lo final y definitivo. Lo último será aquella luz fantástica, inimaginable, que arrancó a Pedro la exclamación alocada: ¡Qué bien se está aquí!…
Era la misma luz inexplicable que contemplará Pablo ante las puertas de Damasco, y que le hará decir después, cuando la recuerde, que Dios habita en una luz inaccesible (1Timoteo 6,16)
Pero, ya se ve, todo esto no es más que una manera nuestra de hablar acerca de Dios. Cuando Dios nos dice por el profeta: “Mi justicia se establecerá entre los pueblos a fin de iluminarlos” (Isaías 51,4), y nos añade por San Pablo que nos ha “iluminado con la luz del Evangelio” (Colosenses 1,12), de manera que somos “luz en el Señor” (Efesios 5,8), para “resplandecer como lumbreras del mundo” (Filipenses 2,15), entonces nos dice Dios que su luz es para nosotros y en nosotros santidad, fe, gracia, testimonio.

Esa luz es la santidad de Dios en nosotros, que somos un pueblo de sacerdotes, linaje de reyes, pueblo santo, escogidos para publicar las grandezas de aquel que nos sacó de las tinieblas de la culpa y nos trasladó a su luz admirable (1Pedro 2,9). Nuestra santidad, exigida por el Bautismo, es la luz de Dios en el mundo.

Esa luz es la fe que Dios infundió en nuestras mentes, con la cual percibimos y vemos la verdad de Dios en todo su esplendor. El creyente mira el mundo y la vida futura con ojos muy diferentes que el infiel. Por la fe conocemos todos los secretos de Dios, y es la fe la garantía firme de nuestra salvación. Por eso defendemos la fe hasta con las uñas, si es preciso.

Esa luz es la Gracia, que transforma nuestro ser interior con la vida y la belleza de Dios. El día en que se rompa el envoltorio de nuestra carne mortal nos daremos cuenta de que ya aquí, en este mundo, llevábamos dentro la belleza que encerraba el cuerpo mortal de Jesús y que sólo por unos momentos dejó traslucir en el Tabor. Por eso también el cristiano es tan celoso de vivir siempre en esa Gracia de Dios, que es su mayor tesoro.

Esa luz es el testimonio que el cristiano da de la vida divina que lleva dentro. Los escritos de los Apóstoles se hacen eco constante de las mismas palabras del Señor: “Brille así vuestra luz ante los hombres para que, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre celestial” (Mateo 5,16)

Uno de los astrónomos más famosos se dirigía a Dios con estas palabras: Mediante la luz de la naturaleza Tú despiertas en nosotros la nostalgia por la luz de tu gracia, para elevarnos a la luz de tu gloria. Mira, Señor, he acabado la obra de mi vida con el espíritu que Tú me has dado, he manifestado la gloria de tus obras a los hombres, en cuanto mi alma ha sido capaz de comprender tu infinitud (Kepler)
¡Bien dicho por el gran astrónomo!
Como él, nosotros, después de haber sido luz y esparcido luz, la luz de Dios, no tendremos más que entrar en aquella ciudad que nos muestra el Apocalipsis (22.4-5), en la cual los justos no necesitarán luz de antorcha ni luz de sol,  porque los alumbrará solo Dios, el que es todo luz…

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