Fe en la Iglesia

26. marzo 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Al querer hablar hoy de la fe en la Iglesia vamos a recordar, como una introducción interesante, la historia de un gran convertido, contada por él mismo.
Al encontrarse casualmente sobre su piano los cuadernos de un amigo músico, tuvo una sospecha siniestra:
– ¡Ahora me acuerdo que éste me dijo que pensaba hacerse católico! Desde luego, no ha debido pasar nada cuando nada he sabido de ello, pues me lo hubiese dicho todo. Pero, por si acaso, no estará mal que rece por él.
Y se puso a orar con las manos juntas.
– ¡Dios mío, que no ocurra tal cosa! ¡Que no se haga católico!…
Dios le pilla la oración, pero volviéndola toda al revés. De repente —nos cuenta él—, y de un modo fulminante, como sigue el trueno al relámpago, recibí la respuesta de la Biblia: Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Quedé aturdido. Me atemoricé. Si Cristo lo dijo, y así lo leo en el Evangelio, entonces es verdad. Luego la Iglesia Católica tiene razón. Luego mi vida ha sido un error… Más de una hora estuve sentado, sin poder moverme. Así entró la fe en mi corazón (Ingeborg y Magnussen)

Este hecho nos lleva a preguntarnos sobre el acto de fe que Dios le inspiró al convertido en aquellos momentos dramáticos, y que nosotros expresamos con estas palabras del Credo:
– Creo en la Santa Iglesia Católica.
Aunque pareciera que aquí no cabe la fe, pues fe es creer lo que no se ve. ¿Y no vemos con nuestros propios ojos la Iglesia, a sus miembros, a sus ministros, sus templos, su culto, sus instituciones? ¿Es que no sabemos las fechas y los lugares de su Historia? ¿Qué secreto tiene para ser un misterio?…

Si queremos entender a la Iglesia, hemos de remontarnos a la fuente: al pensamiento de Dios que dio origen a esta institución divina, misteriosa, pero encarnada en la historia de los hombres.
San Pablo nos revela el misterioso secreto de Dios, manifestado en Cristo, y realizado después por la Iglesia en todas partes y en todos los tiempos, hasta nuestros días, hasta el fin del mundo…
Pablo nos hace retroceder a los siglos eternos y nos mete en el seno de Dios, antes de que existiera nada. Dios quiere desbordarse en la creación del universo, que culminará en el hombre, un hijo a quien ve metido en su seno divino, y en el que sueña no durante nueve meses, como nuestras mamás queridas, sino durante toda su eternidad. Y se dicen las Tres Divinas Personas:
– Haremos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Lo amaremos y nos amará. Después, le daremos nuestra misma gloria.

Y así fue. Lo sabemos por la misma Biblia, que en sus primeras páginas nos lo describe todo con maestría genial. Aunque la ilusión de Dios se convirtió, nada más creado el hombre, en una catástrofe terrible. El enemigo, Satanás, el ángel caído, llevado del odio a Dios y de la envidia al hombre, engaña a Adán y Eva, y hace fracasar los planes de Dios.

Ante semejante fracaso, las Tres Divinas Personas tienen ahora que preguntarse:
– ¿Qué hacemos? ¿Desistir de nuestro plan de amor? ¿Dejarnos vencer por el enemigo, que se ríe de su Dios?… ¡No! ¡Esto, de ninguna manera!…
Y viene la gran determinación, propuesta por el Padre, aceptada por el Hijo, y llevada a cabo por el Espíritu Santo.
– Tú, Hijo mío, te harás hombre. Un hombre en todo igual a los que serán tus hermanos. Así aplastarás a la fiera en su mismo cubil. Muerto por los hombres tus hermanos, después volverás resucitado a mí, tu Padre. Pero antes, dejarás establecido en la Tierra el Reino de Dios. Se lo encomiendas al Espíritu, y Él cuidará de tu obra hasta el final…

Esto, es un auténtico consejo de guerra, el plan del Estado Mayor del Ejército, que se mantendrá en secreto hasta que todo sea un hecho consumado y se haya conseguido la victoria. Debe coger al enemigo de sorpresa. El demonio se dará cuenta cuando no tenga ya nada que hacer y haya mordido el polvo de la derrota. Entonces la victoria se publicará a los cuatro vientos por los reporteros —en este caso los Apóstoles— que llevarán el pregón del triunfo hasta los últimos confines de la Tierra.
¿Que todo esto no es más que una imaginación nuestra? ¿Que la Biblia no dice nada de ello?… No; no es imaginación nuestra. Esto es, aunque desarrollado por nosotros, lo que dice el apóstol San Pablo a los Efesios y ya les había insinuado a los de Corinto:
– Dios me ha dado la gracia de evangelizar a todos el misterio escondido desde todos los siglos en Dios, para que aparezca ahora a los espíritus por la Iglesia la profunda sabiduría de Dios (Efesios 3,10)
Los demonios, ignorantes del designio de Dios, lanzaron a los hombres a crucificar a Cristo, y cayeron en su propia trampa… (1Corintios 2,7-8)
Cristo Crucificado ha sido esa salvación que ahora lleva la Iglesia a todas partes, impulsada por el Espíritu Santo.

¿Es o no es la Iglesia un misterio? ¿Podemos o no podemos decir: Creo en la Iglesia Católica?… Al hacer nuestra profesión de fe, cantamos la sabiduría de Dios, su amor misericordioso, la victoria de Jesucristo, la fuerza del Espíritu, la derrota de Satanás, nuestra propia salvación… Una y otra vez repetimos, siempre con entusiasmo creciente: ¡Creo en la Iglesia Católica!…

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