Alegres a todo serlo

25. marzo 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Cuando hablamos modernamente de la vida cristiana hacemos hincapié muy especial en la alegría. Los cristianos queremos ser, debemos ser,  alegres a todo serlo. El apóstol San Pablo nos recuerda que el Reino de Dios es justicia, alegría y paz (Romnos 14,17).  Lo de menos son las prácticas rituales y las caras largas de penitentes… Lo que importa es la santidad que se lleva dentro, y que se manifiesta en la tranquilidad del corazón y en el gozo inexplicable que llena nuestra vida.

Esta alegría es un fruto exquisito del Espíritu Santo. Y el Catecismo de la Iglesia Católica  pide que en el domingo no nos entreguemos a trabajos que nos impidan el disfrutar de la alegría propia del día del Señor. En este día estalla de modo especial la alegría que llevamos dentro (736. 2185. 2819). Y en el domingo se trata precisamente de esto: de acumular energías para seguir cantando felices en medio del trabajo que nos espera durante la semana.

Esta alegría nuestra es muy diferente de la que puede dar ese mundo que vive de espaldas a Jesucristo. El Señor distinguió muy bien una de otra, cuando decía:
– Yo os doy mi paz, mi alegría, de una manera muy diferente de como la da el mundo. La mía será total, y no os la podrá quitar nadie… (Juan 14,27, 15,11. 16,22)

La alegría del mundo se basa en el disfrute de cosas que pasan, y muchas veces en cosas simplemente malas. Es imposible que sea una alegría verdadera y que pueda llenar el corazón. La alegría de Cristo se cimienta en valores muy subidos, y hasta puede compaginarse con el dolor por las contrariedades de la vida. Jesucristo, en el sermón del monte, proclamaba ¡felices, felices! a los pobres, a los que lloran, a los que sufren…

Señalamos siempre como las dos causas de la alegría cristiana la paz de la conciencia y la esperanza cierta de los bienes futuros.

La paz de la conciencia es necesaria para ser feliz, pues la alegría no puede anidar en un corazón angustiado por la culpa. Pretender ser feliz con una conciencia mala, es como querer bailar con un clavo en el zapato que se hunde en el pie. La música y el baile podrán ser muy divertidos, ¡pero ese clavo!…, ese clavo lo echa todo a perder (Proverbios 15,15). Mientras que la conciencia en paz es, con expresión de la Biblia, un convite continuo en el que nunca se extingue la alegría.

La esperanza firme de bienes futuros, pero que ya tocamos casi con la mano, es la otra fuente de nuestra alegría.
Todo se fundamenta en la Resurrección del Señor. Si vivimos resucitados con Cristo, y en esperanza nos hemos metido ya en el Cielo con el Señor, no cabe nunca la tristeza en nuestro corazón. Así lo canta un hermoso himno de la Liturgia de las Horas en nuestra lengua:   
– Somos el pueblo de la Pascua; aleluya es nuestra canción; Cristo nos trae la alegría, ¡levantemos el corazón!…  Misioneros de la alegría, de la esperanza y del amor, mensajeros del Evangelio, somos testigos del Señor.

El causante de tanta felicidad es Jesús Resucitado. Al morir en la cruz y al resucitar después, aniquiló el pecado, machacó la cabeza orgullosa de Satanás, hirió de muerte a la misma muerte, y puede repetirnos ahora como a los Apóstoles en la Ultima Cena:
– No tengáis miedo. Al mundo yo lo tengo vencido (Juan 16,23)

El cristiano, que se levanta cada día iluminado por la claridad de la Resurrección del Señor, emprende, sigue y cierra cada día su jornada con alegría siempre nueva. El único que no disfruta de alegría es el que no es libre. La libertad es condición necesaria para vivir feliz. Por eso el Señor, que nos quiere alegres, lo primero que nos da es la libertad.
El cristiano ya no es un esclavo de Dios, sino un hijo, y el hijo es un ser libre. La ley de Dios no le ata miserablemente, sino que es aceptada con amor, sabiendo que no es una imposición tiránica, sino una salvaguarda que le da Dios su Padre para ayudarlo a conseguir la salvación.

Al hablar así de nosotros, lo único que nos duele es que haya tantos hermanos que no saben lo que es la alegría porque no son libres. Y no son libres por muchas causas, que las enumeramos tantas veces:
por injusticias de los hombres;
por estructuras sociales;
por ser víctimas del vicio de los demás;
por lo que sea…
¡Que les llegue la liberación de Cristo, para que sean felices y vivan alegres, como lo quiere Dios!…

Nosotros miramos la alegría como una virtud cristiana. Desde el momento que el Espíritu Santo nos la da como un don suyo, es algo que nos viene directamente de Dios. Algo así como la fe, la esperanza y la caridad. Y es virtud también porque exige esfuerzo de nuestra parte: vivimos alegres porque quitamos de nosotros todo lo que impide el desarrollo de la gracia de Dios y la unión entre los hermanos.

Cantando la alegría del vivir, vamos de jornada en jornada hacia una alegría que no tendrá ninguna sombra, como ya no conoce sombras la alegría del Resucitado…

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