La Iglesia Primitiva

5. marzo 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Son muchas las veces que empleamos esta expresión: La Iglesia Primitiva. Diríamos mejor, La Iglesia Apostólica. Es la primera comunidad cristiana de Jerusalén, la de los Apóstoles, la nacida el día de Pentecostés, la que nos describen los Hechos de los Apóstoles en sus primeros capítulos.
Esta Iglesia Primitiva constituye un ideal perenne para la Iglesia de todos los siglos. Si viviéramos como aquellos primeros hermanos nuestros, se difundiría tanta luz en la tierra que pronto acabaríamos con el mundo pagano. Nuestro testimonio sería irresistible.
Ateniéndonos a los Hechos de los Apóstoles, podemos señalar algunas características principales de esa Iglesia primera.

* Estos primeros cristianos vieron cumplida la promesa de Jesús, que les había dicho:
– Me voy, pero volveré a vosotros… Y con vosotros estaré hasta el fin del mundo.
Sentían presente a Jesús. Sobre todo, lo sentían entre ellos cuando se reunían en comunidad. Tenían fe inmensa en lo de Jesús:
– Donde se reúnen dos o más en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.

* Lo hacen en torno a María, como Madre de la Iglesia naciente. Lucas ha tenido un tacto finísimo al hablarnos de la presencia de María en medio de los Apóstoles y de los discípulos en el Cenáculo.
María cuenta cosas de Jesús que sólo Ella conoce. Las comunica a los Apóstoles más íntimos, como Juan, y por Ella sabemos lo de la infancia y niñez de Jesús, que nos narran los Evangelios de Lucas y Mateo.
Pero María en la Iglesia Primitiva es allí sólo el corazón. Es la única misión que Ella tiene.
Porque la cabeza, el gobierno, la dirección, les toca a los Apóstoles, a los Doce, los elegidos por el Señor. Y los Doce están unidos y trabados en Pedro, a quien Jesús dijo:
– Sobre ti edifico mi Iglesia…. Confirma a tus hermanos.

* La dirección suprema, invisible, es siempre de Jesús, que actúa por su Espíritu Santo, el cual se manifestó como fuego purificador, que eliminó el pecado e inauguró la nueva creación en santidad. El mismo Espíritu, que se manifestó también como viento huracanado, lanzó a la Primitiva Iglesia a anunciar el Evangelio por todas partes, hasta el último rincón del Imperio Romano.
Unidos en la misma fe y en el mismo amor, hablaban el mismo lenguaje del Espíritu Santo, significado en aquel hablar todas las lenguas el día de Pentecostés y entendiéndolas todos.
Estaban tan llenos del Espíritu, tan entusiasmados, que los judíos los tomaron por unos verdaderos borrachos… ¡Qué feliz borrachera, no de vino, sino de Espíritu Santo!…

* Y todos se sentían videntes y profetas. Porque todos, iluminados por el Espíritu, hablaban del Señor, daban testimonio de Él, lo proclamaban a todos.
Su fe era tan sencilla como profunda. Toda se cifraba en Jesucristo, el muerto y el resucitado.
Habían recibido el Bautismo, y llevaban la vida nueva que su Bautismo les exigía, de modo que eran la admiración de todos y de todos se daban a respetar.

* El centro de su vida era ciertamente la Fracción del Pan, la Eucaristía, en la cual sentían la presencia viva y real de Jesús, que les seguía diciendo:
– Tomad, comed, que esto es mi cuerpo.
Y en la Eucaristía, sobre todo, se manifestaba esa vida de oración en la cual pasaban el día entero: en el Templo, en las casas, y cada uno particularmente, adorando al Padre en espíritu y en verdad.

* Vivían hermanados por la comunicación de los bienes, hasta decirnos Lucas que no había necesitados entre ellos, porque todos se ayudaban mutuamente.
Tanto era así, que los primeros capítulos del libro de los Hechos se resumen en esta frase inmortal, la cual hace casi saltar las lágrimas:
– La comunidad de los creyentes no formaban sino un solo corazón y una sola alma.

* Lo realizaban todo sin escisiones, ni en la fe ni en el amor, porque todo estaba supervisado por la autoridad de los Doce, y todos perseveraban fieles en la doctrina impartida por los Apóstoles.
Dios ponía su sello a todo, y todo lo confirmaba con prodigios y señales, con milagros resonantes, que realizaban los Apóstoles para demostrar a todo el mundo la fuerza de Jesucristo el Resucitado.

Si todo esto nos lo inventáramos nosotros, no mereceríamos ningún crédito. Porque apareceríamos como unos soñadores. Sin embargo, no hay un solo detalle de éstos que no lo digan expresamente los Hechos de los Apóstoles.
¿Cómo es posible que ese cuadro tan fantástico sea una realidad? No hay sociedad humana que pueda realizar estas maravillas.
Y, sin embargo, esto es lo que nos dice la Palabra de Dios en la Biblia. Esto es lo que hacían nuestros primeros hermanos en la fe, fieles a la gracia del Espíritu Santo, y con el ideal del Señor Jesús, viviente en medio de ellos. Leer los Hechos de los Apóstoles resulta de lo más delicioso.

¿Ha cesado el poder de Dios en su Iglesia?
No, el poder de Dios no ha cesado, y no cesará jamás.
Aquella vida maravillosa la podemos llevar hoy nosotros. Por eso la Iglesia canta hoy lo que de sí misma cantaba la Iglesia Primitiva, puesto en labios de María:
– El Señor hizo en mí maravillas. ¡Gloria al Señor!…

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