Otra vez: amarás

4. marzo 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Una vez, anteriormente, trajimos el Primer Mandamiento de Dios, que nos impone el amor. Pero nos quedamos en su primera palabra, sin mirar los dos cauces que Dios ha señalado al único amor del corazón: Dios y el hermano. Hoy, vamos a adentrarnos en esos dos brazos del río por el que van corriendo las aguas de nuestro amor, hasta que desemboque en el mar inmenso de la eternidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos puntualiza acertadamente que ese amarás con todo tu corazón del mandamiento de Dios, hay que tomarlo en el sentido bíblico que encierra, es decir, en lo más profundo del ser, donde la persona se decide o no por Dios (368)
Que es como si nos dijera:
-¿Te decides a amar, si o no? ¿Vas a amar a tu Dios, olvidándote de tu hermano, si o no? ¿Vas a querer a los demás sólo como un filántropo, como un camarada, olvidándote de tu Dios, si o no? ¿Estás decidido a amar con un mismo amor a Dios y a tu hermano, sí o no? ¿Sabes que te juegas tu salvación al decidirte o no decidirte a amar a tu Dios y a tu hermano a la vez,  sí o no?…

El amor va dirigido a Dios, en primer lugar. No puede ser de otro modo. Nuestro Creador, nuestro Salvador, nuestro Padre, nuestro Premiador, ¿no tiene derecho a decirnos, casi como una súplica: Hijo, dame tu corazón?
Jesucristo, nuestro Redentor, ¿se excedió cuando nos pidió: -Permaneced en mi amor?…  

Viene después una consecuencia necesaria: amar al prójimo. Y es que no puede ser de otra manera. Porque Dios ha volcado su vida en el prójimo y lo ha hecho su imagen e hijo suyo, a la vez que nos ha hecho hermanos a todos.
Como una comparación familiar, sería curioso ver a un muchacho amar con locura a su novia, y, al recibir de ella una fotografía, tirarla a la papelera o a la basura como algo sin ningún valor… Así, Dios y el hermano están identificados como la novia y su foto… Y no podemos estar con Dios si no estamos con quien es imagen del mismo Dios.

Tenemos en la Iglesia una tradición encantadora, que nos transmite con toda autoridad, entre otros, el Doctor Máximo de la Biblia, San Jerónimo. En la primitiva Iglesia amaban todos con pasión a Jesucristo. Querían tener recuerdos de Él. Y le pedían a Juan, el apóstol más querido del Señor, que les contara cosas y más cosas del Señor. Ancianito casi centenario, era llevado a la asamblea, lo sentaban en medio del corro, y le importunaban cada vez más:
– Cuéntanos cosas del Señor Jesús.
Y él, siempre lo mismo:
– Amaos los unos a los otros, como nos encargó Él.
Hasta que los oyentes, cansados al fin, le dicen:
– Oye, Juan, cambia de disco, que éste ya está demasiado rayado (no se lo decían así; así se lo hubiéramos dicho nosotros hoy)
Y Juan, nos dice San Jerónimo, respondió con una sentencia digna de Juan:
– Es que éste es el precepto del Señor, y, si éste cumplimos, tenemos bastante.  

Una anécdota semejante —contada tantas y tantas veces— ha valido en la Iglesia por miles de sermones sobre el primer mandamiento del Señor. Cuando nos amamos mutuamente estamos enlazando con la tradición cristiana más pura, con aquellos hermanos de los que se decía: ¡Mirad cómo se aman!…

Este amor a Dios y al hermano tiene dos expresiones inequívocas de autenticidad: en la oración y en la ayuda.
De este modo, la boca y las manos son la manifestación del amor. ¿Ama a Dios el que no reza nunca? ¡No!… Mientras que cuando vemos que una persona está siempre en oración, decimos sin más; ¡Cuánto que ama a Dios!… ¿Ama al hermano el que no sabe echar la mano a la billetera o al bolso, el que niega una sonrisa, el que no sabe que vive para servir? ¡No!…

Hoy tiene especial importancia este mandamiento del Señor tomado en su doble dimensión. Si todo se nos va en actividad social, humanitaria, filantrópica, sin que el amor al prójimo y al mundo nazca de la fe, y sin meter a Dios en el hermano y en el mundo, nuestras obras sociales valdrán poco. Dios y el hombre, a la vez, son la única fórmula válida y perfecta.

La Madre Teresa de Calcuta lo dijo de manera incuestionable:
– Nuestro compromiso no es con los pobres sino con Jesucristo.
Porque si es con el hombre, el día en que el hombre nos moleste y ya no nos diga nada, ese día se acabó todo. Pero, si es con Jesucristo, al decirle que le queremos, nos responderá siempre lo mismo:
– Si me quieres, vete a ese mi hermano que me está necesitando…

Este es el gran Mandamiento: ¡amar, amar apasionadamente con todo el corazón! ¿Podía Dios imponernos algo más exigente y más delicioso, que amar, amar y más amar?…

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