Un torrente de misericordia

17. marzo 2014 | Por | Categoria: Dios

La ciudad de Alejandría, en Egipto, una de las más grandes metrópolis del Imperio Romano, tuvo un Obispo santo, llamado Juan. Y este Obispo contaba lo que le pasó cuando todavía era muy joven. Algo que le marcó para toda su vida, tanto para su propio provecho espiritual como para el desempeño de su cargo como pastor de una iglesia tan importante.
Pues, bien. Estaba un día en oración, pensando en Dios, pero a Dios no lo veía por ninguna parte.  A quien vio fue a alguien muy diferente. Se le presenta cariñosa, atractiva, una muchacha que era todo un primor. Le sonríe. Se sonríen mutuamente los dos.
– Bien. Y tú, linda, ¿quién eres?
– ¿Yo?… ¿Quién te figuras que soy? Nada menos que una consejera de Dios.
– ¿Tú? ¿Tú das consejos a Dios?…
La muchacha se va transformando poco a poco, hasta quedar luminosa más que el sol, pero sin ofender ni ofuscar la vista.
– Sí, yo soy nada menos que la hija primera del Rey Altísimo. El día que quieras, yo te presentaré a Él. Dios te aceptará inmediatamente. ¿Quieres saber hasta dónde llega mi poder con Dios? Piensa en lo que le aconsejé un día al mismo Dios. Estaba el mundo perdido, los hombres tenían sentencia de condenación, y fue entonces cuando le sugerí: ¿Por qué no bajas a la tierra Tú mismo, te haces hombre, y los salvas a todos? Dios se miró en mí, y le dijo a su Hijo: ¿Por qué no sigues este consejo? ¿Lo aceptas? Y, ya lo ves, el Hijo de Dios que se hizo hombre para ser vuestro Salvador.
– ¡Oh!… ¿Y cómo te llamas tú, preciosa?
Ahora añadía la joven, sonriendo cada vez más cariñosa y seductora:
– ¿Yo?… Yo me llamo La Divina Misericordia (Visión escenificada del Santo. D. 181)

Esta visión de aquel Obispo santo es de una gran profundidad teológica. La Divina Misericordia se identifica con el mismo Dios. Podríamos decir con algo de atrevimiento que Dios no tiene misericordia, sino que ES Misericordia. Porque su misma Justicia se confunde con su Misericordia, como lo expresó de manera admirable Teresa del Niño Jesús, la joven y profunda Doctora de la Iglesia, cuando nos dice:
– ¡Qué dulce alegría pensar que Nuestro Señor es justiciero, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades y conoce por completo la fragilidad de nuestra naturaleza. ¿Qué puede, pues, asustarme?

Cuando el mundo está más que nunca sumergido en tanta culpa, entonces ha tenido Dios la providencia de suscitar en su Iglesia una devoción también muy especial a su Misericordia divina.
Esa devoción moderna comenzó por una humilde religiosa polaca, hoy conocida por toda Iglesia, Santa Faustina Kowalska, que le oyó a Jesús: No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla con mi Corazón misericordioso.
Esa estampa de Jesús —que mira con unos ojos de amor indecibles y que deja salir de su Corazón un torrente de luz intensa— es hoy conocida en el mundo entero.
El Papa Juan Pablo II, pasado ya el Gran Jubileo, ante una multitud inmensa llegada de todas partes y que llenaba la Plaza de San Pedro en el Vaticano, proclamaba el Domingo siguiente a la Pascua como el Domingo de la Misericordia. Signos de los tiempos, que nosotros entendemos a la luz de la fe.
Al mundo moderno sólo puede salvarlo una inundación de misericordia. Y Dios lo quiere salvar, no perderlo como mereceríamos en justicia. ¿Sabremos agarrarnos a la misericordia de Dios?
El mundo actual, oprimido bajo el peso de su propio pecado, necesita romper las barreras del vacío, del miedo y de la tristeza que lo atenazan. ¿Y cómo lo conseguirá? Sólo mirando esos rayos de luz que lo envuelven en el amor de Dios, el cual nos sigue amando a pesar de todos los pesares.
El mundo actual, encenagado en la culpa, necesita el baño del agua y de la sangre que salieron del costado de Cristo, sangre y agua convertidos hoy en esos rayos de luz que arrancan del Corazón del Señor.
El mundo actual, tan dividido, tan en guerra siempre, necesita unirse en el amor para acabar con tanta desgracia como le aflige. ¿Y dónde, sino en el amor misericordioso de Cristo, hallará ese punto de unión que aglutine todos los corazones hoy dispersos?

¡El Corazón de Cristo! —decía aquel día el Papa, con hondo sentimiento—. Su Sagrado Corazón ha dado a los hombres todo: la redención, la salvación, la santificación. A través del misterio de este Corazón rasgado, no cesa de derramarse sobre los hombres y sobre las mujeres de nuestro tiempo el río vivificante del amor misericordioso de Dios. Quien suspire por una felicidad auténtica y duradera, sólo aquí, en este Corazón, hallará el secreto“.
¿Entendemos el valor de esa oración tan cortita, tan sencilla, tan repetida por muchos, y traída también por el Papa: Jesús, confío en ti? Entre nosotros, se ha divulgado más con estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

Son muchas las veces que nos quejamos de la marcha fatal que lleva en mundo en nuestros días, y nuestras quejas están plenamente justificadas. Pero no caemos por eso en el pesimismo, pues sobre nuestras culpas se enseñorea siempre la Misericordia inmensa de Dios.
Esa Misericordia, que, como aquella muchacha bonita que vio el Obispo alejandrino, le sigue “aconsejando” a Dios: ¡Salva, salva a los hombres que Tú creaste! ¡Salva, salva a los hombres por los que tu Hijo murió de aquella manera en la Cruz! ¡Hazlo, buen Dios! Que si lo haces, ya verás, ya verás como esos hombres malos se van a hacer muy buenos, y ya verás, ya verás cómo te van a querer después!…

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