En el Dios viviente

3. febrero 2014 | Por | Categoria: Dios

Cuando hablamos de Dios, ¿cómo lo queremos hacer? Está muy bien el discurrir de los teólogos que se meten en las profundidades del Ser de Dios para decirnos cómo es, cómo tiene que ser, cómo actúa, y tantas y tantas cosas más, con las cuales nos enseñan mucho. Pero nosotros lo hacemos de otra manera. Apreciando debidamente esas enseñanzas, queremos que Dios sea cada vez más Dios en nosotros.

El apóstol San Pablo tiene esta expresión tan tierna: Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (2Corintios, 1,3). Y Pedro, cuando por luz del Cielo reconoce en Jesús al Mesías prometido, lo llama El Hijo del Dios viviente (Mateo 106, 106). Y a esto vamos: a que Dios cuente en nuestras vidas. Lo queremos conocer y amar y vivir intensamente en nuestro quehacer diario. En una palabra, queremos que Dios sea Alguien, y no algo, en nuestras vidas. Queremos al Dios viviente, no precisamente en Sí, sino en nosotros.

No es la primera vez que en nuestros mensajes, al hablar de Dios, hemos hecho alusión y hasta hemos comentado esa desgraciada idea de la muerte de Dios, debida a un filósofo alemán, tristemente célebre, que hace ya un siglo se encontró al morir con la realidad de un Dios viviente, ante el cual hubo de presentarse inexorablemente para rendirle cuentas, aunque, ¡ojalá!, para hallar misericordia…

Las palabras horrendas con que el filósofo expresaba su idea hacen estremecer: ¿Dónde está Dios? Os lo diré. Lo hemos matado. Vosotros y yo. Todos somos sus asesinos… ¿No oís ya el ruido de los sepultureros que meten a Dios bajo tierra?… Dios ha muerto. Dios seguirá siempre muerto (Nietzsche)
Nosotros preguntamos: ¿Ha muerto, puede morir Dios?… No, es el imposible de imposibles. Dios no ha muerto ni morirá. Pero, ¿podemos decir que es inexacta esta otra expresión: Dios ha muerto en la sociedad y en el fondo de muchas almas?… Esto ya es otra cosa. Y hemos de confesar con pena que esto sí es cierto. Porque Dios ya no cuenta. Dios no interesa. De Dios se prescinde.

Es el pecado más grande de hoy: el orgullo colectivo, la autosuficiencia de la sociedad, que lleva a los hombres a dejar a Dios de lado porque no les importa.
Matan a Dios los que niegan sistemáticamente su existencia.
Matan a Dios los que emiten conceptos contrarios a la acción de Dios en el mundo.
Matan a Dios los que le excluyen de todo programa humano.
Matan a Dios los que voluntariamente lo ignoran o lo olvidan.
Y Dios, el que no puede morir, muere entonces, ¡claro que muere!, en tantas vidas particulares y en tantas entidades sociales.

Contra todos esos asesinos de Dios, nos alzamos en bloque la multitud de los creyentes, que hacemos de Dios el centro de nuestra existencia y la meta de nuestras aspiraciones. Lo escogemos conscientemente como fin único de nuestra vida y de nuestra eternidad.     
Entramos aquí en las dos categorías que existen de hombres y mujeres felices: los que ya poseen a Dios y los que lo buscan con sincero corazón, porque indefectiblemente lo encontrarán. Con Dios, somos más felices de lo que muchos piensan.

Me parece que todos nosotros aceptaremos las palabras de un autor, que escribía: Yo no creeré nunca en la felicidad de una pareja en luna de miel si esa pareja es de dos descreídos, sin fe ni moral. Mientras que esa otra pareja de creyentes y con el amor ordenado a Dios, está en auténtica luna de miel y disfruta de todo el cielo con anticipación.
Las palabras de este autor son una simple comparación. La única diferencia entre las dos parejas la establece Dios, y nada más que Dios. La pareja de los dos creyentes ha sabido dar a su vida el sentido del Infinito, y ahora no hay quien les arrebate la dicha del corazón. Dios, que cuando se nos da es Gracia, invade por completo nuestro ser con ese gozo con que Él es infinitamente feliz.

Por eso nosotros, creyentes en Dios y amantes fervorosos suyos, expresamos nuestra actitud con el Dios viviente de manera clara y concisa:
– no dudamos de Dios, porque creemos firmemente en Él;
– no somos indiferentes ante Dios, porque lo amamos;
– no rompemos con Dios, porque nos unimos constantemente con Él por la oración;
– no huimos de Dios, porque lo buscamos afanosamente cada día. Dios llena nuestra existencia entera y de este modo somos felices de verdad.

Un día me llegó desde Roma una tarjeta con dos imágenes muy expresivas. Sobre dos columnas, dos bustos de mármol que representan dos almas. La una, sin Dios, ya condenada en vida: un rostro con una expresión horrible de desesperación. La otra, unida a Dios por su gracia, con un semblante de paz inenarrable y de cielo anticipado (De Bernini, en la Embajada de España ante la Santa Sede)

Desde pequeños aprendimos en el Catecismo que Dios nos ha creado para Sí y que al final Dios será todo en todos, como nos dice San Pablo (1Corintios 15,28). Aunque ese final dichoso lo tenemos siempre a la vista, lo que nos importa es que Dios sea todo en nosotros ya en esta vida, ante una sociedad que se empeña en prescindir cada vez más de Dios.
Afortunadamente, también en la sociedad, y a nuestro mismo alrededor, surgen cada vez más numerosos los grupos de creyentes a toda prueba, que son el argumento más fuerte de que Dios no muere, sino que es el Viviente por antonomasia.

Me basta una pregunta: ¿Por qué seguimos asiduos lectores de estos escritos, sino porque nos habla de Dios? Entonces, ¿es que Dios ha muerto, o no es más bien el Dios vivo de siempre?…

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