La Iglesia vive

19. febrero 2014 | Por | Categoria: Iglesia

Al pensar en la Iglesia y querer hablar de la Iglesia, nos vienen sin más a la mente y a la punta de la lengua preguntas como éstas: -¿Dónde vive la Iglesia? ¿Sólo en el templo? ¿Sólo donde hay curas y obispos? Una anécdota conmovedora nos va a servir hoy por una lección de categoría sobre la Iglesia Católica. Casi no se lee o escucha sin que salten las lagrimas de los ojos. Parecería un cuento, si el hecho no fuera rigurosamente histórico, y bien conocido porque se cuenta muchas veces. Hoy nuestro mensaje se va a reducir a narrar esta historia.

Cuando a mitades del siglo diecinueve los norteamericanos obligaron al Japón a abriese a Occidente, se lanzaron los misioneros a aquella tierra tan prometedora, donde hacía tres siglos había comenzado una cristiandad ejemplar, pero que había muerto entre persecuciones sangrientas. Un Padre de Las Misiones Extranjeras de París, llamado Petitjean, fue al Imperio del Sol Naciente y se estableció en las laderas de Nagasaki para abrir allá la primera misión.

Es 17 de Marzo de 1865. El Padre Misionero reza el Breviario, su libro de oraciones, ante la nueva iglesita que ha levantado, sin contar todavía con fieles. Se le acerca un grupo de mujeres campesinas con una pregunta desconcertante:
– ¿Dónde está la imagen de la Virgen Nuestra Señora?.
Y el Padre, asombrado:
– ¿Es que sois cristianas? ¿No sabéis que en estos montes perecieron muchos mártires cristianos?…
– Enséñanos la Virgen María, te pedimos.
El Padre les complace. Las acompaña al altar, y, al ver la imagen, caen todas de rodillas, y rezan:
– Dios te salve, María…
Más admirado, el Padre:
– Sois cristianas, ¿no es así?…
Una sonrisa por toda respuesta, y… una frase misteriosa:
– Tenemos el mismo corazón que tú.
Acabaron con un largo Sayonará,  ¡adioooos!…
Al poco tiempo, otro grupo semejante desarrolla la misma escena. Pero el Padre no sacó nada en claro. Sabemos que esos orientales son buenos para disimular. En sus ojos de avellana no se adivina nada, y su sonrisa es siempre enigmática. Por otra parte, no tenían prisa. Sabían ir gradualmente…
La tercera vez, el Padre les instó a responder. Ellas, sin embargo, tomaron la iniciativa en las preguntas:
– Y a vosotros, ¿quién os envía? ¿Venís enviados por vuestra nación?
– No. El Vicario de Jesucristo, que manda sobre todos nosotros, es quien nos envía.
– ¡Ah, es el Jefe de la gran doctrina! Nuestros padres nos habían hablado de él, que reside en Roma…  
La confusión del Misionero llega a lo sumo, mientras se dice para sus adentros:
– Pero, ¿quién les ha podido hablar del Papa, si soy el primero que ha llegado aquí? En fin, veremos. Que sigan con sus preguntas…
Y viene otra pregunta misteriosa también:
– Vosotros adoráis a la Virgen como a Dios, ¿no es así?…  
– No; la veneramos como a Madre de Dios.
– Es que hay otros Padres que no aman a la Virgen, que son los que están en la otra parte.
El Misionero ve claramente que se refieren a los protestantes. Por fin, viene la pregunta más comprometedora, cuando le ruegan amablemente:
– Enséñanos a tus niños, para que los acariciemos.
El Misionero les aclara:
– Los sacerdotes católicos no formamos familia: nuestros únicos hijos son los cristianos…
Entonces, de rodillas, sonrientes y todas a una, con emoción intensa por ambas partes::
– ¡Padre, somos cristianos! Eran las tres señales que nos habían dejado nuestros antepasados para conocerlos y distinguirlos: el amor a la Virgen, la obediencia al Papa y vuestro celibato.

De los valles del Ura Kanis, cerca de Nagasaki, salieron hasta doce mil cristianos, después de tres siglos sin sacerdotes y sin misioneros llegados de fuera. A plena luz, habían vivido como en catacumbas dentro del mundo pagano.

Esto es emocionante, sin más.
Nos llena de orgullo el ser católicos.
Y aprendemos la lección que nos dan estos hermanos en la fe.
En la familia, pequeña Iglesia doméstica, había vivido, se había conservado y se perpetuaba la gran Iglesia de Cristo, a pesar de estar siempre escondida a los ojos de los paganos, y sin sacerdotes que la dirigieran.
En la Iglesia primitiva, la de los Apóstoles, eran las casas cristianas más amplias y acomodadas las destinadas a congregar la Iglesia, igual que lo fueron las basílicas apenas cesaron las persecuciones.
En Japón ocurrió lo mismo que en la Iglesia primera y en la Iglesia de las persecuciones del Imperio Romano. Después de casi trescientos años, les llegaron nuevos sacerdotes y misioneros para continuar la obra evangelizadora en el esperanzador Imperio del Sol Naciente…

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